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La historia interminable cartel

Atreyu se aleja a lomos de Artax de la Torre de Marfil para comenzar la búsqueda intente salvar a la Emperatriz Infantil de la muerte segura que la Nada trae consigo. De fondo suena el espléndido tema compuesto por Klaus Doldinger para enfatizar el aventurero carácter del personaje. Tras varios planos del héroe infantil cabalgando por diversos entornos de Fantasía vemos a Bastian, el niño humano que está leyendo ‘La historia interminable’, en el suelo del desván del colegio acomodándose tumbado sobre el grueso libro y con la felicidad plasmada en su rostro. Y una única palabra viene a la mente del espectador: encanto. Una cualidad que las tres décadas que este filme cumplirá en 2014 no han sido capaces de diluir.

La historia interminable‘ (‘Die unendliche Geschichte’, Wolfgang Petersen, 1984) fue la ambiciosa adaptación que Wolfgang Petersen llevó a cabo de la primera mitad del libro homónimo que Michael Ende había publicado en 1979. Un libro que había captado la atención de muchos infantes de principios de los ochenta gracias a la poderosa imaginación que dimanaba de esa historia dentro de otra historia en la que el literato, que nunca superaría las cotas aquí alcanzadas —todavía recuerdo con cierto pesar la lectura de ‘Momo‘—, narraba las asombrosas aventuras de Bastian Baltasar Bux en el mundo imaginario de Fantasía.

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Con un presupuesto de unos 27 millones de dólares, el más alto que hasta entonces había alcanzado una producción alemana, Petersen daba con la cinta un cambio de rumbo espectacular con respecto al filme por el que, tres años antes, había sido acreedor de múltiples reconocimientos —entre ellos tres nominaciones a los Oscar y una a los Globos de Oro—, la claustrofóbica y brillante ‘El submarino‘ (‘Das boot’, 1981), mudándose a continuación a Estados Unido para rodar ‘Enemigo mío‘ (‘Enemy mine’, 1985) y comenzando una trayectoria en tierras yanquis en la que ha habido lugar para producciones de muy diversa calidad.

Volviendo a ‘La historia interminable’ hay que señalar que Ende se terminaría desentendiendo de la producción debido a los grandes cambios que, con respecto al texto original, fueron introducidos en el guión; unos cambios completamente lógicos habida cuenta que la cinta sólo abarcaba la mitad del libro y, en éste, la citada mitad se unía directamente con la segunda sin que hubiera la ruptura que el filme necesitaba para ser una entidad cerrada.

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Siendo esa la transformación más radical en la traslación de la novela al libreto —otras de menor calado serían la redefinición del papel del padre de Bastian, la desaparición de dos personajes por la complejidad que hubiera comportado su inclusión, el hecho de que en el texto de Ende, Artax hable o que los encuentros entre el héroe y Fujur o Gmork sean completamente diferentes— y considerando que, como siempre hemos de recordar, medios diferentes requieren necesidades narrativas diferentes, hay que admitir que ‘La historia interminable’ conserva a la perfección la esencia de la novela, posicionándose al mismo tiempo como uno de los filmes infantiles más importantes de la década de los ochenta. Y ello es debido a una gran diversidad de factores encabezados por la afortunada elección de los intérpretes.

Las espléndidas decisiones de cásting conseguían, en la década de su estreno —me gustaría comprobar como funciona ahora la cinta con un público de entre 7 y 12 años—, la plena y rápida identificación de los niños tanto con Bastian como con Atreyu, dos caras de una misma moneda —como bien pone de relieve la cinta en la secuencia del Oráculo del Sur— que en Barret Oliver y Noah Hathaway hallaban las perfectas contrapartidas de carne y hueso de los personajes creados por Ende.

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De igual manera, tanto Tomi Stronach en el papel de la Emperatriz Infantil —quién no bebió los vientos por la guapísima niña—, como el resto de personajes —esos entrañables gnomos— forman parte indeleble de la iconografía de una generación. Bien es cierto que en lo que a diseño se refiere, no todos ellos fueron iguales de afortunados, llevándose la peor parte de la producción en este sentido ese perro pachón que siempre fue el dragón Fujur, pero ello no quita para que el cultivo de la imaginación que promueve la cinta disminuyera —o disminuya, vista hoy— ni un ápice.

De hecho, y cómo afirmaba al principio, ni todos los evidentes cromas del filme, ni el desafortunado diseño del citado dragón, ni unos efectos visuales en los que hay lugar para todo —en esta revisión me ha sorprendido muy gratamente el encuentro con Morla, resuelto con gran efectividad— son capaces de erosionar una cinta que mantiene todo su encanto intacto y que, incluso, ha logrado hacer valer unas cualidades que con nueve años de edad resultaban inapreciables.

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Entre ellos, no cabe duda, la muy efectiva dirección de Petersen, que sale airoso de la dificultad técnica que planteaban muchas secuencias gracias a la experiencia que había supuesto rodar ‘El submarino’ perdiendo por el camino, eso sí, la espléndida personalidad que había demostrado en dicho título; la partitura que Doldinger y Giorgio Moroder compusieron alimón —con la inolvidable canción interpretada por Limahl y el grandioso motivo que acompaña a las apariciones de la Torre de Marfil— y una infinidad de momentos para el recuerdo que demostraban, ante todo, que el cine para niños de los años ochenta no era, ni mucho menos, cine infantilizado como el que después hemos tenido que soportar.

Y buena prueba de ello la encontramos, entre otras, en las afirmaciones de la vieja Morla, impregnadas de un enorme escepticismo orientado a hacer ver que ni el ser más sabio tiene todas las respuestas; en la Nada como metáfora de la muerte de la imaginación que provoca el hacerse adulto frente al poder de esa misma cualidad en manos de un niño —una imaginación capaz de salvar un mundo con una sola palabra—; en la terrible presencia de Gmork y cómo la música lo introduce cada vez que aparece o, cómo no, en el duro trance que suponía (atención spoilers) la muerte de Artax.

Momentos todos que atesoran valores directamente desprendidos de la excelente novela de Ende pero que la película de Petersen —y no sus dos horrendas continuaciones, a cada cual más olvidable— inmortaliza en unas imágenes que siempre serán algo más que inolvidables.

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