Cómic en cine: 'Tintín y el misterio de las naranjas azules', de Philippe Condroyer

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Tintin y el misterio de las naranjas azules cartel

Uno de los motivos más evidentes por el que me decidí a abordar este especial de “Cómic en cine” fue el poder acercarme a traslaciones de viñetas a la gran pantalla a las que, o bien nunca me había aproximado, o bien lo había hecho hace tantísimos años que el eco de las mismas se pierde en los recovecos de la memoria. En la entrada de hoy se dan la mano, de forma inaudita, ambas circunstancias. Y me explico.

La intención inicial era comentar únicamente ‘Tintín y el misterio de las naranjas azules’ (‘Tintin et les Oranges Bleues’, Philippe Condroyer, 1964), filme que vi por primera y única vez hace por lo menos treinta años y del que sólo recordaba los gritos del actor que encarna al capitán Haddock. Pero si quería ser completo en las apreciaciones vertidas en esta entrada, no podía dejar pasar la oportunidad de ver ‘Tintín y el secreto del Toisón de oro’(‘Tintin et le Mystère de la Toison D’or’, Jean-Jacques Vierne, 1961), previa incursión del inmortal personaje de Hergé en la gran pantalla. Una decisión que, como podréis comprobar más abajo, he terminado lamentando.

La línea clara de Tintín

Tintin portadas

Creado por Georges Remi, el verdadero nombre del artista belga conocido por Hergé, ese periodista metomentodo y aventurero que es Tintín nació en las páginas de ‘Le Petit Vingtième’, suplemento infantil de ‘Le XXme siecle’ —un periódico ultraconservador de definido asimismo como “Periódico católico de doctrina e información” —el 10 de enero de 1929 con la serialización de ‘Tintín en el país de los soviets’. El éxito fue casi inmediato, llevando a Norbert Wallez, el editor del rotativo, a lanzar la historia completa recopilada en un libro cuando ésta terminó a mediados de 1930.

El resto, como suele decirse, es historia: al ‘País de los soviets’ siguieron las serializaciones de ‘Tintín en el Congo’ —una historia por la que siempre se ha acusado de racista al autor— ‘Tintín en América’, las magníficas ‘Los cigarros del faraón’ y ‘El loto azul’ y así hasta completar los 23 álbumes que hoy componen el total de la producción de Hergé para con el personaje, y de entre los cuáles cabe destacar ‘El cangrejo de las pinzas de oro’ por suponer la primera aparición del Capitán Haddock, y ese maravilloso relato en dos partes formado por ‘El secreto del Unicornio’ y ‘El tesoro de Rackham el Rojo’ que serían llevados a la gran pantalla por Steven Spielberg y Peter Jackson en su ‘Las aventuras de Tintín: el secreto del Unicornio’ (‘The Adventures of Tintin: The Secret of the Unicorn’, Steven Spielberg, 2011).

La herencia de Hergé es de vital importancia para poder entender la historia del noveno arte en el viejo continente: creador de la “línea clara” —el estilo de dibujo pulcro y preciso que cultivó a lo largo de toda su trayectoria—, tanto las aventuras de Tintín como aquellos trabajos que han quedado ahogados por la inmensa fama del personaje del flequillo —y me estoy acordando de ‘Quick y Flupke’ o ‘Jo, Zette y Jocko’— suponen asomarse a algunos de los mejores cómics de aventuras que jamás se hayan publicado, caracterizados todos ellos por la perpetua movilidad a la que Hergé sometía sus historias, cambiando de escenario cada pocas páginas para llevar al lector de la mano a fascinantes rincones de los cinco continentes.

‘Tintín y el misterio del Toisón de oro’

Tintin y el Toison de Oro

‘Tintín y el misterio Toisón de oro’ no suponía la primera ocasión en que las aventuras del personaje eran llevadas a la gran pantalla ya que, en 1947, un pequeño estudio belga de animación había rodado en stop-motion una adaptación bastante fiel de ‘El cangrejo de las pinzas de oro’ (‘Le Crabe aux Pinces D’or’, Claude Misonne). No obstante, la cinta dirigida por Vierne sí tiene el dudoso honor de ser el primero de dos filmes en los que, con historias originales de por medio, Tintín sería capturado en imagen real.

Y si digo dudoso es porque, salvo un par de pequeños apuntes, ‘El misterio del Toisón de oro’ es un despropósito mayúsculo que causa vergüenza ajena en el espectador en no pocos momentos del metraje. Entre esos pequeños apuntes está, de un lado, el hecho de que, fieles al espíritu del cómic, André Barret y Rémo Forlani, guionistas del filme, muevan la acción del mismo por las exóticas localizaciones de Estambul y Atenas, dando así algo de vida a una desangelada historia en la que se heredan premisas argumentales —la búsqueda de un tesoro— extraídas de los títulos que en 2011 adaptarían Spielberg y Jackson.

Tintin y el toison de oro 2

Del otro, la elección de Jean-Pierre Talbot como Tintín, una profesor de educación física que fue seleccionado tanto por el parecido físico con el personaje, como por la simpatía que despertó en Hergé nada más se conocieron, teniendo el joven la oportunidad de demostrar sus dotes atléticas a lo largo del metraje y elevándose en última instancia, y paradójicamente, como lo menos sonrojante en el terreno interpretativo, un lugar que ocupa con avaricia Georges Wilson, el actor encargado de dar vida a un Capitán Haddock que aquí no es más que un bufón de tres al cuarto con una barba postiza que resulta de lo más ridícula.

Si a que los actores se muevan con comodidad por la mediocridad o los personajes por la nimia relevancia, caso de Néstor, el mayordomo, añadimos el que la dirección de la cinta se deje arrastrar por el alocado guión y nunca brille con luz propia; que el libreto, por no molestarse, ni se plantee presentarnos mínimamente a los personajes contando con que aquellos que van a ver el filme los conocen de sobra por los cómics, y combinamos todo lo anterior con secuencias como la de la boda en Grecia, obtendremos un cóctel que, mal manejado, hasta puede estallarnos en la cara.

‘Tintín y el misterio de las naranjas azules’

Tintin y el misterio de las naranjas azules 1

Muy bien le tuvo que funcionar de todas formas el negocio a André Barret para que, tres años después, decidiera sacarse de la manga otra nueva historia independiente de los cómics originales —quién sabe por qué no adaptaría cualquiera de los geniales álbumes ideados por Hergé—, un relato que en esta ocasión contaría con la intervención de capital español ya que, en su transcurso, y con naranjas de por medio, la acción llevará a Tintín, Haddock y Tornasol a…¿lo adivinan?…exacto, Valencia, y por concretar un poco más, a Xátiva.

Créanme cuando les digo que ahí radica la única gracia de la cinta —al menos para un español, por supuesto—, en ver cómo el imposible cuarteto de personajes, Milú incluido, claro está, se pasea por las callejuelas del pueblo valenciano interactuando con sus ciudadanos en unas escenas en las que unos hablan español y otros francés y ¡¡todos se entienden a la perfección!! (sic); algo a lo que se añade el que el despistadísimo profesor Tornasol, pieza clave en la absurda trama, venga interpretado por Félix Fernández, eterno secundario con más 150 títulos en su haber y que aquí compone una divertida traslación del personaje.

Tintin y el misterio de las naranjas azules 2

Con Talbot repitiendo en la piel del héroe, la sustitución de Georges Wilson por Jean Bouise ayuda a crear un Capitán Haddock algo más creíble que el de la cinta anterior, por más que en última instancia no deje de ser la misma suerte de bufón que, a la que puede, provoca que apartemos la mirada de la pantalla con momentos tan esperpénticos como la inevitable escena de flamenco —esto es España, y aquí todos bailamos en tablaos por la noche, ¿o es que no lo sabiáis?—.

Haciendo gala de secuencias de acusadísima vena slapstick que aumentan si cabe lo que ya viéramos en el anterior filme y que al parecer debemos a la voluntad de uno de los guionistas de la cinta, un tal René Gosciny que se había dejado todo su sentido del humor en las páginas de ‘Astérix’, ‘Tintín y el misterio de las naranjas azules’ no tiene mucho más que decir en términos de dirección, no siendo capaz Philippe Condroyer de aportar algo diferente a lo que su predecesor había puesto en juego con ‘El misterio del Toisón de oro’.

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Caracterizada pues por la inane dirección, la cinta deviene por mano del guión en una sucesión de gags carentes de gracia —especialmente doloroso es el que involucra a los hermanos Hernández y Fernández, con una vaquilla de por medio— insertados en una trama completamente deshilvanada en la que, de nuevo, el desarrollo de personajes brilla por su ausencia y en la que hay lugar tan sólo para acotaciones de muy negativo talante, y eso contando con que los pequeños guiños al lector habitual de los tebeos suponen momentos de reducida celebración, que si no…

Con todo, resulta sorprendente que, considerando la paupérrima taquilla que consiguió la cinta —el asunto se saldó con unos 37.000 euros actuales— casi llegara a ponerse en marcha una tercera producción en 1967. Visto lo visto, hay que agradecer que el proyecto finalmente se quedara en agua de borrajas y que las siguientes incursiones de Tintín en la gran pantalla fueran de muy diferente cariz. Para saber más de ellas, eso sí, tendréis que esperar unos meses.

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