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Nausicaa del valle del viento cartel

Decía anteayer en la entrada correspondiente a ‘La cosa del pantano’ (‘The Swamp Thing’, Wes Craven, 1982) que si bien lo que la industria del cine estadounidense había sido capaz de ofrecernos durante la década de los ochenta era bastante olvidable, harina de otro costal suponía lo que íbamos a encontrar en el país del sol naciente y en el mundo del animeshon o, como terminaría denominándose de forma abreviada debido el uso, el anime, un complejo universo saturado de producciones de toda índole del que, conforme han ido transcurriendo los años, resulta cada vez más difícil extraer títulos que realmente valgan la pena.

Con unos primeros y titubeantes pasos dados a finales de la década de los cincuenta —el primer largometraje animado japonés, ‘Panda y la serpiente mágica’ (‘Hakujaden’, Taiji Yabushita) data de 1958— la industria de la animación japonesa intento establecerse desde sus comienzos como firme competidora de la Disney, cuya hegemonía mundial había sido indiscutible desde el estreno en 1938 de ‘Blancanieves y los siete enanitos’ (‘Snow White and the Seven Dwarfs’, David Hand, 1937). Y para ello, fueron de indiscutible importancia dos estudios de animación, Mushi Pro. y Toei, y dos nombres, Osamu Tezuka y Hayao Miyazaki.

La formación de un genio

Miyazaki

Hasta ahora ha sido norma en las entradas del especial de Comic en cine que, tras el salto, os de información sobre el tebeo que se esté tratando pero, dada la relevancia del que hoy nos ocupa, espero sepáis perdonar esta pequeña pero necesaria alteración.

Departamento de animación creado en 1956 dentro de los legendarios estudios de la Toei Company, Toei Doga fue la compañía que, durante algo menos de una década, se ocupó de dar los primeros pasos llamados a servir de cimiento a la posterior industria japonesa. Una industria que, en 1963, se vería jalonada por tres hechos fundamentales para su futuro devenir, siendo la incorporación de Hayao Miyazaki a las filas de la Toei el de mayor incidencia para nuestros intereses —los otros dos fueron la creación del puesto de director de animación en el citado estudio y la producción, de mano de Osamu Tezuka y Mushi Pro., de la primera serie de anime para la televisión—.

Comenzando como intercalador y escalando poco a poco hacia puestos de mayor relevancia, Miyazaki se terminaría implicando sobremanera en los movimientos sindicalistas en el seno de la empresa generados por la insatisfacción de los trabajadores por los modos de producción y el férreo control que Toei ejercía sobre sus filmes. Tanto es así que, en 1971, harto ya de aguantar tanta injerencia, Miyazaki abandonaba la casa que lo había visto nacer como animador para comenzar una carrera meteórica que lo llevaría a participar en algunas de las series niponas más famosas y recordadas de los años setenta —‘Lupin III, ‘Heidi’ o ‘Marco, de los Apeninos a los Andes’—.

Miyazaki Conan

Con ‘Conan, el niño del futuro’ como su primer trabajo de gran responsabilidad, y la oportunidad que se le brindaría en 1979 de dirigir un largometraje de Lupin —‘El castillo de Cagliostro’ (‘Rupan sansei: Kariosutoro no shiro’)— se terminaría prefigurando la entrada en la década de los ochenta, diez años en los que Miyazaki arrancaba con ganas de comenzar a desarrollar sus muchas ideas y que le presentarían la oportunidad de establecer uno de los tres mejores estudios de animación que ha conocido la historia del cine.

Abocetando y generando gran cantidad de imágenes que terminarían siendo trasladadas al papel en años —y películas— posteriores, podríamos definir como clave para la aparición del personaje de Nausicaä el momento en el que ‘Animage’, famosa revista de anime y manga nipona, le dedicó un monográfico al artista en diciembre de 1981, abriendo así una próspera relación entre Miyazaki y el grupo editorial Tokuma Shoten.

Queriendo apoyar el despegue definitivo de la carrera de Miyazaki como director, el redactor jefe de la revista escuchó algunas de las propuestas que éste tenía en mente, llamándole la atención poderosamente una de ellas acerca de una joven —una de las constantes de los filmes de Ghibli siempre ha sido el venir protagonizadas por chicas— que habitaba en un mundo post-apocalíptico en el que la naturaleza amenaza con destruir la vida humana.

Una obra maestra del manga

Nausicaa del valle del viento comic

Pero antes de que esta idea pudiera dar sus frutos animados, Miyazaki se vio “obligado” a darle forma de manga si quería poder llegar a filmarla, ya que los máximos responsables de la Shoten rechazaron considerar el invertir en una cinta si ésta no contaba con una obra original de respaldo. Y así fue como, tan sólo tres meses después de haberse publicado el monográfico, aparecía en las páginas de Animage la primera entrega de ‘Nausicaä del valle del viento’.

Obra dibujada a lo largo de doce años, con constantes interrupciones en su elaboración debido a los intermitentes periodos en los que Miyazaki la dejaba de lado para poder atender a sus proyectos de cine, ‘Nausicaä…’ es un título capital en la historia del cómic japonés por tratarse, ante todo, del único manga dibujado por el maestro nipón.

Nausicaa del valle del viento comic B

Ahora bien, reducir la importancia de ‘Nausicaä…’ al anterior hecho es restarle méritos a lo que podemos encontrar en sus casi 1100 páginas: compleja, plagada de personajes y con una pasión desaforada por el detalle y la minuciosidad en la composición de viñetas, ‘Nausicaä…’ es un título que se devora con fruición y que aglutina en sus maravillosa narrativa influencias de todo tipo que van desde la trilogía de ‘El señor de los anillos’ de Tolkien a la saga de ‘Terramar’ de Ursula Le Guin pasando por el cuento japonés del s.XII, ‘The Lady who Loved Insects’ o, por supuesto, el hecho de que el nombre del personaje principal esté extraído de las páginas de ‘La odisea’ de Homero.

Con referencias visuales que lo acercan a los postulados del ‘Arzach’ de Moebius —y al imaginario del autor francés en general— ‘Nausicaä del valle del viento’ se conforma como una de esas citas ineludibles a la hora de elaborar las inevitables listas de “Lo Mejor del Manga”, un cómic magistral del que aparecerá una espectacular edición en tapa dura por parte de Planeta DeAgostini en Octubre de 2013 —muy similar a la que editó Viz Media en Estados Unidos en Diciembre de 2012— y que todo aficionado a las buenas historias debería leer alguna vez en su vida.

‘Nausicaä del valle del viento’, ejemplar muestra del mejor anime

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Convencidos tras las entregas iniciales del manga de la viabilidad del proyecto, Shoten dio luz verde a una versión cinematográfica que arrancó su producción en 1983 —aunque algún engaño en cuanto a cifras de ventas hubo de urdirse para decantar tal decisión— y tan sólo un año después, en marzo de 1984, la cinta veía la luz, posicionándose como piedra fundacional de lo que estaba por llegar de manos de Hayao Miyazaki y el aún nonato estudio Ghibli.

Como ya he apuntado más arriba, ‘Nausicaä del valle del viento’ (‘Kaze no Tani no Naushika’, 1984) es una historia que se desarrolla en una Tierra post-apocalíptica mil años en el futuro. En una pequeña introducción se nos cuenta que tras Los Siete Días de Fuego y la aparición de los Dioses de la Guerra, la faz de nuestro planeta quedó arrasada y la civilización tal y como la conocemos dejó de existir —a colación de los Dioses de la Guerra, me gustaría haber podido enlazar un corto de imagen real producido hace poco por Ghibli en el que se mostraba el despertar de dichos seres, pero he sido incapaz de encontrarlo por la red—.

Diez siglos después, el planeta es un inmenso erial en el que un mar de putrefacción poblado por inmensos insectos mutantes, avanza inmisericorde amenazando con destruir los pocos núcleos de población humana que aún siguen existiendo. En uno de ellos, el valle del viento, conoceremos a Nausicaä, princesa de su pueblo, y una inquieta joven que intenta descubrir los secretos detrás del mar ya que está convencida que éste no es más que la expresión física del espíritu del planeta y de su voluntad por curar las heridas infligidas por la humanidad.

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Ya en esta escueta sinopsis, pueden adivinarse las claras intenciones de Miyazaki por hacer de su filme una firme declaración hacia la conciencia ecológica global, posicionándose en actitudes muy cercanas a las “hipotésis de Gaia” enunciadas por James Lovelock en los años 70: los postulados de éstas enuncian, entre otras muchas cosas, que la Tierra es un gigantesco organismo con similares mecanismos de autorregulación que el cuerpo humano. De hecho, el propio artista nipón afirmaba, en una entrevista, que:

La mayor parte de la cultura moderna es superficial y falsa, pende de un hilo, y no es algo que se haya de tomar en broma. […] Expreso mi interés hacia una época venidera apocalíptica en la que ‘verdes hierbas silvestres’ tomarán el relevo.

Unido a ello, los intereses del autor se plantean desde un tratamiento adulto de la animación que nada tiene que ver con lo que hasta entonces se había podido ver en una “película de dibujitos”: con un guión que no lo da todo mascado, personajes complejos con preocupaciones “reales” y todo un inmenso trasfondo que se intuye a través de pequeñas cuotas de información diseminadas aquí y allá, Miyazaki va construyendo un vastísimo universo que se muestra ante el espectador a través de una animación que, a falta de epítetos más barrocos, es asombrosa.

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Considerando que han transcurrido casi treinta años desde que se estrenara, volver a acercarse hoy a ‘Nausicaä…’ y contemplar boquiabiertos la perfección de la animación tradicional que Miyazaki y sus colaboradores habían logrado a principios de los ochenta sirve para corroborar esa posición de privilegio que el estudio del japonés iría alcanzando con el paso del tiempo: no sólo el diseño de los personajes y sus indumentarias es brillante, sino que éste se ve superado ampliamente por el tiempo y el empeño que se pone en la plasmación de los escenarios, máquinas y alucinantes insectos que pueblan la cinta de principio a fin.

Quizás a ojos acostumbrados al mundo digital, algunos planos de repetición de criaturas o ciertas tosquedades aquí y allá sean imperdonables pero, repito, estamos hablando de una cinta dibujada a mano durante algo más de un año cuando poder utilizar ordenadores aplicados al arte cinematográfico era una quimera a la que Hollywood sólo había empezado a arribar no hacía ni un lustro.

Con todo, no quisiera dejar de apuntar que, a pesar de sus muy sobresalientes valores tanto en la componente visual como en la argumental, ‘Nausicaä…’ no está exenta de pequeños problemas que la apartan unas décimas de ser una obra maestra indiscutible. Y en este sentido ninguno es tan evidente como el que aqueja el devenir del guión, sobre todo si, como es el caso, se ha tenido la oportunidad de poder disfrutar de la obra original.

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Si no es así, es posible que uno pueda pasar por alto el parco o nulo protagonismo de la práctica totalidad del elenco secundario de la cinta en favor de Nausicaä, personajes todos que en el cómic consiguen un desarrollo fabuloso y que aquí quedan como meras comparsas más o menos carismáticas que orbitan ante el hallazgo que es la protagonista. Junto a estos, lo que resulta más “doloroso” —y entiéndase el entrecomillado como un dolor nimio— es lo poco aprovechada que está la presencia del Dios de la Guerra en el momento culminante de la trama.

Justificadas estas carencias por el hecho de que, cuando escribe el guión, Miyazaki sólo ha publicado dos de los siete libros en los que se divide el manga, debo insistir en que los citados problemas lo son en toda su extensión previa lectura de la obra impresa. En otro caso, ‘Nausicaä del valle del viento’ sólo puede ser considerada —a menos a ojos del que esto suscribe— como la primera de las muchas cumbres que el cine de Hayao Miyazaki ha ido coronando a lo largo de las tres últimas décadas.

Una cumbre imperecedera cuyo discurso guarda hoy un atavío de actualidad mucho más relevante que el que tuviera en el momento de su estreno y que la convierte en vehículo idóneo para aleccionar a espectadores de cualquier edad —aunque esté lejos de ser un filme para los más pequeños de la casa— sobre ciertos valores inmutables que todos deberíamos tener grabados a fuego en nuestro ADN.

El nacimiento de Ghibli

Ghibli

Gracias a la estupenda acogida que ‘Nausicaä…’ tuvo en la taquilla nipona —recaudando el equivalente a unos seis millones de euros actuales— Miyazaki comenzó a mover los hilos que terminarían desembocando en 1985 en el nacimiento del estudio Ghibli, una compañía dedicada únicamente a la producción de largometrajes que hasta el día de hoy no ha incursionado en la caja tonta y de la que han salido alguna de las obras animadas de mayor belleza plástica que han podido verse en la historia del cine.

Con la firme intención de convertirse en un tornado que renovara la industria nipona de la animación a través de sus producciones —el término Ghibli es un vocablo italiano que alude tanto a un viento sahariano como a un avión de la Segunda Guerra Mundial— Miyazaki no podía imaginar que títulos como ‘El castillo en el cielo’ (‘Tenku no Shiro Rapyuta’, 1986), ‘Mi vecino Totoro’ (‘Tonari no Totoro’, 1988), ‘Porco Rosso’ (‘Kurenai no Buta’, 1992), ‘La princesa Mononoke’ (‘Mononoke Hime’, 1997) o ‘El viaje de Chihiro’ (‘Sen to Chihiro no Kamikakushi’, 2001) le llevarían a ganar un Oscar, un Oso de Oro y un León de Oro honorífico, amén de convertirlo en el máximo exponente del anime y en un venerado artista cuyas obras nunca nos cansaremos de ver.

Por cierto, si sois de los que, como servidor, guardáis especial cariño para con todo lo que nos ha dejado Ghibli, yo no perdería ojo al blog, no sea que un buen día de estos alguno de mis compañeros se descuelgue con un esperadísimo especial…

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