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¡Este hombre conoce nuestros mayores secretos de la última mitad de siglo! El aterrizaje alienígena en Roswell, la verdad sobre el asesinato de JFK. Mason está enfadado, es letal, es un asesino entrenado… y es la única esperanza que tenemos.

(James Womack, director del FBI)

Tarde o temprano tenía que aparecer alguna película de Michael Bay en esta sección. Y me ha tocado a mí. Pero me lo he tomado en serio, así que en lugar de hablar a partir de los recuerdos (más o menos frescos), y aprovechar este artículo simplemente para poner a parir al estadounidense, he buscado y vuelto a ver la película que habéis pedido en los comentarios de la última “crítica a la carta”, una que por cierto dura dos horas y cuarto; muy graciosos, chicos. En fin, vamos al lío. Bay, que ahora mismo está terminando la tercera entrega de ‘Transformers’ (se estrena en verano), es uno de los realizadores más taquilleros y populares de la industria norteamericana, y poco parece importar que esté también considerado como uno de los peores cineastas que existen en la actualidad. Al público, en general, le entusiasma su manera de entender este arte/negocio, quiere ver lo que Bay ofrece. Que es muy simple, pero da igual, funciona.

Michael Benjamin Bay, nacido en Los Angeles, California (un 17 de febrero de 1965, por si hay algún viajero del tiempo leyendo esto), debutó como director de largometrajes en 1995 con ‘Dos policías rebeldes’ (‘Bad Boys’), su primer éxito comercial. Solo un año después se estrenó su segunda película, al parecer, la favorita de su filmografía, ‘La roca’ (‘The Rock’), producida nuevamente por Jerry Bruckheimer y Don Simpson (a quien está dedicada la película pues falleció meses antes del estreno), y también funcionó estupendamente en taquilla. La producción, que costó en torno a 75 millones de dólares (recaudó más de 300 en todo el mundo), contaba con un reparto de lo más atractivo; Sean Connery y Nicolas Cage (en el año que ganó el Oscar por ‘Leaving Las Vegas’) como héroes y Ed Harris como principal villano. Alrededor de las tres estrellas, una buena lista de secundarios de probada competencia como John Spencer, William Forsythe, David Morse o Michael Biehn, entre otros. Hago hincapié en esto porque de no ser ellos, por los actores, ver ‘La roca’ resultaría una experiencia insufrible.

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Nada más arrancar la película, mientras se suceden los créditos, y comienza a adueñarse de la pantalla la música de Hans Zimmer (muy similar a la que compuso para ‘Marea roja’ un año antes), aparecen planos a cámara lenta, helicópteros, fuego (como todavía no hay nada para explotar, el título aparece envuelto en llamas) y la bandera de Estados Unidos. Solo falta una voz en off que nos anuncie que acabamos de entrar en el universo de Michael Bay. En esta primera secuencia, una especie de prólogo que parece un videoclip en honor al ejército estadounidense, se nos presenta al general Francis X. Hummel (Harris), un veterano y reputado militar que no piensa seguir soportando por más tiempo lo que considera una grave e intolerable injusticia por parte de su país: dejar en el olvido a los soldados enviados a misiones secretas, mintiendo a sus familias y no otorgándoles méritos de ningún tipo. Hummel tiene un plan para lograr que le escuchen.

Los adictos a la acción no tienen que esperar mucho más para ver los primeros golpes y disparos. En la segunda secuencia, vemos a Hummel dirigiendo una misión para robar unos misiles armados con extremadamente letales armas químicas que el ejército mantenía mal vigiladas. Montaje acelerado, cámara nerviosa, planos que apenas duran un segundo, golpes de sonido y extras cayendo al suelo. La típica secuencia de acción mareante, sin tensión ni sentido alguno, que vemos constantemente. Bay no sabe hacer otra cosa. Hummel y su grupo de marines convertidos en mercenarios se plantan en el islote de la prisión de Alcatraz y secuestran a 81 civiles que estaban haciendo turismo. Dirigen los misiles a San Francisco y hacen saber al gobierno que si no acepta pagar cien millones de dólares, arrasarán la ciudad. Tras una rápida deliberación, en la que queda claro que no se piensa soltar dinero, el FBI apuesta por dos hombres: Stanley Goodspeed (Cage), un especialista en armas químicas, y John Patrick Mason (Connery), el único que ha logrado escapar de Alcatraz.

Aunque se supone que lo esencial es esta misión, entrar en la prisión sin ser vistos y anular los cohetes, eso no comenzará hasta la primera hora de metraje. El guion (firmado por David Weisberg, Douglas Cook y Mark Rosner, si bien se sabe que otros como Quentin Tarantino o Aaron Sorkin también participaron en la escritura) dedica bastantes páginas a la presentación de los protagonistas y la preparación del reto, lo cual está bien, es un recurso poco habitual en el género, pero está excesivamente inflado con escenas intrascendentes y un par de secuencias de acción de lo más inverosímiles. Goodspeed aparece por primera vez en su oficina, recibiendo un disco de vinilo de los Beatles (porque suena mejor que el CD; ¿contribución de Tarantino?) y salvando a todo el edificio tras la irresponsable inspección de un paquete bomba (sutil manera de hacernos ver que el personaje responde bajo máxima presión); después lo vemos en su casa, descubriendo que va a ser padre, y que, por lo tanto, debe casarse cuanto antes con su novia (Vanessa Marcil). Esto permitirá más adelante plantar a la mujer en la sala de control, sufriendo por los acontecimientos, como Liv Tyler en ‘Armaggedon’ (1998).

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Mason tiene una presentación más interesante, enigmática, apenas se le ve el rostro, cubierto por la melena canosa, y se destaca que está encadenado y vigilado constantemente, como si fuera muy peligroso a pesar a su edad; si se fugó de la prisión con fama de ser la más segura del mundo, es porque se trataba de un extraordinario agente secreto de la inteligencia británica (así que Connery da vida a un viejo James Bond, lo cual tiene gracia). Tras una negociación bastante ridícula, en la que a cambio de su libertad piden ayuda a Mason (al parecer es el único que conoce las entrañas de Alcatraz), éste consigue que lo trasladen a un lujoso hotel, donde aprovecha un despiste (en el cine siempre ocurren estos convenientes despistes) para escapar. Es la excusa perfecta para que Bay vuelva a destrozar coches con choques y explosiones espectaculares (aquí son inflamables hasta las aceras), en una persecución delirante por las calles de San Francisco (nada que ver con la emocionante ‘Bullit’) con momentos cumbre como la aparición de un equipo de baloncesto en silla de ruedas o el robo de una cutre bicicleta motocicleta por parte de Goodspeed.

Así que el súper-científico y el súper-espía logran entrar en Alcatraz y esquivar todas las granadas y balas posibles, mientras los hombres de Hummel van cayendo poco a poco, tanto por ineptitud (de pronto nadie sabe disparar) como por diferencia de criterio, lo que llega a provocar un motín. Llena de tópicos, patriotismo barato (la bochornosa reflexión del presidente) constantes errores de continuidad (dentro del agua hay más luz que fuera, o personajes que se secan al instante), escenas imposibles de creer y diálogos tan ridículos que llegan a parecer producto de una borrachera, ‘La roca’ se deja ver por la presencia y el sorprendente compromiso de los actores; la divertida pareja que forman Connery y Cage, así como el carismático enemigo interpretado por Harris, llegan a hacer que uno se interese por este cúmulo de disparates. Eso y la sana diversión de ir señalando las burradas perpetradas por los guionistas y el director, que a día de hoy sigue haciendo las mismas películas, interesado solo por el impacto de las imágenes con grandes explosiones, coches volando por los aires y mujeres atractivas. Y a cámara lenta. Se lo pide su público.

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