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Eva Green en Soñadores (The Dreamers)

-Siempre he querido hacer el amor a la Venus de Milo.

-No puedo pararte, no tengo brazos.

Una vez más debo daros las gracias a vosotros, apasionados del cine y seguidores de la sección “críticas a la carta“ —donde vosotros decidís los títulos a comentar—, por darme una excusa para volver a ver una película muy interesante que tenía bastante olvidada. Es decir, salvo escenas e imágenes concretas que se le quedan a uno grabadas en la memoria, apenas recordaba de qué iba y por qué me cautivó ‘Soñadores’ (‘The Dreamers’, 2003), adaptación de la novela ‘The Holy Innocents’ (“Los sagrados inocentes”), trasladada a guion por el propio autor, Gilbert Adair.

Puede que me equivoque pero imagino que si lo habéis pedido es porque os fascina esta obra del veterano Bernardo Bertolucci —su penúltimo film, el año pasado estrenó ‘Io e te’ (2012), aún inédito en España—, y no porque simplemente queríais discutirlo aquí entre todos —eso sería fantástico—, así que me temo que os voy a decepcionar porque al verla de nuevo he llegado a la conclusión de que no mantiene la magia ni la impresión que siente uno al descubrirla por primera vez. Puede que incluso la edad afecte al visionado, que si la ves con unos 20 años (más o menos) te llegue especialmente, pero de esto no estoy seguro, espero vuestra opinión. Lo que sí tengo claro es que Eva Green incendia la pantalla y solo por ella mereció la pena que el cineasta italiano decidiera filmar ‘Soñadores’.

El cine es como mirar por una cerradura

Michael Pitt recuerda la comparación del cine como un crimen

Antes de que se me tiren al cuello (con malas intenciones) los fans de esta película quiero recalcar que, como he sugerido en el primer párrafo, encuentro en ella destacables virtudes y momentos muy inspirados. Ante todo —y seguro que coincidís conmigo—, el hecho de que ‘Soñadores’ sea una honesta y sentida declaración de amor al séptimo arte. Homenajes, referencias y extractos de películas —sobre todo del Hollywood clásico y la Nouvelle Vague— se mezclan con la realidad del trío protagonista, jóvenes cinéfilos empedernidos que charlan sobre cine y juegan a imitar escenas, a veces incluyendo un “castigo” si uno de ellos no acierta a recordar el título de la obra que se representa. Sin llegar a los extremos que aparecen en pantalla, ¿acaso no hemos jugado todos a lo mismo alguna vez?

Yo era uno de los insaciables. De los que siempre se ponían en las primeras filas. ¿Por qué nos sentábamos tan cerca? Quizá porque queríamos recibir las imágenes los primeros, cuando aún eran nuevas, frescas. Antes de que saltaran las vallas de las filas siguientes. Antes de difundirse de fila en fila, de espectador en espectador, hasta que, agotadas, de segunda mano, del tamaño de un sello, volvían a la cabina del proyeccionista. Quizá la pantalla era además una pantalla que nos protegía del resto del mundo.

Es también una película de espíritu rebelde que reflexiona sobre la juventud, la sociedad y la hipocresía. Ambientada en el mayo del 68, ‘Soñadores’ refleja la agitación que se vivía en las calles de París, tomadas por un número cada vez mayor de manifestantes —en su mayoría estudiantes y obreros— cuyas protestas llegaron a poner en jaque al gobierno francés —lo compara uno con la realidad española y se echa a reír, por no llorar—. Este tiempo convulso no solo sirve de contexto para la inusual relación que mantienen unos protagonistas que se autodescubren con el paso de los días, también (como en el recuerdo del cine) es una mirada nostálgica por parte de Bertolucci a una manera de vivir, sentir y pensar.

El amor no existe, solo las pruebas de amor

Y claro, ‘Soñadores’ es una historia de amor y sexo. Libre, puro, amorfo, al margen de convenciones y esquemas sociales. Matthew (Michael Pitt), un tímido estudiante norteamericano maravillado con el estilo de vida parisino, habla de amor cuando conoce a sus dos nuevos amigos, los hermanos Isabelle (Green) y Theo (Louis Garrel), con los que siente una conexión especial. Confirmada cuando éstos le invitan a quedarse con ellos mientras sus padres están de viaje; un pequeño accidente durante la cena, ralentizado por Bertolucci para dotarlo de significado, anticipa lo que va a ocurrir entre los muchachos…

Matthew no tarda en entregarse por completo a los caprichosos juegos y deseos de los hermanos, al descubrir que sus sentimientos hacia Isabelle son correspondidos (a su manera). Sin embargo, los profundos y turbadores lazos fraternales que la unen con Theo suponen una barrera para Matthew, que al adquirir confianza tratará de imponer su punto de vista, provocando la fractura del peculiar equilibro creado en ese refugio que los protege del exterior. Es una pena que Bertolucci no sea coherente con el camino trazado y solo insinúe la atracción física entre los dos chicos, cuando en el guion escrito por Adair había escenas homosexuales. Dice el director que no las rodó para no sobrecargar el film. Sin embargo, no pensó lo mismo sobre los desnudos de Eva Green. No me quejo, conste, pero la excusa es absurda.

El trío protagonista de la película de Bertolucci

El mayor defecto que percibo en ‘Soñadores’ es que Bertolucci, cautivado por el compromiso y la naturalidad de los tres protagonistas (y el físico de la muchacha), se recrea con ellos y opta por dejarlos actuar delante de la cámara, buscando capturar detalles espontáneos irrepetibles que conviertan la película en una experiencia única. En cierto modo lo consigue, hay planos que solo asociamos a este film. Pero, sobre todo en un segundo visionado, notas lo repetitivo que resulta el relato, la inverosímil mecánica de algunas conversaciones o los forzados conflictos para desarrollar la relación triangular. Como he dicho en otras ocasiones, me quedo con lo positivo, le doy más peso a los aciertos, y es que no es nada fácil conseguir que el espectador crea, aunque solo sea por un instante, que está observando la vida de personas auténticas.

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