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Un grupo de cinco adolescentes es castigado durante un sábado por la mañana en su instituto. Los cinco son, esencialmente, representantes de cada grupo social: el empollón (Anthony Michael Hall), el deportista (Emilio Estévez), la pija atrapada en su burbuja (Molly Ringwald), el rebelde con no pocos coqueteos criminales (Judd Nelson) y la mentirosa, típico caso perdido (Ally Sheedy). Obligados por su profesor (Paul Gleason) a redactar un ensayo sobre quienes son, se sorprenderán hablando y manteniendo una conversación sobre el tema de la redacción en clave realmente introspectiva y al final del castigo descubrirán cosas insólitas sobre el mundo que les rodea.

Seguramente la mejor película de John Hughes, la única que parece respirar una vocación de auténtico clásico del cine norteamericano, aunque debería mencionar, lo sé, ‘Todo en un día’ (Ferris Buellers’ Day Off, 1986), estrenada solamente un año más tarde, pero cuyos logros atribuyo más a un estado de gracia de actores, el operador Tak Fujimoto y ciertos diálogos que a una fuerza de conjunto. Nunca sentía demasiadas simpatías por los trabajos anteriores de Hughes, todos estimables y entretenidos, desde ‘Dieciséis Velas’ (Sixteen Candles, 1984) a ‘La mujer explosiva’ (Weird Science, 1985) la pasión por facturar comedias más o menos eficaces o con un componente melodramático más notorio como en ‘La mujer de rosa’ (Pretty in Pink, 1986) que dirigió un colaborador habitual, Howard Deutch.

Esta película se convirtió pronto en mito popular y más tarde en genuino tótem del subgénero, la comedia y el drama adolescente, en el que encontró una serie de recursos expresivos y de caminos que dieron paso a una serie de creadores más o menos radicales, desde Todd Solondz con su ‘Bienvenido a la casa de las muñecas’ (Welcome to Dollhouse, 1995) o Alexander Payne con su ‘Election’ (id, 1998) hasta los logros de Wes Anderson, que imaginó en ‘Academia Rushmore’ (Rushmore, 1998) una unión casi improbable de Hughes con la influencia francesa de la Nouvelle Vague, con o la factoría Apatow, con Seth Rogen y Evan Goldberg al frente y su guión para ‘Supersalidos’ (Superbad, 2007) o la obra de su director, Greg Mottola, aunque ‘Adventureland’ (id, 2009) sea la menos hughesiana de sus películas.

La película encuentra su fuerza en los diálogos y de ellos hace su motor, casi teatral. Los cinco estudiantes enfrentados vivirán un gran día y se permite Hughes un memorable interludio musical, acorde con el carácter juvenil de la cinta y con el ímpetu anárquico de sus cinco alumnos de instituto, castigados por razones que deben descubrir. La explicación psicológica que da Hughes es bastante sencilla, a veces casi banal en ese empeño norteamericano de convertir todo relato suburbial en un relato patriarcal de frustraciones emocionales. Abusando de ese psicologismo, la solución común que ofrece Hughes a su dilema es que todos somos frutos de nuestra clase social y nuestra educación y, por supuesto, un vivo reflejo de esos padres que no solamente nos han educado sino que no han contagiado sus miedos y sus frustraciones, incluso, concepto fatídico y también norteamericano, estamos marcados por ese destino.

¿Y en qué acierta Hughes? En definir a estos personajes a partir de sus propios prejuicios y de hacer que se unan solamente por un interés común hasta que empiezan a expresar empatía. El diálogo lo empieza siempre el rebelde, pero es la figura del supervisor la que encuentra a los cinco unidos con el mismo propósito: también las dos chicas viven definidas por su misma imagen del mismo modo que todos quieren responder a esas ansiedades. Esa verosimilitud adolescente, acierto de Hughes con un cast en estado de gracia, es increíblemente agradecida, aunque el geek no salga precisamente bien parado y sea el único que se quede sin chica al final de la película. La pregunta sería si Hughes está siendo fiel a su audiencia o está retratando fielmente al instituto: posiblemente ambas sean verdad, lo que añade un excelente tema para pensar la comedia adolescente y sus alrededores.

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¿Pero en qué falla Hughes? En el fondo, esta película magistral toma un punto de vista concreto, determinado, traicionado quizás los aspectos de su dramaturgia que son más sugerentes. Ese punto de vista es el del perdedor que encarna Judd Nelson, cuy beso final se vive como un triunfo y cuyo plano congelado indica que Hughes prefiere que todos sepan que queda algo de esperanza, que al menos es posible en el mismo hecho de que estos personajes dialoguen. Por eso congela la acción: para no condenar a su espectador a la incomodidad y para que entienda, pedagógicamente, el valor de su narración, de su centro dramático. No importa tanto lo que pasará, como lo que se ha podido pasar. Es un cine mucho más conformista de lo que nos gusta recordar, pero acaso estos valores sean lo suficientemente progresistas para llevar a un salto mortal que cambió todo un género: no es poco y así debe recordarse.

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