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Cuando ves a Velázquez y lo que hizo durante sus años más oscuros, tiendes a preguntarte por qué hizo eso. Pero estoy seguro de que él no llegó y se dijo “voy a empezar a pintar de forma oscura, voy a iniciar una etapa oscura en mi carrera”. Tan sólo lo hizo. Y es en ese preciso momento cuando el verdadero arte se revela y adquiere trascendencia.

Estas palabras del propio Clint Eastwood eran la respuesta a una pregunta sobre el porqué del oscurecimiento de su cine a partir de ‘Mystic River’ (id, 2003). Aunque la mayoría de sus personajes están bañados de cierta oscuridad: misteriosos hombres, con pasado tormentoso y futuro incierto, en historias ausentes de convencionalismos, es a partir del presente film cuando el cine de Eastwood incide en lo más duro del alma humana, mostrando sin miramientos lo horrible del ser humano, lo miserable de nuestras vidas y la total y abosluta falta de esperanza. En ese aspecto ‘Mystic River’ es probablemente el film más trascendental de su director, su historia más grande jamás contada, el bigger than life que tanto le gustaría a realizadores como Nicholas Ray.

Con esta película Eastwood empezó a dejar de interpretar sus trabajos centrándose en sus labores de dirección. Hasta el día de hoy, el actor/director sólo aparecería en films dirigidos por él en dos ocasiones más —recordemos que la actual ‘Trouble with the Curve’ está dirigida por uno de sus habituales colaboradores, Robert Lorenz—, algo que de cara a la taquilla preocupaba enormemente a la Warner, que no pocas veces mostraron diferencias a la hora de promocionar los films del maestro. En ‘Mystic River’ Eastwood contó con un reparto de excepción, aunque en el caso de Kevin Bacon hay que aclarar que su incursión en el proyecto fue una semana antes de empezar a rodar, sustituyendo al inicialmente previsto Michael Keaton, quien incluso se reunió con parte del equipo para ensayos de guión.

Anotemos: Sean Penn, Tim Robbnins, Kevin Bacon, Marcia Gay Harden, Laura Linney, Laurence Fishburne y un Eli Wallach no acreditado, cuya aparición supone un descanso en el duro drama que nos narra Eastwood sin ceder en ningún momento a las convenciones, una especie de broma entrañable que mira al pasado sin vergüenza y con orgullo. Si Wallach fue la nota cómica en la mítica ‘El bueno, el feo y el malo’ (‘Il buono, il burtto, il cattivo’, Sergio leone, 1966), en ‘Mystic River’ es el único elemento con algo de comicidad en un relato que habla de cómo un hecho traumático puede marcar la vida de varias personas para siempre. Todo ello en el más puro estilo del cine negro, género en el que se mueve el film, un drama criminal que remueve conciencias de forma nada complaciente.

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(Spoilers) ‘Mystic River’ da comienzo con el traumático hecho que marcará la vida de tres amigos de la infancia: Dave, Jimmy y Sean, que juegan tranquilamente en un barrio de Boston. Cuando deciden dejar sus nombres en el cemento aún fresco de una pequeña obra en la acera, son interrumpidos por dos hombres que dicen ser policías, llevándose a Dave con ellos. Un prólogo bastante inquietante que ya marca el tono del film y en el que Eastwood acierta de lleno con dos detalles sobrecogedores de pura inspiración: los hombres se llevan a Dave cuando este aún no ha terminado de escribir su nombre en el cemento, maravillosa alegoría de la infancia rota e interrumpida por dos monstruos a los ojos de un inocente Dave; y uno de los secuestradores porta un anillo con un cristo, derechazo sin prejuicios y sin miramientos a los hombres de dios que dicen proteger a los niños, incidiendo en un tema sugerido en ‘Un mundo perfecto’ (‘A Perfect Worl’, 1993) y que obsesiona profundamente a Eastwood: la infancia desprotegida.

Salto de tiempo sin necesidad de rótulos explicativos —una vez más Eastwood cuenta con la inteligencia del espectador— muestra a los tres personajes ya adultos. Jimmy se ha apartado de la vida criminal por el bien de su hija Katie —papel a cargo de la por entonces prometedora Emmy Rossum—, Dave es un atormentado padre de familia, y Sean un policía alejado del barrio de su niñez, y al que debe volver para resolver un terrible caso de asesinato que revolverá el pasado de los tres amigos. Katie es asesinada brutalmente, y policía por un lado y Jimmy con los suyos por otro deciden investigar y descubrir al culpable, investigaciones que irán por caminos distintos y hacia finales inesperados. Todas las sospechas recaerán en Dave, quien la noche del asesinato se presenta todo ensagrentado en su casa, despertando la malsana curiosidad de su esposa, papel a cargo de una perfecta Marcia Gay Harden.

Lo que hasta ese momento sigue todas las pautas del típico thriller policiaco, sirve a Eastwood para adentrarse en los sentimientos más profundos de sus personajes, afectados todos por el pasado y también por la muerte de Katie. Es a partir de ahí cuando Eastwood empieza a hablarnos de la culpa, del perdón, y de la justicia —siempre presente en sus films—, totalmente alejada de lo que es en realidad la ley aplicada por los hombres. Ese adentramiento en la psique de los personajes permite al director de ‘Sin perdón’ (‘Unforgiven’ 1992) hablar sin tapujos de lo miserable del ser humano, de los fantasmas, reales e imaginarios, que lo atormentan y de cómo a veces no se puede escapar de los designios del destino, el cual parece marcar las vidas de todos. El lienzo de personajes que muestra el film, iluminado por un inspirado trabajo de Tom Stern —llevando hasta las últimas consecuencias el legado de Bruce Surtess y Jack N. Green— deja poco espacio para la esperanza y no habla bien del ser humano en general.

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Todos los personajes de ‘Mystic River’ están marcados de una manera u otra por la violencia y sus consecuencias. Dave se convierte en un asesino de pedófilos como resultado del terror que vivió en su infancia; Jimmy utiliza la violencia como método de vida, y Sean la combate desde el lado policial al que representa. También habla sobre las distintas formas de culpa, una culpa que ahoga a los personajes hasta límites insospechados. Atención a la que sienten, sin poder evitarlo, Jimmy y Sean, convencido el primero de que las cosas hubieran sido muy distintas si no hubiera sido Dave quien se subió a aquel coche que lo llevó hacia un destino oscuro, ese que parece cumplirse de forma atroz cuando los matones de Jimmy le montan en un coche y la cámara se aleja con similar movimiento, aquel que fantasmgóricamente se repite alejándose de Jimmy y Sean, sugiriendo que en cierto modo los tres amigos no pueden salir emocionalmente de aquel fatídico día.

En el estilo habitual de Eastwood, llama la atención la historia paralela de Sean y su esposa, que le ha abandonado pero le llama todos los días por teléfono y no dice nada. Lo único que enfoca la cámara son los labios de la mujer, a punto de abrirse y decir algo que sólo dice al final, cuando Sean, después de solucionar el caso de asesinato —las razones de los auténticos autores del crimen hielan la sangre, dicho sea de paso— acepta su culpa por apartarla de él. Eastwood filma de forma soberbia, nada complaciente, y con un sentido del clasicismo que sólo autores como él entienden de verdad. Ahí tenemos la desoladora conversación entre Dave y Jimmy en un porche, filmado al principio en plano general y poco a poco va acercando la cámara a los rostros de los actores uniéndolos emcionalmente, puesto que Dave es el único que sabe como se siente Jimmy en ese momento.

Es evidente que ‘Mystic River’ no sería lo mismo sin las interpretaciones de un elenco absolutamente perfecto, en el que sobresalen sin duda alguna Sean Penn y Tim Robbins, ambos ganadores del Oscar al mejor actor principal y secundario. Que dos de los izquierdistas más famosos y revoltosos de Hollywood protagonicen una película de alguien con las ideas políticas de Eastwood termina de redondear el producto. A todas luces idóneos para sus personajes, arriesgados desde el punto de vista interpretativo pues la facilidad de caer en el histrionismo más exagerado está siempre presente. Penn brilla en momentos tan intensos como el del descubrimiento del cadáver de Katie: Jimmy grita desesperado mientras media docena de policías intentan agarrarlo, y la cámara asciende hasta alcanzar un plano cenital que bien podría simular la mirada de un Dios que siempre está en boca de los personajes.

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Robbins hace lo suyo en instantes como aquel en el que en la oscuridad de su casa visiona ‘Vampiros’ (‘Vampires’, John Carpenter, 1998) —recordemos que Carpenter, un profundo admirador de Eastwood, le pidió a este protagonizar la magistral cinta vampírica— y al llegar su temerosa mujer le habla de lo que siente, de los monstruos que le poseyeron hace tiempo y le convirtieron en uno. La puesta en escena de Eastwood en ese instante alcanza cotas de envergadura al filmar el rostro medio sumergido en la penumbram, con ojos brillantes, simulando un animal herido, un mostruo agazapado en la oscuridad. Laurence Fishburne supone tal vez el personaje más normal de todos, la sensatez, compañero de Sean (Bacon), las escenas que ambos comparten subrayan la investigación policial, con conversaciones sobre el crimen llenas de ritmo. La sombra del Fritz Lang de los 50 navega en dichas escenas.

Los personajes femeninos, que erróneamente se han maracado como un punto débil del cine de Eastwood, cobran aquí una relevancia inusitada y de tintes terroríficos. Marcia Gay Harden da vida a la esposa de Dave, patética hasta la extenuación, el claro ejemplo de esposa débil, miedosa, dudosa y sin confianza —la columna vertebral de toda relación de pareja— en su marido. Por otro lado Laura Linney, que parece que pasa por la historia de puntillas sorprende con una declaración final a su marido sobre lo que significa ser un hombre de verdad que asusta al propio Jimmy, sorprendido de la lealtad de su esposa aún sabiendo que ha matado a su amigo de la infancia. Atención a los rostros de ambas mujeres en el desfile final por las calles del barrio. Una completamente perdida, y observando como su hijo es el único que no sonríe en el desfile —detalle este tan perturbador como el que más, pues incide en la infancia rota y quebrada, la ausencia de un padre siempre necesario, y que ya no volverá— , y la otra con una seguridad que asusta.

El río donde enterramos nuestros pecados y lavamos nuestras conciencias ha acogido otra víctima, otro secreto, otra culpa. Jimmy es plenamente consciente de ello y Sean también. El gesto que el segundo le hace al primero durante el desfile es significa todo lo que queramos que signifique —“voy a por ti” (Sean) “te espero” (Jimmy)—, uno de los aciertos de Eastwood, apoyado en un minucioso trabajo de Brian Helgeland, y que cuenta con la inteligencia del espectador para ello. ‘Mystic River’ es probablemente el último gran thriller salido del lamentable Hollywood que se avalanza sin descanso hacia un ahogamiento digital ausente de toda emoción, aquella que sí contiene cada fotograma de esta obra maestra, dejándonos vacíos y sin esperanza, hablando de nuestras miserables vidas y el mal que se agazapa en cada una de ellas, dispuesto a salir cuando menos lo esperemos.

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