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En plena preparación del especial “El amor en 32 películas” —sí, la cifra va variando según pasa el tiempo— ha resultado gratificante ver una película como ‘Crazy, Stupid, Love’ (id, Glenn Ficarra, John Requa, 2011), película que prácticamente pasa desapercibida, más bien ignorada, por nuestras carteleras. No me extraña cuando la comedia romántica estadounidense nos ha regalado durante años productos infumables cuyos títulos es mejor abrazar con el manto del olvido. Los directores nos habían ofrecido hace unos meses ‘Philip Morris ¡Te quiero!’ (‘I Love You Phillip Morris’, 2009), una historia de amor homosexual, basada en hechos reales, bastante arriesgada y de nula productividad en las taquillas a pesar de estar protagonizada por Jim Carrey y Ewan McGregor. Un film bastante estimable, y sincero, que no consiguió todo la atención que merecía.

En su segundo trabajo se han cuidado bien las espaldas y han cedido un poco a los convencionalismos típicos en Hollywood, pero sin dejar de hacer cine mínimamente inteligente. La gran ironía del asunto es que esta vez tampoco han saboreado las mieles del éxito, consiguiendo resultados más bien discretos. Una vez más Ficarra y Requa permanecen injustamente en la sombra —de cara al público general la presencia de un buen reparto es más importante que un director de nombre poco conocido, por muy bien que lo haga dicho director—, cuando es precisamente su labor lo mejor del film al lado de un guión, obra de Don Fogelman, que sabe manejar con inteligencia los tópicos y clichés del cine de este tipo. El resultado es una buena película que ahonda sin demasiadas complicaciones en ese sentimiento tan fascinante como complicado llamado amor.

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‘Crazy, Stupid, Love’ da comienzo con la separación del matrimonio formado por Cal y Emily (Steve Carell y Julianne Moore) después de que la segunda le pida el divorcio al primero. La inseguridad y la comodidad han dado paso a la rutina y Emily siente que no ha hecho cosas importantes en su vida, por lo que el pobre Cal queda solo y desfasado. Pronto recibirá la ayuda de Jacob (Ryan Gosling), un experto don juan que instruirá a Cal en las artes de la seducción. Una premisa no demasiado atractiva sino fuera por la habilidad de directores y guionista en hacerla interesante. Sus puntos fuertes son, sin duda, un reparto más que correcto entregado con total convicción, y una historia típica tal vez, pero servida con frescura y buen humor. En ella se nos habla de lo inestables que nos vuelve el mayor de los sentimientos, y de cómo esa inestabilidad nos puede llevar a hacer locuras de la más diversa índole, tal y como les ocurre a los distintos personajes del relato.

La primera hora de ‘Crazy, Stupid, Love’ resulta ejemplar. Tras presentar las cartas con el matrimonio, y ante la soledad que parece esperar a Cal, entra en escena Ryan Gosling, con un personaje tan agradecido como un seductor infalible, que en cierto modo se apiada de Cal y le instruye en el arte del amor, el cual parecía haber olvidado debido a la rutina del matrimonio. Ficarra y Requa controlan en todo momento el tono en las distintas situaciones que las enseñanzas del seductor provocan en un renovado Cal. Así pues, episodios como el de Marisa Tomei, muy divertida como mujer desquiciada por no tener suerte en el amor, no resultan excesivos gracias a que no se carga la tinta en ellos. Hay que señalar que el guión de Fogelman está muy bien estructurado, manejando con gusto los tópicos del género, e incluso sorprendiendo al espectador con algún que otro detalle argumental y que nos trae a la memoria películas de similar corte como ‘Jugando con el corazón’ (‘Playing by Heart’, Willard Carroll, 1998), pequeña maravilla del género que hay que reivindicar YA.

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Cierto es que la película en su tramo final cae en algunas concesiones —la secuencia del discurso de graduación es realmente prescindible y demasiado moralista—, tal vez porque sus creadores tenían miedo de que su producto no tuviese mayor aceptación popular que su anterior y comentado film. Sin embargo, un final quizá demasiado facilón y complaciente no termina de lastrar lo visto hasta ese instante, pues uno siente simpatía por muchos de los personajes, y la historia, sin ser ninguna maravilla, consigue cierto interés por parte de la platea al ahondar con precisión, y sobre todo humor, en las relaciones amorosas. Por otro lado, los directores confían lo suficiente en sus actores para que éstos hagan el resto, y así nos encontramos con un reparto en el que la sorpresa proviene de un equilibrio colectivo en el que ninguno está por encima o debajo del otro.

Steve Carell, que nunca ha sido santo de mi devoción, asume con profesionalidad el papel de marido aburrido y cansado que ha de renovarse por completo. Gosling se convierte en un inesperado seductor con “armas” de sorprendente efectividad —lo de ‘Dirty Dancing’ no tiene precio—, y de carisma arrollador. Julianne Moore y Emma Stone son las dos mejores pelirrojas que pueden poblar el cine en estos momentos. La veteranía y la juventud juntas en una película, demostrando la primera que sigue enamorando a la cámara como nadie, y la segunda mejorando poco a poco como actriz mientras demuestra una enorme inteligencia a la hora de elegir las películas en las que participa. Quedan a un lado Marisa Tomei y Kevin Bacon como secundarios de lujo, dando vida a “los otros” que en toda relación amorosa suele haber. Todos en un cocktail realmente refrescante que merece mayor reconocimiento.

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