'Django desencadenado', prueba de muerte

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El doctor King Schulz (Christoph Waltz) libera al esclavo Django (Jamie Foxx) y le propone un trato: si ayuda en la captura de unos hermanos buscados por la ley, emprenderán el rescate de su amada esposa (Kerry Washington), ahora en manos de un sádico barón sureño, Calvin Candie (Leonardo DiCaprio), que tiene un campo de algodones.

No era difícil. Podía el pesimismo apoderarse de lo más interesante del cineasta Quentin Tarantino, pero no era difícil. Y es que ‘Django desencadenado’ (Django Unchained, 2012) es la prueba de que el antaño brillantísimo cineasta, el mismo que pavimentó solito una generación de cinéfilos dislocando convenciones y demostrando una inventiva sin igual, ha caído presa de la indulgencia y ha firmado una película que pasa por lo que se supone que es una película de Tarantino: incoherente, hablada (En ocasiones, demasiado hablada) y con un par de secuencias brillantes que parecen redimir un conjunto irredimible.

Y es que ¿tomaría alguien en serio a este pretencioso western, largo, excesivo, de más de dos horas y media para contar otra vez la clásica historia de venganza, con histerismo tarantiniano, si no estuviera el alabado cineasta entre los nombres? Es muy posible que no. Ahora, pasemos a explicar por qué la película falla.

Como la tosca ‘Malditos bastardos’ (Inglourious Basterds, 2009), prueba inequívoca de la decadencia de Tarantino, la película pretende revestir un Holocausto de una venganza de una minoría étnica. Si allí era una judía enfadada con Hitler, aquí es un hombre de color enfadado con los esclavistas. Ni el asesinato y opresión de esclavos está resuelto factual y políticamente en Estados Unidos, ni el asunto de los campos de concentración ha encontrado una versión oficiosa de los hechos, pero, sin embargo, Tarantino estima que un gesto subversivo es convertirlo en entretenimiento y hacer de sus villanos algo divertido.

Tengo bastantes reservas morales contra esa idea, al menos en el contexto de esta cultura. Pero seamos generosos con los apasionados defensores de tan mentecata propuesta que fingen querer leer la película al nivel de una parodia (cuando no lo es) y se amparan en la libertad (de expresión) para no lidiar con las consecuencias de lo que propone su objeto de culto: como película amoral, el film bélico de Tarantino carece de interés una vez termina la primera y brillantísima secuencia en la que usa su retórica para reescribir a Monte Hellman y John Ford y presenta de manera magnífica al villano, dilatando el clímax a través de un juego de equívocos verbales en dos idiomas.

A partir de ahí, la película repite con tozudez esquemática la misma idea: los personajes se reúnen, hablan en muchas lenguas y la cosa termina explosionando hasta que, finalmente, el film termina con dos groserías que pasaron por subversivas y un montón de referencias indulgentes y pereza estructural, compositiva y dramática.

Su western, empieza, desde luego mejor. Se remite en el título a los spaghettis de Sergio Corbucci, que eran violentos, breves y absolutamente contundentes. La trama hace más de una referencia a la infravalorada y magistral ‘Mandingo’ (id, 1975) una película de Richard Fleischer que retrata con crudeza la relación de deseo y dominación que se establece en un sistema totalmente opresivo.

Trazando una amistad inverosímil, aceptando que un esclavo podía aprender a leer (cuando eran analfabetos y sufrían sus consecuencias), Tarantino traslada la acción a la amistad entre sus dos protagonistas. Se toma su tiempo la película para construir su amistad, y el film discurre, aún con cauces demasiado largos, como buen entretenimiento, en otro tono al acostumbrado de sus películas.

Entonces aparecen en escena el villano, memorablemente interpretado por Leonardo DiCaprio y su sirviente, encarnado por un no menos inspirado Samuel L. Jackson. La película tiene la habilidad de confrontar al esclavo liberado con el esclavo partícipe y orgulloso del sistema monstruoso que lo engendra. Tarantino dirige sus mejores secuencias en el tramo medio: el asesinato y la extorsión de dos esclavos son expresados con una violencia cruda, directa, sin su habitual tono excesivo.

Pero empiezan los problemas, con prontitud. Una vez Tarantino decide eliminar a sus personajes más interesantes de escena, se hace evidente su incoherencia estética: cuando muestra a personas oprimidas, su violencia causa repulsa; en cambio, cuando mueren los “villanos” es divertida, grandiosa. Y, por supuesto, dilata, en cadáveres y situaciones forzadas, absolutamente increíbles, la venganza, la enésima venganza, hasta el punto de terminarla con una escena casposa, digna de una película barata e inconcebiblemente celebrada por la crítica.

¿Qué problemas tiene eso? Tenemos que creer en un mundo cuya verosimilitud se pierde por sus problemas tonales, severos. Tenemos, encima, que mostrar preocupación dramática por el peor personaje protagonista que ha escrito Tarantino: de Django sabemos que quiere recuperar a su bella esposa. Solamente cuando la banda sonora (por vez primera con temas originales) nos deja escuchar la hermosa canción Freedom hay emoción y empatía por su causa.

Una vez Freedom termina, estamos ante otro arquetipo, un invencible-mata-hombres-blancos y no ante un personaje de carne y hueso. De hecho, con su carisma y sadismo, el villano parece tranquilo y más inteligente que los otros personajes protagonistas. Y con su feroz empeño en proteger un sistema cruel porque cree en una idea rígida del destino y del orden social, el mayordomo encarnado por Jackson tiene más relieve.

Esto, sin duda, es un fracaso de Tarantino. Esta película está lejos de ser la mejor suya y confirma su decadencia. La dirección, con idiotas y excesivos zooms setenteros, no ayuda, está poco inspirada, no crea una sensación de unidad. Sus virtudes como narrador, con otra vez largos diálogos previos a la tensión, parecen haberse diluido. ¿Dónde se ha metido aquel cineasta inventivo que usaba estructuras no lineales como en sus mejores y primeras películas?

Y para el tratamiento de raza y clase, cualquier escena de la magnífica y subestimada ‘Jackie Brown’ (id, 1997) dice más sobre la condición afroamericana que esta película que necesita recurrir a la caricatura para prolongar su incoherente mezcolanza de venganzas, pastiche de spaghetti y pretendida reivindicación racial. Por supuesto, contiene todos los tics de Tarantino para que sus más indolentes fans rindan pleitesía irracional a su ídolo.

Pero el cineasta sorprendente, creativo y emocionante ha desaparecido, me temo que para dar paso a una versión de sí mismo destinada a complacer a sus seguidores más acríticos y a ensombrecer a los que un día vieron en su talento brillante algo más que algo divertido o sencillamente molón.: una muestra genuina de talento cinematográfico, un islote singular que cruzaba géneros y se postulaba como un Scorsese cruzado con Fuller para una generación novísima, forjada en los videoclubs y la televisión.

Queda algo de ese cineasta en las mentadas dos secuencias y en las ya celebradas interpretaciones. Pero su propuesta exige fieles, adeptos, fans y no críticos y creativos espectadores. Su cine, pues, ha perdido frescura, talento, emoción y capacidad de sorpresa. Para todo lo demás, sadismo con toques homosexuales, venganza hiper-sádica carente de experiencia humana y de consecuencias de algún tipo, esta el film que nos ocupa, pálido, mediocre y escasamente imaginativo.

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