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Una joven escritora (Emma Stone) llega a un pueblo en busca de inspiración para un libro. Tras un injusto despido, una criada (Viola Davis) decide contribuir a una idea progresista: la de un libro que relate las experiencias humilladas de todas esas criadas de color que la joven escritora tiene como primer gran proyecto.

La segunda película del aquí desconocido Tate Taylor es un melodrama hollywoodiense con una primera mitad inusual y bastante convincente en la que relata los conflictos de raza y clase en la década de los años sesenta surgidos en la zona del sur de los Estados Unidos. En dicha zona, el conflicto es doloroso y la película usa un par de anécdotas para que lleguemos al fondo de la cuestión.

La primera es la cuestión de raza. La iniciativa de una poderosa y francamente antipática baronesa y lideresa local (encarnada con aplomo por Bryce Dallas Howard) que pretende dejar sin lavabo a las criadas y, por el contrario, fomentar la instalación de algunos baños construidos para las sirvientas.

La segunda es la cuestión de género. Las mujeres, a la fuer de racistas, hacen gala de un ejemplar machismo, variante asignación de género, y asumen que los propósitos de la protagonista, encarnada por Emma Stone, son descabellados pues intenta ser escritora, profesión liberal y bohemia, y no tiene interés alguno por el matrimonio, el gran triunfo social de su clase y época.

Su madre (Allison Janney) funciona como contrapunto cruel. Hasta aquí, todo en orden. La película avanza con conflictos de clase y cuando hace aparición el personaje de la joven rica y blanca, pero desplazada del orden social imperante, es cuando hace aguas todo el nudo dramático de la propuesta. Dicho personaje, al que da vida una convincente Jessica Chastain imitando gestos y looks de una Marilyn Monroe de serie B, es una trampa emocional que rompe la verosimilitud del relato: por un lado, no está aceptada por las crueles y sometidas esposas de la comunidad, por el otro, dicho estilo de vida, más desordenado (no sabe cocinar, desconoce las labores de una ama de casa), sirve para que el personaje resulte aceptable.

¿Cuál es el principal problema de este melodrama? Desdibuja los conflictos en su tercer acto, lamentable como pocos recuerdo en la memoria reciente. Imagina una redención entre negros y blancos donde solamente hay humillación; imagina, y eso es peor, en la dignidad (ya escasa) de una criada que puede renunciar al trabajo como un paso al progreso, y eso es una mentira más bien agradable antes que una verdad dolorosa. En el mundo hace falta dinero, y desaparecen enseguida del escenario los problemas de sueldo, la jornada laboral y los derechos civiles compartidos.

El destino concreto de la escritora queda también pésimamente borroso. No se hace énfasis en el machismo perezoso de su amante, que la abandona en cuanto su fama es importante, y todo su conflicto se resuelve con la redención de su madre, rica y enferma terminal, diciendo que ha honrado a la familia. He aquí otra mentira igual de poderosa: que el gesto de las hijas puede enmendar toda la basura racista que hicieron los padres.

La madre despidió, de manera injusta, a la criada que fue también la madre simbólica de la joven escritora. El despido es una escena que bordea con el kitsch: vemos a la vieja negra no ya indefensa, sino prácticamente con un cartel de “PENA TOTAL” en el que tenemos no ya a una vieja negra, cansada, sino que carece de dentadura, con un obvio parkinson y unos andares que no disimulan el reuma, las costillas ancianas y casi rotas.

Es por eso que creo que esta película de Tate Taylor no ayuda a entender el pasado. Para entender el pasado, para reconstruirlo, no tenemos que escuchar un relato más bien amigable sobre el racismo de los demás sino que tenemos que aceptar, sin otra desnudez que la de los hechos, la infamia, la humillación y el desánimo. Solamente así seremos dignos, otra vez.

A mi compañero Caviaro le gustó con moderación.

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