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Blogdecine a 'American Psycho'

En ocasiones he mencionado en Blogdecine a ‘American Psycho’, de Bret Easton Ellis, como ejemplo de novela que no se podría adaptar. Años después de leerla, me encontré con una película que confirmaba, en cierto modo –que más adelante explico– mi suposición.

Cuando digo que me parecía inadaptable, no me refiero a que no haya forma de trasladarla al cine, pues siempre se puede hallar un camino para llevar cualquier idea a cualquier formato. Me refiero a adaptarla manteniendo los aspectos que la convierten en la obra que es, respetando, no ya su contenido, sino su espíritu. Situar en una gran pantalla las escenas descritas en el libro habría dado como fruto una película no autorizada en ningún circuito de exhibición comercial y, por lo tanto, la abocaría a un fracaso estrepitoso o a una distribución tan reducida que no compensaría su inversión de producción.

Las decisiones tomadas, por lo tanto para la adaptación homónima de 2000, dan como fruto un film con interés, pero que difícilmente se puede considerar derivado de la obra de la que surge. No estoy hablando de que el guion que firma su directora, Mary Harron, junto con Guinevere Turner no sea fiel al texto, pues sí lo reproduce a veces al dedillo, sino de modificaciones que traicionan las intenciones y el poder de impacto del original.

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Fiel a la letra…

Una de las fórmulas para no perder la prosa de Ellis es introducirla a través de una voz en off que reproduce tal cual fragmentos del libro, proporcionando la única ventana para atisbar cómo es la obra literaria a espectadores que no la conocen. Estos textos, casi siempre referidos al cuidado personal masculino, sacados de contexto, pierden la efectividad y, a pesar de ello, dan lugar a algunas de las mejores escenas del film. Otra de las estrategias para respetar otro aspecto de su contenido es transformar aquellos párrafos que el autor dedicaba a opiniones sobre música en diálogos. Forma lícita y habitual para llevar lo literario a lo audiovisual, pero de nuevo, la repercusión no es la misma que la de encontrarte capítulos enteros dedicados a grupos musicales de la época.

Una vez abandonada esa intención abrumadora del autor, tal vez sería preferible alejarse todavía más de la base y perder este aspecto musical por completo. No supondría tal sacrilegio, pues en un seminario al que asistí, años antes de que existiese la película, escuché al propio Easton Ellis que los capítulos que hablan de música los había escrito para que los leyésemos por encima o incluso nos los saltásemos sin ningún problema. Los discursos sobre pop mantienen como único valor la definición del personaje –en alguna ocasión, como con ‘Hip to be Square’ (“está de moda ser un pijo”), se retrata toda la ambientación–, pero para ello son excesivamente verborreicos.

Escuchar estas canciones ligeras y ahora ya pasadas de moda podría funcionar como contrapunto sobre la violencia. Este recurso, que empleó Stanley Kubrick con una contundencia tremenda en ‘La naranja mecánica’ (‘The Clockwork Orange’, 1971), aquí no tiene un resultado parejo. El film referido me sirve, además, como ejemplo de adaptación que en apariencia podría enfrentarse a dificultades similares, pues la novela de Anthony Burgess todavía es más innovadora y brutal que la de Ellis. Sin embargo, su resultado sí presenta, en mi opinión, un valor equivalente como obra cinematográfica, ya que las innovaciones literarias se sustituyen por hallazgos fílmicos.

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…pero no al espíritu.

Las películas aspiran a un público más amplio que las novelas, por muy bestseller que sean estas, y quizá haya quien piense que las imágenes tienen más capacidad para afectar que las palabras –afirmación a la que no me sumaría sin dedicarle mayor reflexión–. Por alguna de las dos o por las dos razones sumadas, las decisiones de Mary Harron o quizá de la productora para llevar a cabo esta adaptación pasaron por comerse casi toda la violencia que presentaba el libro.

Dejar los momentos más sangrientos en off o escamotearlos gracias a elipsis se podría considerar una forma elegante de mostrar sin mostrar. En cualquier otro caso sería esa mi valoración. No obstante, en este caso en concreto, dejar fuera la crueldad no supone simplemente rebajar una intensidad manteniendo el contenido, sino que es una renuncia a algo muy significativo. La novela de Eston Ellis no se marca por contener violencia. Su declaración de principios pasa por que esa violencia sea exactamente así de despiadada, desalmada y exagerada. Reducir su crueldad significa trastocar por completo las intenciones del autor.

La novela presentaba un final ambiguo y aquí el guion opta por una de las dos posibles lecturas, tal vez porque sus autoras lo prefieren o porque conseguir la misma ambigüedad les habría resultado difícil. De esa forma, todo lo que parecen momentos fuera de tono o inverosímiles queda justificado. Además, el elemento psicológico va más allá de presentar simplemente a un psicópata, pues esa duda enriquece la valoración. La crítica social que daba Ellis resulta, asimismo, reforzada por la conclusión de la película, que ofrece en su tramo final sus mejores minutos con diferencia.

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‘American Pycho’ como película

No son pocos los valores que se aprecian en ‘American Pycho’ si se analiza como obra independiente, ignorando su origen literario. El principal reside sin duda en el retrato de la superficialidad y el materialismo. A pesar de no estar transmitido de manera tan fascinante y única como en la novela, se capta sin ambages y provoca una clara reacción.

El tratamiento estético, llevado desde la decoración de los interiores, la elección de los exteriores y los encuadres y la fotografía –planos amplios, vacíos, donde predomina el blanco– reflejan esa mente fría y hueca del protagonista, que reconoce que funciona ser un psicópata, incapaz de sentir emociones. Según va aumentando la temperatura del film al compás del acaloramiento del personaje, esa frialdad se va disipando y entramos con mayor facilidad en la historia. Cierto toque de comedia que introduce Harron ayuda a contemplar con naturalidad lo que podría parecer exagerado, aunque al mismo tiempo, nos aleja del personaje ante el que nos limitamos a observar, sin compartir con él nada: ni sus envidias, ni sus rabias, ni sus frustraciones.

Lo mejor de ‘American Psycho’ es la interpretación de Christian Bale, quien se convierte enteramente en Patrick Bateman, uno de esos personajes cuyos nombres ya están en nuestro recuerdo, como si hubiesen existido de verdad. En su perfecto trabajo de los primeros compases observamos el absurdo de la ostentación, el complejo ante lo que no está a su alcance, la importancia desmedida a lo accesorio y un narcisismo recalcitrante. Durante el crescendo final que ya he señalado que me parece el tramo mejor de la película, Bale se transforma y su encarnación de psicópata va aumentando, sin perder nunca la credibilidad, hasta llegar a dar miedo. Esa duda psicológica que mencionaba se transmite perfectamente en el rostro desencajado de este joven actor que aquí confirmó de lo que era capaz.

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Justin Theroux, Josh Lucas, Bill Sage o Jared Leto encarnan a algunos de sus amigos o enemigos –en ese ambiente, es difícil distinguirlos– que, gracias a los trajes, la peluquería y la elección de gafas, se convierten en clones los unos de los otros, como la propia trama ya se encarga de remarcar. Willem Dafoe encarna a un detective que finge jugar a lo mismo que los chavales, pero desde la madurez, para prender en el protagonista la mecha que lo lanza a su desquicie como un cohete. Samantha Mathis y Reese Witherspoon dan otra cara de la misma moneda: las mujeres en ese mundo de apariencias y vacuidad. Chloë Sevigny supone un cebo y una ventana hacia un mundo más humano, pero ante el que Bateman prefiere no terminar de asomarse. Todos estos intérpretes logran papeles igual de bien definidos demostrando que el fuerte de Harron reside en la dirección de actores.

Mi conclusión ante la película es recomendar a quienes no hayan leído, la lectura del ‘American Psycho’ de Bret Easton Ellis.

A partir de aquí, podéis votar en los comentarios cuál queréis que sea la siguiente película que se trate en ‘Críticas a la carta’.

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