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Tras la maravillosa e incomprendida ‘Más allá de la vida’ (‘Hereafter’, 2010) Clint Eastwood volvió al retrato de su América natal a través de un biopic sobre la importante figura de J. Edgar Hoover, el que fuera director del FBI creando nuevas formas de combatir el crimen, y llegando a ser uno de los hombres más poderosos del país gracias a la información sobre gente también muy importante, incluidos presidentes, que guardaba celosamente en unos archivos considerados secretos. Un hombre reservado, autoritario, racista, maniático con el orden y el trabajo duro, y con una vida privada tan secreta como los famosos archivos, sobre todo en lo que respecta a la sexualidad. Un personaje pues oscuro, en la tradición de los personajes que ha retratado Eastwood a lo largo y ancho de su filmografía.

Al igual que en su anterior biopic filmado, ‘Bird’ (id, 1988) no estamos ante una biografía cinematográfica al uso. Si el film sobre Charlie Parker servía para retratar más allá de su vida, una forma de entender la música, con una película construida argumentalmente como una pieza de jazz, ‘J. Edgar’ sirve en bandeja a Eastwood una delicada historia, muy bien escrita por Dustin Lance Black, con la que ahondar en los claroscuros de un personaje público, y temido, siempre a través de su propia mirada. Un personaje real como la vida misma, y cuya posición por encima del bien y del mal le coloca en el universo eastwoodiano. Para ello, el director contó con la versatilidad de un actor como Leonardo DiCaprio, quien compone una de sus mejores interpretaciones.

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(From here to the end, Spoilers) ‘J. Edgar’ está construida a base de flashbacks debido a las memorias que el propio Hoover hace, ofreciendo una visión de sí mismo al espectador con la que Eastwood juguetea todo el rato. Una andadura por su vida que recoge muy pocos elementos de su infancia, y sí bastantes de su estancia en el FBI desde los inicios del departamento hasta el fallecimiento del Hoover en su casa a principios de los años 70. En medio todo un imperio creado por él a raíz del arma más poderosa que existe: la información, los secretos inconfesables de todos los hombres y mujeres importantes que desfilaron por delante de él, y a los que tenía en su mano. Para todo lo personal Eastwood elige el camino de la sutileza, con escenas clave, que se adentran lo suficiente en el interior de un hombre atormentado y obsesionado.

La relación con su madre —excelente como siempre Judi Dench—, con la que sería su secretaria personal durante 50 años tras rechazar su fría propuesta de matrimonio, Helen Gandy —Naomi Watts en un papel que fue ofrecido a Charlize Theron y Amy Adams—, y cómo no, el que fue su mano derecha durante toda su vida, el agente Clyde Tolson, interpretado por un entusiasta Armie Hammer. La madre es la más poderosa influencia que Hoover ha tenido, hasta cotas insospechadas —atención a la brillante secuencia tras la muerte de ella, el que Hoover se mira delante del espejo con su ropa y joyas—; Gandy es la seguridad y la confianza; y Tolson es el amor puro y verdadero, doloroso al completo porque significa ser algo que odia, sentimiento que que su madre le ha inculcado. Aunque en la vida real nunca se supo a ciencia cierta que Hoover y Tolson fuesen amantes, Eastwood lo sugiere mostrando una sentida historia de amor contenido; y sin cargar las tintas.

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El film obvia algunos pasajes importantes de la vida de Hoover —sin ir más lejos, su apoyo total a la famosa y desastrosa caza de brujas auspiciada por el también temible senador McCarthy—, pero no son necesarios para mostrar la figura humana de un hombre que instauró una nueva forma de gobernar o controlar al ciudadano. No es descabellado pensar que Hoover, para ciertos tipejos instaurados en el poder, es todo un ejemplo a seguir. Nada menos que siete presidentes le temieron —atención a sus reunicones con el hermano del presidente Kennedy, y la primera reacción de Nixon al enterarse de la muerte de Hoover— y muchos criminales temieron su implacable forma de combatir el crimen, aunque la efectividad a veces también es puesta en tela de juicio muy sutilmente. El caso del rapto del hijo del famoso Charles Lindbergh, por el que después se creó la conocida ley Lindbergh, y que ocupa buena parte del metraje —emparejando la película con ‘El intercambio’ (‘Changeling’, 2008)—, lleva a la detención de un sospechoso que es sentenciado a muerte pero cuya culpabilidad no está clara.

Una vez más Eastwood cuestiona el poder, y todo lo que puede corromperlo, pero esta vez lo hace desde el dibujo de una figura legendaria, y que en el fondo no era más que un ser humano como todos los demás, con sus miedos, alegrías, tristezas y aspiraciones. Con una narrativa que usa el tiempo y el espacio con envidiable equilibrio y claridad, Eastwood establece un importante nexo de unión entre pasado y futuro, cómo empezó todo y cómo terminó, llenado el film de detalles visuales que hablan por sí solos. Esas manos que se rozan en el asiento trasero de un coche, esa conversación con mujeres en un local de jazz —en el que puede verse fugazmente a Kyle Eastwood, hijo del director, y un portento del jazz—, esa discusión entre Hoover y Tolson que termina con un beso, o esa primera reunión entre ambos y en la que Hoover no puede dejar de sudar. Detalles que cobran más importancia, e interesan más, que todo lo relacionado con su trabajo, su verdadera pasión y el campo en el que el personaje se muestra sin duda más seguro de sí mismo.

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Eastwood no juzga a Hoover, eso lo deja en nuestras manos. Muestra las sombras y las luces de su vida personal para que le entendamos, y cede a DiCaprio la oportunidad de una composición llena de matices en la que los gestos y sobre todo las miradas, lo son todo. Lejos de demonizar o ensalzar a Hoover cierra el film con un instante bello, aquel en el que Tolson relee la carta de una amante de la esposa de Roosvelt, y que años antes ambos leían entre risas en el despacho de Hoover. La hipocresía convertida en nostalgia. La constatación de un amor reprimido a través de las palabras de otra persona que no dudó en declarar sus sentimientos.

Un film apasionante sobre una figura no menos apasionante, y que como toda figura, siempre hay que mirar más allá. Aunque sea debajo de kilos y kilos de maquillaje que parecen desviar la atención en lo que parece una broma con muy mala leche del propio realizador, que sabe como los más grandes que no hay que darlo todo masticado. Herencia directa de William A. Wellman, ciyo espíritu vuelve a pasearse por las imágenes de un realizador que parece aún más bueno cuando todos no le alaban.

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