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‘Sueño de amor eterno‘ es el ridículo título que le pusieron en España a ‘Peter Ibbetson’, film dirigido en 1935 por el nunca lo suficientemente bien valorado Henry Hathaway. Se trata de la segunda adaptación —existe una versión de 1921 dirigida por George Fitzmaurice titulada ‘Forever’— de la novela de George L. Du Maurier —abuelo de Daphne Du Maurier—, y en la que colaboraron nada menos que nueve guionistas, entre los que se encontraban Fred Zinnemann —realizador de films como ‘Sólo ante el peligro’ (‘High Noon’, 1952) o ‘De aquí a la eternidad’ (‘From Here to Eternity’, 1953)—. El resultado, un film fantástico, género poco prodigado por su director,y que volvió locos a André Bretón o Buñuel, entre otros. El primero la consideraba una de las cumbres del surrealismo, y el segundo la tenía por una de sus diez películas favoritas.

(From here to the end, Spoilers) La película es una gloriosa exaltación del amour fou, ese sentimiento capaz de traspasar cualquier barrera por dura que sea, incluida la muerte. El film abarca desde la niñez de sus protagonistas hasta la mismísima vejez y más allá. Uno de esos amores eternos y que parecen sólo existir en películas como la que no ocupa, corriendo el riesgo extremo de caer en la ñoñería más ridícula. Sin embargo, la exquisita sensibilidad de un Hathaway en pleno estado de gracia —probablemente estemos hablando de su mejor trabajo— evita en todo momento la cursilería y coloca su historia en un estado impreciso en el tiempo y en el espacio. De fuerte carácter onírico, hermana amor y sueño, convirtiendo lo segundo en el lugar perfecto y seguro para que los amantes se encuentren lejos incluso de la tiranía de la propia vida.

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‘Sueño de amor eterno’ se divide en tres actos perfectamente diferenciables y que no necesariamente otorgan al film un carácter segmentado. Aunque estos están separados por rótulos que explican el paso del tiempo y lo que hace el personaje central —el Peter Ibbetson del título original—, el film tiene una continuidad muy clara e ininterrumpida. Este da comienzo con el inicio de la relación entre Peter y Mary, dos niños vecinos, que siempre están peleando por los juegos, aunque en el fondo se quieren profundamente. Unas rejas separan sus respectivos jardines, como alegoría a la imposibilidad de estar juntos, algo que se repetirá continuamente en sus vidas. Atención a las maravillosas elipsis que Hathaway utiliza en dicho tramo: tras discutir por unas tablas para hacer un carro, un fundido en negro da lugar a un plano en el que vemos una muñeca dentro de un carro. Una forma maravillosa de dar a entender que ambos críos están muy unidos.

A pesar de que en el cine, sobre todo en aquellos años, los niños suelen estar horribles —dicen que actúan por intuición—, algunos literalmente insoportables, aquí los actores Dickie Moore y Virginia Weidler están francamente bien, y sobre todo muy compenetrados, enseguida les cogemos cariño, y su paso hacia el difícil mundo adulto hasta nos duele un poco. La segunda vez que vuelven a encontrarse, tras años sin verse y en los rostros de Gary Cooper y Ann Harding, las rejas vuelven a estar entre ambos. Peter se ha convertido en un arquitecto de brillante futuro, y sus servicios son requeridos por la duquesa de Towers, que no es otra que Mary ya crecida, y casada. No se reconocen, pero gracias a los elementos en común el espectador ya los ha unido antes de que ellos se den cuenta. A partir de ahí el film empieza a destacar por sus elementos fantásticos, alcanzando cotas inimaginables.

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La escena de la cena entre el matrimonio y Peter es de las que no se olvidan, un rara avis en este tipo de productos y también en otros. Un marido receloso pregunta directamente a Peter desde cuando está enamorado de su mujer y la conversación que se tiene en ese instante es un prodigio de síntesis y certeros diálogos sobre la infidelidad, la pasión amorosa y el reconocimiento del amor verdadero e inolvidable. Ambos llevaban al otro en su corazón, pero la imagen que conservaban de niños. Cuando se reconocen se dan cuenta de que nada podrá pararles, pero pagarán un precio muy alto, quizá demasiado. Un accidente hace que el marido de Mary perezca y acusen a Peter de asesinato, encerrándolo de por vida. Es entonces cuando la fotografía de Charles Lang —el mismo de ‘La muerte de vacaciones’ (‘Death Takes a Holiday’, Mitchaell Leisen, 1934)— alcanza matices sobrecogedores. De la majestuosa mansión de los Towers, filmados con gran elegancia al onírico mundo que Peter y Mary descubren para sí mismos.

El tramo final de ‘Sueño de amor eterno’ es todo un deleite para los sentidos. A esas alturas la excepcional banda sonora de Ernst Toch se ha grabado para siempre en nuestra mente con su arrebatado lirismo. Las interpretaciones de Cooper —su única incursión en el fantastique— y Harding —prodigiosa actriz hoy tristemente olvidada— se fusionan de forma única, y el milagro acontece. Las rejas que antes simbolizaban una traba para el amor puro y verdadero de dos seres que incluso comparten sueños reaparecen de nuevo para disolverse por fin ante el poder de un sentimiento más fuerte que cualquier cárcel hecha por el hombre. Los años pasan y Peter y Mary se reúnen una y otra vez en los sueños, creando todo un mundo —Nolan aprendió mucho de esta película— donde permanecerán siempre jóvenes. La muerte llegará como llega siempre, y la película será más dura aún separando a los amantes de nuevo. Sin embargo hay cosas que sobreviven a la dama de negro, algo que Hathaway nos invita a soñar, a creer en definitiva.

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