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El cartel de El Alucinante Mundo de Norman

El pasado 21 de diciembre llegó a nuestras carteleras la última propuesta animada de 2012, ‘El alucinante mundo de Norman’ (‘ParaNorman’, Chris Butler, Sam Fell), cuarto estreno del año pasado que recurrió al stop motion como forma de narración. ‘¡Piratas!’ (‘The Pirates! Band of Misfits’, Peter Lord, Jeff Newitt, 2012), ‘Frankenweenie’ (Tim Burton, 2012) y la española ‘O apóstolo’ (Fernando Cortizo, 2012) —uno de los mayores fracasos recientes de nuestro cine— también apostaron por esta tradicional y laboriosa técnica para atraer al público, que sin embargo, a tenor de las cifras de taquilla, parece claro que prefiere la animación por ordenador.

A pesar de avances como el uso de las impresoras 3D para la creación de los rostros, la animación fotograma a fotograma no se presenta como la mejor manera de competir en un mercado cada vez más despiadado y global. Por suerte, los éxitos modestos también sirven para financiar proyectos y la oferta del cine animado, de momento, sigue sin limitarse a nuevas entregas de franquicias de éxito apoyadas por grandes estudios. Pero no voy a caer en la tentación de atacar la animación por ordenador para defender el stop motion como la forma más pura y humana, porque uno se acuerda, por citar ejemplos recientes, del inicio de ‘Up’ (Pete Docter, Bob Peterson, 2009) o el final de ‘Toy Story 3’ (Lee Unkrich, 2010), y la idea suena totalmente absurda. Da igual cómo estén animados los personajes, lo fundamental siguen siendo las historias y el talento de quienes las cuentan, exactamente igual que en el cine de acción real.

Norman entre fantasmas

Creo que una de las claves que explican la derrota comercial de esta apuesta artística que se resiste a ser cosa del pasado —tanto por la calidad del producto final como por la cantidad de profesionales que emplea— esté en su ambiguo “target”, en que buscan llamar la atención de un público adulto con enfoques poco convencionales pero sin perder de vista a los más pequeños, que pueden (y normalmente consiguen) arrastrar a los padres a los multicines. Como ha quedado demostrado, hay que tener mucha suerte o un fuerte apoyo publicitario para lograr que este doble anzuelo resulte efectivo, de lo contrario, sus potenciales espectadores se decantarán por propuestas que hayan sabido venderse con mayor claridad. ‘El alucinante mundo de Norman’ es prima hermana de ‘Frankenweenie’ y le ha ocurrido algo similar; ambas venden una aventura cargada de nostalgia y homenajes al cine de terror donde se reivindica al diferente, al raro. Así atrapas al cinéfilo y al friki, pero nos llenas salas.

Al igual que en el decepcionante film de Burton, el protagonista de ‘El alucinante mundo de Norman’ es un niño solitario y extraño, aficionado al cine —sobre todo a las historias con zombies—, que desarrolla una peculiar relación con seres muertos y debe adoptar el papel de salvador de su pequeño pueblo, habitado por gente aburrida e ignorante. Norman es un chico normal, en apariencia. Nos lo presentan viendo la televisión en el salón, junto a su abuela. Su padre le llama desde la cocina para que tire la basura y él cumple de mala gana. Lo raro sucede enseguida, cuando el chaval hace un comentario sobre su abuela y el padre, especialmente molesto tras caerse de una escalera —algo que no me gusta de la mayoría de las películas animadas es que traten a todos los personajes como si fueran de goma—, le contesta que deje ya el perturbador jueguecito de fingir que habla con fantasmas.

Los protagonistas de la película, a los que prestan voz Kodi Smit-McPhee, Tucker Albrizzi, Christopher Mintz-Plasse, Anna Kendrick y Casey Affleck

Norman no finge, puede ver y comunicarse con los espíritus de los muertos. Que son simpáticos y se quedan merodeando por la zona donde sus cuerpos quedaron sin vida, por algún asunto que quedó sin resolver —uno de los mayores tópicos de los relatos con fantasmas o muertos vivientes—; es como el niño de ‘El sexto sentido’ (‘The Sixth Sense’, M. Night Shyamalan, 1999) pero de un modo más infantil y cómico. Esta habilidad convierte a Norman en un freak, un marginado social, igual que su misterioso tío. Cuando éste muere, cede a su sobrino una importante tarea: proteger al pueblo de la maldición de una bruja. Justo el mismo día que fallece su tío, Norman debe salvar a sus vecinos. Pero el chico no entiende las instrucciones y no puede impedir que un grupo de cadáveres abandonen sus tumbas y se dirijan al pueblo…

Uno de los mayores problemas del film es que los giros de la trama son demasiado previsibles y el espectador sabe desde el principio que los muertos necesitan la ayuda de Norman —a pesar de su engañoso comportamiento— y que éste cumplirá con su misión. Pero lo peor es el relleno, las absurdas pero parece que inevitables secuencias de acción que encontramos en la mayoría de películas animadas, con vertiginosas persecuciones plagadas de obstáculos mientras los actores de doblaje gritan “¡¡cuidado!!“ o “wooooooo“. Se percibe cariño y pasión en cada fotograma de ‘El alucinante mundo de Norman’, un trabajo de animación impresionante realizado por el estudio Laika —cuyo anterior largometraje fue ‘Los mundos de Coraline’ (‘Coraline’, Henry Selick, 2009)— que lamentablemente parte de un guion corto de ingenio que no aprovecha las posibilidades de una historia que demandaba mayor crudeza y oscuridad. Aun así, se trata de un digno entretenimiento que hará las delicias de los aficionados a la animación y las historias sobrenaturales.

Norman y sus amigos deben lidiar con zombies vivos y zombies muertos

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