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Fragmento del cartel de Willow

Hay películas destinadas a marcar una etapa determinada de nuestra vida como los clásicos Disney durante nuestra más tierna infancia (me cuesta creer que haya alguien que de niño no cantase cada dos por tres alguna de sus canciones). El problema es que no todas las películas resisten igual de bien el paso del tiempo o, si preferéis llamarlo así, nuestra evolución como personas. Lo que un día nos emocionó puede que años después nos parezca una tontería de mucho cuidado, o también lo que en cierto momento de nuestra vida no supimos asimilar como es debido acabe convirtiéndose en una de nuestra películas favoritas. La cuestión es que el cine permanece inmutable (salvo cosas raras rollo George Lucas), por lo que el concepto de la objetividad a la hora de valorar una película es, como mínimo, discutible. Puede ser un tipo de humor con el que no comulgamos, un drama personal con el que no somos capaces de empatizar o ese cine diferente que busca únicamente crear sensaciones en el espectador, pero que no tiene porqué lograrlo.

Todo lo anterior viene a raíz de que me cuesta creer que alguien que vea ‘Willow’ por primera vez en la actualidad y no sea un niño llegue a disfrutar de verdad. De hecho, ya tengo dificultades para creer que un niño llegue a disfrutarla como la pequeña legión de fans que tiene la cinta de Ron Howard. Y es que ‘Willow’ es un exponente de película elevada por la acción de la nostalgia, ese elemento que nos hace sobrevalorar cosas de nuestro pasado que en realidad no eran para tanto. Ojo, no creáis que ésta es la primera vez que la veo y por eso vaya a optar por una aproximación cínica ante vuestra petición de hablar sobre ella, pero tampoco me voy a dedicar a alabarla futilmente. Lo primero que tengo que dejar claro es que ‘Willow’ ya no me convenció en un primer visionado, y eso que esté sucedió en horas de clase y me permitió pasar un poco de asuntos escolares. Ni por esas disfruté la película cuando parecía la situación ideal (la única salvedad es que tuve que verla doblada al euskera, la única cinta que recuerdo haber visto así), así que id imaginando lo que pasó con este revisionado ex profeso para hablaros de ella.

Imagen de Willow, la película de Ron Howard

Uno de los primeros puntos que hay que comentar sobre ‘Willow’ es la importancia de la implicación de George Lucas como creador de la historia, ya que ésta guarda varios puntos en común con la mitología de Star Wars. Eso sí, el primer error que cometió fue delegar su historia en manos menos competentes de loa habitual, ya que confiar en las habilidades como director del insulso Ron Howard esperando encontrar en él a un complice del nivel de Steven Spielberg es el primer gran error de ‘Willow’. Howard no es un realizador que sepa imprimir personalidad a un proyecto, y eso es algo que puede pasarse por algo en según que tipo de producciones, pero una cinta de aventuras sin un director que sepa qué hacer con el material de base suele estar condenada a ser una memez de mucho cuidado. Y ‘Willow’ no es un oasis en su carrera, ya que se muestra incapaz de dotar de auténtica emoción a la aventura, un ritmo vibrante que lo compense o de un apartado visual fascinante. Y es que, soy consciente de que ‘Willow’ se hizo en 1988, pero cuesta entender la firmación de Lucas sobre que tardó tanto (el germen de la película data de 1972) en conseguir llevar su idea a la pantalla porque era entonces cuando los efectos visuales habían alcanzado una evolución suficiente.

No tengo problemas en reconocer en el hecho de que me encantan las escenas de combates con espada (los sables láser, al ser básicamente lo mismo, también me sirven), y es que, en su mejor nivel, creo que transmiten una épica especial que los peleas a golpes o los tiroteos no llegan a alcanzar. Por eso, mi decepción con ‘Willow’ fue más notoria, ya que nos ofrece nada relevante en este apartado cuando lo tenía todo de cara para dar el do de pecho. En el apartado de magía y hechicería tampoco mejora la cosa, ya que los animales parlantes, si bien no resultan particularmente ridículos (eso hay que dejárselo a cintas como ‘Zooloco’), no logran transmitir misticismo a la historia, sino que casi parecen sacados de una capa de comedia que la película nunca llega a remarcar lo suficiente. El combate de hechizos y todo lo relacionado con el uso individual de la magia es un fracaso categórico, ya que nunca te transmite la sensación de poder que debería, y ya mejor no hablemos de la batalla final. Por el camino, sí que aparece alguna criatura curiosa en el camino de Willow para completar su misión personal, pero ninguna trasciende lo suficiente para permanecer en la memoria colectiva.

Ya he atacado a Ron Howard, pero tengo que hacer justicia y comentar que es en el guión de Bob Dolman donde surgen las principales deficiencias de la película, algo que llegó a ser reconocido con una nominación a los Razzie. Creo que todos recordaréis la existencia de una película llamada ‘La princesa prometida’, otro relato con un marcado componente de cuento infantil que se estrenó un año antes que ‘Willow’. ¿Cuál es la diferencia? El primero la estructura, y es que la cinta de Rob Reiner acierta sobremanera a la hora de presentarnos la historia como un relato que un abuelo cuenta a su nieto, ya que esa cercanía emocional es algo con lo que cualquiera puede empatizar. Lo segundo es que la diferencia como guionistas entre William Goldman y Bob Dolman es similar a la que hay entre un bistec y una hamburguesa, ya que el primero construye un relato mágico con grandes personajes (puede gustar o no la película, pero cierta frase de la película ha pasado a la historia por méritos propios) y que funciona en casi todo lo que se propone. Eso no es lo que pasa en ‘Willow’, donde la todopoderosa villana nunca infunde temor, los héroes carecen de suficiente empaque y la historia se desarrolla de forma monótona y previsible en el mal sentido de la palabra. Si hay algo que merece salvar es a Val Kilmer y su Madmartigan, ya que la escena en la que el camino del protagonista se cruza con el suyo es lo más disfrutable de la función, y lo es gracia al carisma y socarronería de la que Kilmer dota al personaje. Luego, por desgracia, el personaje decae y nunca llega a estar a la altura de ese momento, pero con eso le sobra para comerse con patatas a Warwick Davis (un héroe no demasiado insulso, pero sin la capacidad para liderar una historia como la que nos cuenta ‘Willow’ y a cualquiera que se cruce en su camino.

Madmartigan

En definitiva, ‘Willow’ es un clásico menor, pero ese concepto (el de ‘clásico’) no va necesariamente asociado al hecho de ser una buena película. Sí que sucede más menudo que cuando hablamos de una película de culto, algo que también podríamos asociar a este film, pero no es garantía de nada. Personalmente, creo que estamos ante un divertimento que nunca llega a enganchar al espectador, que tiene una duración desproporcionada y que únicamente el personaje de Madmartigan llega a ser interesante. El resto, una aventura un tanto monótona con ecos de Star Wars, pero sin siquiera llegar a igualar el nivel de la más floja de sus seis entregas, y unos elementos de hechicería que carecen de garra. Vamos, una película muy prescindible.

Willow

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