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“Disparen a todos los oficiales que vean allí”
¿Nuestros o de ellos?
Empiecen por los de ellos, si no les importa”

Dentro de la apasionante filmografía de Robert Aldrich, uno de los más aguerridos hombres de izquierdas de la posguerra en Estados Unidos (no en vano, dijo que estuvo a punto de hacerse comunista y de ganarse unos cuantos enemigos durante la Guerra Fría), hay sitio para muchos tipos de películas, algunos de los cuales le valieron no pocos ataques de los que proclamaron que se había traicionado a sí mismo, y había realizado proyectos que negaban sus ideales y su estilo de vida. Aldrich fue un gran director de cine, no tan recordado como otros talentos de la época (como Wilder, Sturgess, Wyler, ...), aunque, bajo mi punto de vista, superaba ampliamente a todos ellos en coraje, coherencia, destreza y conocimientos técnicos, en complejidad temática y moral. Pero muchas veces, cuanto más ambivalente, complejo y sutil es un director, más fácil es, también, distorsionar su obra, en lugar de proceder a un adecuado estudio de una obra que es legendaria y bastante incomprendida.

Una de las películas, o mejor dicho “la película”, por la que recibió más ataques por parte de los más progresistas y también de los más conservadores (que le odiaban), fue el gran éxito de su carrera, la ineludible ‘Doce del patíbulo’ (‘The Dirty Dozen’, 1967), cuya impresionante recaudación en taquilla le permitió a Aldrich una última parte de su trayectoria más tranquila, pues pudo abrir su propio estudio. Una película que, en sí misma, representa la cima y el resumen de cierta concepción del cine bélico norteamericano, que durante tres décadas había evolucionado contando las gestas del ejército norteamericano en la Segunda Guerra Mundial, con títulos más o menos interesantes, algunos más heróicos y otros más cínicos. Pero para cínica, ‘Doce del patíbulo’, que también posee una buena dosis de heroísmo, aunque sus héroes sean la panda de soldados más desastrosa, siniestra y contradictoria de la larga y magnífica historia del cine bélico.

Supongo que alguien, mucho más sabio que yo, habrá escrito uno o varios ensayos sobre la evolución del género bélico, desde el más ingenuo e idealista de los años cuarenta, pasando por el desencanto de los terribles sesenta, y llegando a la ambigüedad y, en muchos sentidos, la manipulación de bastante cine bélico actual. No me parece una contradicción que Aldrich comprase entusiasmado los derechos del best-seller de E. M. Nathanson, que luego adaptaron nada menos que Nunnally Johnson (que había adaptado, por ejemplo, la magistral ‘Las uvas de la ira’ de Steinbeck para la no menos magistral película de Ford, y que había escrito un bélico para Hathaway, dentro de una muy dilatada carrera de guionista) y por su habitual e ingenioso Lukas Heller, a quien podemos atribuir en gran parte la brillantez de los diálogos. El rodaje se prolongó durante casi cinco meses, entre los entrenamientos y las largas secuencias de combates, que se encuentran entre las más elaboradas de su época. La ventaja fue que muchos de los componentes del reparto tenían experiencia militar. Lee Marvin en los marines, Ernst Borgnine en la armada, Telly Savalas y Charles Bronson en las fuerzas terrestres…

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Criminales buscando la redención

‘Doce del patíbulo’ es una película en la que nada sobra y nada falta, en un contínuo secuencial apasionante, dentro del cual caben varias películas. Por una parte, una comedia bufa en la que la camaradería sustituye a la desconfianza inicial entre todos los miembros del grupo. Por otra, una fuerte crítica a la institución militar, como si asistiéramos a una película-denuncia. Por fin, una película bélica en la que prima el suspense a la acción, aunque acción hay a raudales y muy intensa. Aldrich filma como el que respira, sin perder jamás el control de su historia, mostrando la crudeza infernal de la guerra, pero también un muy afinado estudio de caracteres, pues define a la perfección incluso a los personajes más secundarios, valiéndose simplemente de gestos y réplicas, dibujando con muy pocos trazos unos rasgos de personalidad y creando un verdadero grupo de rufianes a cual más peligroso y sanguinario, pero sin exagerar los elementos más oscuros, dándoles a todos la oportunidad de encontrar la redención. Es decir, no juzga a unos personajes a menudo terribles, sino que en parte les compadece y les da una oportunidad, aunque no comparta muchos de sus puntos de vista.

Al comandante Reisman, un oficial grosero, maleducado e insoburdinado, le encargan, como castigo o quizá porque es la persona ideal, la demente misión de entrenar a una docena de convictos militares para llevar a cabo una infiltración tras las líneas enemigas, colarse en una fiesta nazi, y asesinar a todos los altos oficiales que se pueda. Muchos de esos convictos están condenados a muerte y, como es lógico, harían cualquier cosa para escapar del entrenamiento y alcanzar la libertad, pero todos ellos, hasta los no condenados a muerte, son gente de cuidado, con escaso aprecio por la disciplina, y ninguno por los superiores. En realidad, se trata del relato más crítico con la cadena de mando que imaginar quepa, pues para ganarse la confianza y el respeto de sus hombres, el comandante Reisman (un imperial Lee Marvin, disfrutando y por completo en su salsa, que hace impensable al inicialmente elegido John Wayne) tendrá que bajar al nivel moral de sus doce sucios elegidos, casi doce apóstoles con barbas y mugre incluida, jugando a su juego, sorprendiéndoles continuamente, participando de sus chanzas y llegando a respetar a cada uno de ellos.

Aldrich pasa del humor, chabacano pero por eso disfrutable, de la parte del entrenamiento, al bélico de la demostración definitiva de que sus hombres están perfectamente adiestrados, venciendo en su propio terreno al táctico coronel Breed (un formidable, como siempre, Robert Ryan), en una larga secuencia en la que la perfección en la planificación, el ritmo de cine bélico puro, toma el relevo, sin ningún problema, al ritmo de comedia de la primera parte. Nos zambullimos, así, en un territorio completamente nuevo. Y, en cuanto acaba, volvemos al de la comedia bufa sin ningún problema. Pero dura poco, porque enseguida llega la parte final, presidida por un sentido del suspense absolutamente excepcional, que se mantiene sin fallas durante más de veinte minutos, y en el que realmente nos importa el destino de los personajes con los que tanto tiempo hemos convivido, y nos quedamos sin respiración por su brutalidad, lo impredecible que resulta, el horror de la guerra y la masacre entre seres humanos, la dignidad en la muerte y la falta de dignidad en el asesinato.

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En el reparto destaca, aunque sin hacer jamás sombra a Marvin, un superlativo John Cassavetes, que ya era un director de cine consagrado y que un año después le regalaría a Polanski otro trabajo magnífico. Su soldado Franko (reconvertido en Frankie para la versión doblada, no olvidemos quién mandaba en España en aquellos años…) es el clásico sinvergüenza al que, con gran facilidad, terminas cogiendo gran afecto. Un verdadero bombón de personaje. Pero todos cumplen a la perfección, dentro de un reparto impresionante: Donald Sutherland borda un personaje bastante extremo, como el de Ryan o Borgnine, mientras que Bronson se queda en su pétreo laconismo efectivo, y George Kennedy y Telly Savalas clavan sus respectivos ángel (que tanto ayudará al grupo) y diablo (que tanto le perjudicará). La ejemplar dirección de actores se une a una puesta en escena sobria y descarnada (fotografía seca y oscura de Edward Scaife con un scope muy bien empleado) en una historia redonda y prácticamente magistral.

Conclusión y secuencia favorita

Siendo uno de los directores americanos predilectos de quien esto suscribe, ‘Doce del patíbulo’ creo que es una de sus piezas más certeras e infravaloradas en su época (los críticos dijeron algunas barbaridades, pero el público se volcó), y la que, en cierta forma, representa la otra cara de la moneda de títulos como ‘El vuelo del fénix’ (‘The Flight of the Phoenix’, 1965) o ‘Comando en el mar de China’ (‘Too Late the Hero’, 1970). Para mí, más que notable. Mi secuencia favorita: Reisman demostrando a Jiménez, a tiro limpio, que puede subir la cuerda.

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