Críticas a la carta | 'El precio del poder' ('Scarface') de Brian de Palma

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Al Pacino en El Precio del Poder (Scarface)

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Cuando Alberto, creador y coordinador de esta sección de “críticas a la carta“, me escribió para comunicarme la película que habíais votado y de la que tenía que escribir, no me indicó el título, me dijo: “adivina cuál te toca, por lógica”. Tardé un par de segundos en procesar la frase, en entender a qué se refería mi compañero, al que le encanta bromear. Él habló de ‘Scarface’ la semana pasada, así que, claro, ¡me tocaba el remake de ‘Scarface’! O como la conocemos en España, ‘El precio del poder’, un título apropiado y llamativo (si bien me quedo con el original). En cierta manera, también resulta lógico este reparto que se ha producido por casualidad desde una perspectiva más personal; cuando nos conocimos, Alberto era (y sigue siendo, como demuestran algunas de sus últimas críticas) un apasionado del cine clásico, mientras que yo no podía evitar defender películas más actuales, de los 80 y los 90, las que despertaron mi cinefilia. Así que aunque admiro la magistral película de Howard Hawks, porque es una poderosa e influyente obra de arte, debo admitir que me llega más la otra, la más furiosa y demencial, la ochentera, la versión más exagerada e imperfecta, esa explosión de pólvora, sangre, droga, música disco y fucks filmada por Brian de Palma.

Esta oportunidad que me habéis dado para revisar la película, la he aprovechado también para ver, por fin, el contenido extra de la edición especial en DVD de ‘El precio del poder’ que tenía en mi estantería desde hacía años, con el plástico todavía puesto. En el “making of” dividido en tres partes que es lo único que incluye el decepcionante segundo disco, uno accede a esa clase de entrevistas donde todos repiten más o menos la misma cantinela: “hicimos una obra maestra, el equipo era fantástico y estamos muy orgullosos”. En medio de tanto halago empalagoso, hay algunas revelaciones y confesiones muy interesantes sobre cómo se originó esta nueva versión de ‘Scarface’. Cuenta el productor Martin Bregman, que se presenta como el descubridor de Al Pacino, que vio la película de Hawks en una noche de insomnio, y pensó que desde entonces, desde 1932, nadie había hecho nada parecido. Una gran historia criminal norteamericana. Con Pacino convencido, Bregman contrató a De Palma para empezar a trabajar en un guion, pero no funcionó y llamó entonces a su amigo Oliver Stone, que estaba desesperado tras el fracaso de ‘La mano’. Es imposible concebir ‘El precio del poder’ (1983), remake libre de ‘Scarface’, sin el talento ni la enérgica aportación de estos tres hombres de cine: Stone, De Palma y Pacino.

La presentación de Pacino en Scarface

Resulta curioso descubrir que Bregman puso el proyecto en primer lugar en manos de Sidney Lumet, imagino que por la exitosa colaboración del director con Pacino en ‘Serpico’ y ‘Tarde de perros’. Fue Lumet quien sugirió el cambio fundamental en el que se apoyó toda la historia de la nueva ‘Scarface’; planteó trasladar la acción a Miami y cambiar el alcohol por la cocaína. Stone (que admite haber tenido problemas con la cocaína por aquella época) comenzó un intenso proceso de investigación que le llevó incluso a viajar a varios países latinoamericanos para poder hablar con algunos individuos importantes del negocio del narcotráfico (casi le cuesta la vida). A Lumet, sin embargo, no le gustó el guion, pensó que faltaba carga política y no le interesaba el violento ascenso y ocaso de un gánster. Ahí es donde entra De Palma. El director cuenta que le entusiasmó la visión de ‘Scarface’ como una metáfora moderna de ‘El tesoro de Sierra Madre’, sustituyendo el oro por la droga; un extraño sueño capitalista autodestructivo.

Este amargo enfoque de la historia escrita por Stone que interesó a De Palma, esta manera de apreciar el viaje de Tony Montana, aparte de la atracción primitiva y visceral por la violencia, enriquece notablemente la película. Creo que gran parte del valor de ‘El precio del poder’ es que funciona a varios niveles. Hablo de mi caso particular; cuando vi la película por primera vez, me fascinaron secuencias como la de la bañera o el tiroteo final, y las frases de Montana (”Todo lo que tengo son mis pelotas y mi palabra, y no las rompo por nadie“) que hoy sirven para vender camisetas y carteles, algunas de las cuales ya estaban en el film original (basado a su vez en una novela de Armitage Trail). Imagino que mucha gente se quedará con esto, y es perfectamente razonable, los responsables de esta nueva versión querían impactar al público retratando el ambicioso y brutal modo de vida de esta clase de criminal, De Palma es un virtuoso de la puesta en escena (cómo mueve la cámara, cómo planifica la acción y domina el suspense… es una gozada) y Pacino se luce con la excesiva transformación que le permite el inspirado guion de Stone. Cuando la he vuelto a ver, lo que más me ha impresionado es la tragedia del protagonista.

Michelle Pfeiffer, Al Pacino y Steven Bauer

Porque Tony Montana lucha frenéticamente por escalar a lo que considera la cima, y cuando lo hace, se da cuenta de lo vacío que está, se encuentra solo, asqueado, destruido. En la primera ‘Scarface’, es la policía quien derrota al mafioso; en la segunda ‘Scarface’, es el mafioso quien se derrota a sí mismo. Tony llegó a Estados Unidos desde Cuba, era un inmigrante pobre con antecedentes penales y las autoridades lo metieron en una inmensa jaula junto a un montón de compatriotas desamparados. Ayudado por su mejor amigo, Manny Ribera (Steven Bauer), Tony realiza un par de trabajos sucios para un traficante de Miami, Frank Lopez (Robert Loggia), que los incluye en su organización. Pero Tony está hambriento, necesita seguir ascendiendo, y cuando descubre la debilidad de su jefe, lo desprecia y fuerza el conflicto, donde sale vencedor. Nadie puede con él, es una bestia imparable. Cuando Manny le pregunta qué quiere, Tony responde: “El mundo, y todo lo que hay en él“. Se convierte en su propio jefe, gana una inmensa fortuna, consigue a la mujer que deseaba (Michelle Pfeiffer en su primer papel relevante) y es temido por todos. Alcanza su sueño. Está en lo más alto. Y cuando no puedes llegar más alto, solo puedes caer…

Destaca Pacino algo fundamental de Montana (construido sin ánimo de autenticidad, como una fuente donde puede reflejarse cualquier gánster) y es el humor; sin eso, el personaje resultaría demasiado desagradable. Tony es un salvaje, paranoico, avaricioso, arrogante y machista (las mujeres vienen cuando tienes dinero y poder, explica), pero también es inteligente, agudo, bromista, carismático y tiene su propio código moral, uno muy básico pero que sirve para que el público simpatice con él, en lugar de desearle el peor de los castigos. Al contrario, acabas esperando que las balas no le hagan daño, que sea inmortal, que nadie pueda con él… La crítica del momento rechazó el film y la MPAA estuvo a punto de condenarlo comercialmente a causa de su violencia (y eso que se sugiere más de lo que se muestra) pero ‘El precio del poder’ terminó triunfando. Se ha consolidado como una película de culto, una de las mejores del cine criminal y uno de los mejores remakes jamás filmados. Dura casi tres horas (170 minutos) y se devora con facilidad, con placer. Es admirable que no haya puntos flacos, bajones de intensidad en una historia tan extensa, siempre hay algo esperando, alguna escena, alguna imagen, algún diálogo, y no puedes dejar de mirar. Es la magia de esta historia sobre un “bad guy” que quiso poner el mundo a sus pies.

Pacino en el tramo final de El Precio del Poder (Scarface)

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