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Resulta curioso que la última película completada de Terrence Malick —recordemos que tiene otras dos películas más, una en fase de postproducción, y la otra en sabe Dios qué fase— haya sido número uno de taquilla en nuestro país. Imagino que el hecho de estar protagonizada por un actor tan famoso como Brad Pitt, más una calculada campaña de promoción, han bastado para llevar al público a las salas y convertir ‘El árbol de la vida’ (‘The Tree of Life’, 2011) en la película más vista el pasado fin de semana. Curiosamente ostenta otro récord, el de ser la película que más reclamaciones ha provocado, hasta tal punto que en un determinado cine de nuestra querida tierra se entrega una hoja explicando que el film no es convencional, y que si el espectador no está a gusto con lo visto durante la primera media hora se le dará la oportunidad de cambiar de sala. A estas alturas, el número de personas que han hecho efectivo ese derecho es significativo.

No es algo nuevo, y de paso se hace un plus de publicidad a la película, y gratis. Pero seamos sinceros, o hablemos claro. ‘El árbol de la vida’ no es una película para ser degustada por cualquier paladar, eso es cierto. Ahora bien, no creo que para defenderla haya que usar precisamente ese argumento tan vago. Que sí, que Malick es especial, que anda de ermitaño por la vida, y sus aspiraciones son la de hacer la película más grande jamás hecha, algo que parece quedar impreso en los cinco largometrajes que ha dirigido hasta la fecha, y queda más claro que el agua, ésa que tanto le da por filmar a veces sólo porque sí, que no es un director para el gran público. No obstante, y siendo admirador de dos de las películas de su filmografía —‘Malas tierras’ (‘Badlands’, 1973) y ‘La delgada línea roja’ (‘The Thin Red Line’, 1998)—, me uno irremediablemente a ese grupo de espectadores que han visto/sufrido la última obra de Malick.

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Creo que fue en estas mismas páginas donde mi compañero Adrián Massanet, que ama a Malick sobre todas las cosas, incluido James Cameron, decía que un artista —llámese en este caso, cineasta— no experimentaba jamás. Me gustaría saber qué coño ha estado haciendo Malick desde sus inicios, porque bien es sabido que este director se toma su tiempo para sus films, y no sólo durante la fase de preproducción, sino durante el mismo rodaje. En ‘El nuevo mundo’ (‘The New World’, 2005), película capaz de hacer roncar a una piedra —haced la prueba, funciona—, en un preciso momento el director decidió filmar a Q’orianka Kilcher corriendo entre la vegetación sólo porque a Malick le gustaba la luz del sol en el pelo de la actriz. En ‘El árbol de la vida’ otro tanto de lo mismo, planos y planos filmados a capricho del director para al final tener más metros de película de los necesarios, improvisaciones por aquí, experimentos por allá.

Que la luz queda bien en la cara de Brad Pitt, rápido travelling sobre el actor, luego ya le meteremos la música clásica de turno, que siempre queda bien. Que la rama de aquel árbol —no, no es el del título, ése es otro mucho más profundo metafóricamente hablando— queda bonita en cámara, pues a filmarla, pero partida o desenfocada, que mola más. Que aquel riachuelo produce una extraña sensación de paz al filmarlo entre las dos y cuarto del mediodía y las tres menos cuarto, pues a filmarlo también. Si eso no es experimentar, entonces no sé lo que es, y si Malick no es un artista, pues tampoco. A mí no me importa el proceso de rodaje de un film más allá de lo informativo o lo anecdótico, si el cineasta experimenta o no. Me interesan los resultados o si el viaje que propone el director a través de su mirada es o no fascinante, es o no provechoso, es o no entretenido, entendiendo por entretenimiento cualquier tipo de historia que me deje pegado a la pantalla. Y ‘El árbol de la vida’, a pesar de sus enormes aspiraciones y pretensiones, no me produce nada de eso, me aburre soberanamente. Su discurso incluso me repatea.

La triste pérdida de un hijo por parte de un matrimonio en el Texas de los años 50 es el eje central de una historia que abarca desde la mismísima creación del universo hasta la búsqueda final de Dios. Aunque voces gritonas digan lo contrario, ‘El árbol de la vida’ posee planteamiento, nudo y desenlace, y aunque Malick intenta crear una especie de puzzle cuyo sentido final tal vez no conozcamos nunca —podríamos estar ante una de esas películas que se transforman a cada nuevo visionado, y ni me importa—, dichos elementos de la narración más clásica están presentes en la película. El mezclarnos de la forma en la que Malick lo hace responde a las inquietudes del director, a querer divagar sobre cuestiones filosóficas de toda índole, de dónde venimos, qué fuimos en un principio, qué somos, dónde radica el secreto de la vida plena, qué es la muerte y hasta dónde influye en la vida. Con imágenes, en las que han tenido mucho que ver Douglas Trumbull y Emmanuel Lubezki, que acercan a Malick a Kubrick, el director de ‘Días del cielo’ (Days of Heaven’, 1978) se pierde en su propias pretensiones.

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Imágenes como la que encabeza este texto son de lo más inspiradas, no lo niego, como no le niego a Malick la capacidad de hacer gran y buen cine, pero de nada me vale sentirme embriagado por una metáfora visual de tal calibre, si a continuación Malick me saca de quicio con un travelling sobre una hoja, o un árbol, o una piedra, y que nadie me venga con lo de la comunión con la naturaleza, ni con la ruptura de la estructura narrativa que Malick pretende hacer. Tal ruptura no existe, están bien diferenciadas las partes que ensambladas deben ser un todo, uno que falla enormemente desde su pobre discurso religioso —ese final, que es incoherente con el resto del film—, hasta el íntimo drama de una familia rota por la desgracia, o los recuerdos de un hombre a cerca de su autoritario padre. Sí es verdad que rompe con algunos convencionalismos, ofreciendo una película que se siente, alejada de todo disfrute típico. Las sensaciones como objetivo final del arte. Nada en contra, salvo que las sensaciones que provoca en un servidor son muy distintas a las provocadas en aquellos que se han rendido ante Malick, y casi todas sinónimos de sopor.

Brad Pitt demuestra que cada vez es mejor actor, lo que a cierta altura del relato da prácticamente igual, porque su interpretación está sujeta ante la prepotente cámara de Malick —travellings acercándose rápido tanto a personajes como objetos es la marca de la casa—, Jessica Chastain posee cierta fragilidad, pero escenas como la de ella flotando literalmente debajo de un árbol —sí, la paz de su jardín y demás vainas— rozan el más profundo ridículo. Los tres actores que dan vida a los tres hermanos están sensacionales y Sean Penn, en su segunda colaboración con Malick, parece tan perdido como su personaje. Al final nos queda una espléndida banda sonora de Alexandre Desplat, y la sensación de haber pasado una eternidad en el cine.

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