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Cuando Clint Eastwood estaba con el rodaje de una de sus mejores películas, ‘Million Dollar Baby’ (id, 2004), llamó al guionista de la misma, Paul Haggis, para pedirle escribir su siguiente proyecto, una película bélica adaptando sendos libros de James Bradley y Ron Powers, retratando la batalla de Iwo Jima, una de las más sangrientas de la 2ª Guerra Mundial. Dicha batalla no sólo fue famosa por ese triste dato —24.480 bajas estadounidenses frente a 20.703 bajas japonesas— sino por una fotografía tomada allí y haría historia. Se trata de seis soldados alzando una bandera estadounidense en la cima del monte Suribachi, y que enseguida se convirtió en todo un icono que además ayudó considerablemente a que los USA ganasen la guerra —se vendieron tantos bonos con la promoción que se recaudó la mitad del presupuesto de los Estados Unidos—.

Con producción de Steven Spielberg —era quien había comprado los derechos de la novela y tenía intención de dirigir la película hasta que Clint Eastwood le mostró su interés en hacerlo— el director se enfrentó a uno de los proyectos más ambiciosos de su ya gran filmografía, puesto que en pleno rodaje de ‘Banderas de nuestros padres’ (‘Flags of our Fathers’, 2006) se le ocurrió la idea de narrar la misma historia desde el lado japonés, y enseguida se pusieron manos a la obra productor, director y guionista, quien requirió de los servicios de la japonesa Iris Yamshita para escribir el libreto de la segunda película. El resultado es un díptico ambicioso pero de excelentes resultados, sobre todo en el caso de la segunda película, hablada en japonés por deseo expreso del director, y que consiguió importantes nominaciones a los Oscars.

En el momento de sus estrenos ya me extendí lo necesario hablando de las dos cintas. También lo hizo mi compañera Beatriz sobre la primera del díptico. Mi opinión apenas ha cambiado, sólo ligeramente en algunos matices que me hacen rebajar un poco la opinión con respecto a la primera y subirla con respecto a la segunda, así que comento brevemente mis impresiones de sus respectivos revisados. Cabe decir que la experiencia de ver seguidas las dos películas es muy gratificante, y también que la mano de su productor se nota sobre todo en el primer título, no así en el segundo. Aunque hablemos de dos cintas de género bélico, lo importante no son las secuencias de guerra, que las hay, sino las consecuencias del conflicto. En la primera Eastwood no deja títere con cabeza, políticamente hablando, y la segunda supone un estudio de personajes afectados por una batalla que no les dejará volver a ser como antes, personas normales y corrientes.

‘Banderas de nuestros padres’

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(From here to the end, Spoilers) Me he fijado mucho más en el hecho de que Eastwood no juzga a ninguno de los dos bandos, no le interesa que en su historia haya buenos y malos, o héroes y villanos. De hecho, subraya el hecho de la necesidad de héroes para un país que los necesita urgentemente, y mete el dedo en la llaga con respecto a las tretas utilizadas por un gobierno que utilizó a su antojo a tres de los soldados que aparecen en la foto —recordemos, falsa, puesto que se trata de una segunda alzada de bandera a petición del fotógrafo que se perdió el histórico momento— a su antojo y conveniencia. Tres soldados inocentes y desconocedores de la que se les venía encima, y en absoluto preparados para encajar el éxito, y mucho menos el posterior olvido como productos mediáticos. Eastwood no se corta un pelo, y su osadía me encaja a la perfección con el recibimiento en la taquilla de su país. Nadie quiere oír la verdad, y menos una que desbarata una completa farsa.

La presencia de Spielberg se nota en las secuencias del periodista que busca la verdad y escucha a su padre —uno de los falsos héroes— en un hospital, sí, bien filmado, pero a mi juicio prescindibles pues no es necesario para lo que Eastwood quiere contar. Por otro lado, y siguiendo con sus defectos, al pretender hacer un film coral, lo cual no tiene nada de malo, no hay ningún personaje que destaque por encima de otro, algo muy raro en la carrera del cineasta acostumbrado a que sus historias tengan como personaje central alguien de poderosa presencia y normalmente por encima del bien y del mal. El problema radica en unos muy ajustados intérpretes, donde solo sobresale positivamente Barry Peeper —era el actor más experimentado en este tipo de films e interpretaba al soldado más experimentado en combate—, en claro contraste con las limitaciones de Ryan Phillippe, Jesse Bradford —el más salvable del trío de soldados— y sobre todo Adam Beach, que roza lo patético. A Paul Walker, que luchó insistentemente por un papel, apenas se le nota, lo mismo que Jamie Bell, y ya no digamos Scott Eastwood, acreditado como Scott Reeves, hijo del director, que la única escena en la que sale realiza una competente imitación de su padre.

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La fotografía de Tom Stern, llena de grises muy marcados, y la excelente puesta en en escena de Eastwood, quien opta por una viveza mayor que otros de sus films, hacen de la película una excelente muestra de cine antibélico. El enemigo, el ejército japonés, apenas es visto por el espectador, Eastwood prefiere ocultarlo o mostrarlo de refilón, lo mismo hará en el otro film pero a la inversa. Por otro lado escarba en algo que John Ford ya había escarbado un poco en su mítica ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ (‘The Man who Shot Liberty Valance’, 1962), la diferencia entre leyenda y realidad. Eastwood muestra a tres soldados que no pidieron ser héroes y que tienen que mentir continuamente para conseguir dinero para el necesitado gobierno, que los maneja como títeres. Condena a su propio país por la mentira —una de esas que si se repiten mucho terminan por ser verdad—, y libera a sus personajes en uno de los poco momentos felices de sus pasados, aquel en el que les dejaron bañarse en la playa de Iwo Jima, desvestidos de sus ropas de soldados y juntos como amigos inseparables.

‘Cartas desde Iwo Jima’

‘Cartas desde Iwo Jima’ (‘Letters from Iwo Jima, Clint Eastwood, 2006) es superior a ‘Banderas de nuestros padres’ en todos los aspectos. A pesar de que el film contiene no pocas escenas de combate —y hay que decir que resultan innovadoras, mostrando la guerra como un verdadero horror y confusión, moviendo la cámara nerviosamente y mostrando una crudeza insólita o pocas veces vista, sobre todo en Eastwood—, el film se centra en las vivencias y reflexiones de los soldados japoneses “encerrados” de por vida en una isla clave, por su posición estratégica, para el futuro de la contienda. Al igual que en el anterior film hay flashbacks, pero el film sigue una estructura lineal, más clásica si se quiere, y se para en cuatro o cinco personajes esenciales, sobre todo en la figura del General Kuribayashi —un Ken Watanabe, como alter ego del propio Eastwood—, que dirigió la defensa de la famosa isla del ataque estadounidense, logrando retener a los soldados yanquis más tiempo del esperado.

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La película es mucho más intimista que espectacular, esta vez los personajes son lo importante y el director filma con sentida precisión todos sus pensamientos. Con una fotografía cada vez más cercana al blanco y negro —inmenso trabajo de nuevo a cargo de Tom Stern—, ‘Cartas desde Iwo Jima’ no pretende ser en realidad la visión desde el punto de vista japonés como tantas veces se ha dicho; para eso la película tendría que haber sido dirigida por un director nipón y no estadounidense. La película es un acercamiento con todo respeto al lado japonés del conflicto, manteniendo con coherencia la mirada que Eastwood ha mantenido siempre en sus grandes obras, aunque esta vez se permita el lujo de rendir homenaje a grandes clásicos del cine japonés como Yasujiro Ozu.

Esta vez el trabajo actoral es sobresaliente, todos y cada uno de los intérpretes japoneses está soberbio y expresan muy bien sus dudas y temores, como habitantes de un infierno filmado por su director con su habitual maestría, y cómo no, jugueteando con el western en diversos momentos. Algunas secuencias funcionan como el contraplano de algunas de la anterior película y que sólo podíamos dibujar en nuestra mente como serían. El matiz es que Eastwood supera con creces nuestra imaginación y nos muestra los horrores en primera persona. Baste citar la secuencia del suicidio colectivo, una de las más duras jamás vistas en una pantalla, o la rabia con la que asesinan a un soldado americano capturado —el resultado de dicha acción es observado por el personaje de Ryan Phillippe en el anterior film, en un cuidado fuera de campo—.

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Que la influencia de William A. Wellman es necesaria para entender la obra de Clint Eastwood es algo que por fin se hará patente en un futuro proyecto del actor/director —un nuevo remake de ‘Ha nacido una estrella’ (‘A Star Was Born’, 1937), cuyo personaje masculino es todo un caramelo para cualquier actor que se precie y encaja muy bien dentro del estilo del cineasta—, pero en ‘Cartas desde Iwo Jima’ esa influencia late poderosamente en la secuencia de lectura de una carta que un soldado estadounidense había escrito a su hogar. Efectivamente cierto western protagonizado por Henry Fonda viene a la memoria de cualquier cinéfilo, y a Eastwood le sirve para volver a meter el dedo en la llaga; dos soldados japoneses, influenciados por dicha carta deciden rendirse al enemigo convencidos de que este no será tan malo; serán asesinados a sangre fría por un soldado estadounidense. Una ironía, que lejos de condenar la acción americana, habla sobre lo injusto de un conflicto bélico que en esta película adquiere tintes de relato terrorífico.

El prólogo y el epílogo —la única posible influencia de Spielberg, y en este caso para bien— están ambientados en la actualidad. El primero es el último plano, tras los títulos de crédito, de ‘Banderas de nuestros padres’, y el segundo retrata como unos obreros en la isla encuentran una bolsa llena de las cartas que los soldados japoneses escribieron y nunca pudieron enviar. El ralentí utilizado cuando las cartas se caen más las voces en off terminan por completar una película cuyo sentido se cierra en nuestro propia mente al recordar precisamente todos los instantes en los que los soldados escriben dichas cartas. Comprendemos sus reflexiones, empatizamos con ellos y lamentamos su pérdida por el invento más idiota del ser humano.

Ambas películas no serían un éxito —la segunda llegó a ser un hit en Japón, por motivos obvios— y Eastwood regresaría dos años más tarde manteniendo el mismo nivel de maestría.

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