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En los comentarios del texto sobre ‘La muerte de vacaciones’ (‘Death Takes a Holiday’, Mitchell Leisen, 1934), invité a nuestra lectora pilar62 a que contribuyese a este especial sobre el amor en el cine. Entre los títulos que sugirió, elegí ‘El muelle de las brumas’ (‘Le Quai des brumes’, Marcel Carné, 1938) por mucho y diferentes motivos, así que a una de nuestras lectoras preferidas le dedico este post, que me sirve entre otras cosas para hablaros un poco de un director no demasiado comentado en estas páginas. Un claro representante de lo que se llama realismo mágico, y que no a todos gustaba por igual. A pesar de que Carné se adelantó al Film Noir hollywoodiense —próximamente un ciclo en Blogdecine— con películas como esta, el director francés fue objeto de los dardos de la Nouvelle Vague, que enseguida lo tacharon de encorsetado y perteneciente a una Francia que ya no existía.

Que mi admirado Truffaut —de todos los realizadores de la citada corriente francés, el más inteligente y auténtico de todos, precisamente por ser el que menos se dejó influenciar por las “normas” de la corriente artística, que personalmente me resulta en su mayor parte insoportable— no sintiese admiración por Carné es algo que escapa a mi comprensión, cuando uno podría ser considerado sin ningún tipo de rubor un antecesor del otro, a pesar de sus estilos completamente diferentes. ‘El muelle de las brumas’ me parece perfecta para este especial por su forma de afrontar el sentimiento más loco e incontrolable que existe,cómo poco a poco lo va introduciendo en la trama hasta que finalmente es el motor y alma del film. Un film que cuenta en su papel principal con una de las estrellas más importantes de la cinematografía francesa: Jean Gabin.

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(From here to the end, Spoilers) La película está ambientada en La Havre —una diferencia con respecto a la novela de Pierre MacOrlan, que se desarrolla en el barrio de Montmartre—, en la zona portuaria con la llegada de un misterioso personaje. Jean (Jean Gabin) es un soldado que ha desertado, su pasado es apenas conocido y su humor no siempre es bueno —un estereotipo que se repetiría hasta la saciedad en el Film Noir—, su continuo deambular por la una vida que no le gusta le llevará hasta un lugar que parece encontrarse en un punto casi irreal. Ese lugar en el muelle donde personajes de distinto carácter, y a los que les une el huir de algo o ser simplemente rechazados sociales, parece sacado de algún sueño. Allí Jean se encontrará con Nelly (Michèle Morgan), una bella mujer cuya existencia está marcada por la influyente presencia de su tutor (Michele Simon) con el que tiene una perturbadora relación.

Carné pone sobre la mesa dicho encuentro como antídoto para sus miserables vidas, pero en ningún momento se siente optimista, ni estando del lado del amor, algo que por ejemplo irritaba profundamente a Jean Renoir, otro de los grandes directores del cine francés, que llegó a tildar de fascista a Carné simplemente por el hecho de que dos personajes del talante de Jean y Nelly no culminasen su historia de amor. Sin embargo, Carné no llega a cargar las tintas en las desgracias de sus personajes, no se regodea en ello, más bien se recrea en el carácter ilusorio del amor, y mientras rodea a sus personajes con cierto aire onírico, no deja de estampar la cruda realidad en la cara, la que siempre nos despierta y nos recuerda que este mundo es a veces muy duro de vivir. A veces, sólo a veces, el amor se presenta como tabla náufrago, o lamentablemente como perdición.

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Carné, con su puesta en escena —apoyada en los excepcionales trabajos de Alexabdre Trauner en la dirección artística (Trauner terminaría trabajando para directores como Billy Wilkder o John Huston), y Eugen Schüfftan en la fotografía (terminaría trabajando para George Franju y Reobert Rossen, nada menos)— encierra a sus personajes en encuadres simbólicos que de algún modo los sitúa en un punto intermedio entre realidad y sueño. Jean y Nelly se conocen mientras ella mira por la ventana, como otros muchos personajes hacen, como si mirasen con ansia un mundo que les queda lejos y que desean alcanzar, aunque en su fuero interno saben que jamás lo harán. Baste citar el destino de un pintor, uno de los perdidos personajes que pululan por ese muelle, y que pinta cosas que nadie ve. Un destino buscado conscientemente y que es recibido con terrible frialdad por el resto de personajes. Carné habla del amor, pero también de la muerte, la que todo se lleva. Todo.

Uno de los aciertos, a mi parecer, del guión de Jacques Prévert, habitual colaborador de Carné, es unir en un mismo film los aspectos positivos y negativos del amor. En el caso de Jean y Nelly su única razón de existencia, mientras que para Zabel —maravilloso personaje que poco a poco va descubriendo su verdadera naturaleza maligna— es el motivo de sus terribles actos. Carné se sirve de dicho personaje para hablar sobre la irracionalidad del mal, y que el motor de dicho mal sea precisamente algo que nace de lo opuesto, el bien. Y a pesar del realismo poético, o mágico, al espectador no le queda ni la esperanza y sucumbe ante el dolor de los personajes, meros títeres en un mundo cruel que les ha olvidado.

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