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A menudo hablamos en Blogdecine, tanto los redactores como nuestros comentaristas, sobre las diferencias entre cine comercial y cine de autor, y sobre la necesidad de que el segundo prevalezca sobre el primero en cuanto a coraje y riesgo. Pero una cosa no quita la otra, y el cine comercial ha ofrecido hitos importantísimos desde el invento de este soporte audiovisual, demostrando que lo comercial puede y debe ser universal, y que el talento no está reñido con ello, y que lo excepcional tampoco. Y maravillas irrepetibles como ‘El golpe’ son buena prueba de ello.

Hoy día, claro, su director, George Roy Hill, es un hombre olvidado por los cinéfilos, o casi. Tampoco es cuestión de convertir a cada director olvidado en un genio universal por el mero hecho de haber dirigido un par de películas maravillosas (en su caso, la otra sería la melancólica ‘Dos hombres y un destino’), pero no hay duda del inmenso talento narrativo de Hill, y de su pasión por contar historias más grandes que la vida, no olvidándose jamás del carácter mortal y a menudo miserable de sus personajes.

‘El golpe’ iba a ser un filme de timadores de bajo presupuesto, y su guionista, David S. Ward, tenía intención de dirigirla. Sin embargo, con un guión de tal perfección (basado muy libremente en la novela ‘The Big Con’, de David W. Maurer) era imposible pasar desapercibido para grandes nombres de la industria, y Hill se empeñó con el proyecto y la maquinaria de Hollywood (la única capaz de levantar algo tan hermoso) se puso en funcionamiento. Para algunos, iba a ser el reencuentro comercial de dos actores que ya habían triunfado en el mencionado western ‘Dos hombres y un destino’. El resto es leyenda.

La gran depresión, a ritmo de Scott Joplin

La primera secuencia es uno de los muchos momentos absolutamente magistrales de la película. Una cola de indigentes se ve desmentida por el paso vivaz y sobrado de un tipo con traje y mocasines. En realidad, es un correo de la mafia, cuya responsabilidad consiste en transportar dinero negro (obtenido en tugurios ilegales) a su dueño. El tipo se ve asaltado por unos timadores que consiguen arrebatárselo sin que se de cuenta (y con un truco que no vamos a desvelar aquí). Los timadores son, por supuesto, Johnny Hooker (un Redford de 37 años que interpreta sin dificultad a un personaje una década más joven) y Luther Coleman (excelente Robert Earl Jones, sí, el padre de James Earl Jones…). Ambos no saben dónde se meten, y la venganza del dueño de ese dinero será terrible.

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De este modo, la imagen de Luther, y su ausencia, marcan la película. Él es el motivo de la contra-venganza de Hooker, dispuesto a saltarse varios cursos (o varias ligas) para aprender a timar a lo grande y arruinar al asesino de su mentor. Contacta con otro mentor, el inefable y encantador Henry Gondorff (un Paul Newman de casi 48 años, que se entrega con pasión a un personaje bastante secundario, aunque quizá con las mejores escenas y diálogos) y ambos, maestro y pupilo, inician una de las aventuras más recordadas en los últimos 40 años de cine.

Es justo decir que los temas musicales de Scott Joplin (retocados por el gran Marvin Hamlisch) en realidad son completamente anacrónicos respecto a la trama y su marco histórico. Nos encontramos a mediados de la década de los 30, y la música Ragtime de Joplin es, por lo menos, dos décadas más antigua. Pero aceptamos esta trampa musical porque los temas (todos ellos) van como anillo al dedo con la historia. Les otorga a las imágenes su carácter al mismo tiempo juguetón y melancólico, y reviste el conjunto de una gran elegancia. Aunque al conjunto, precisamente lo que no le falta, es elegancia.

Los decorados y la dirección artística de Henry Bumstead y James W. Payne, así como el diseño de vestuario de la legendaria Edith Head, logran el milagro de crear un mundo ya desaparecido hasta el más nimio detalle, alcanzando así una hazaña mil veces alabada y que ha servido de referencia a tantos diseñadores. Decir que esta recreación de los años 30 es magistral sería faltar a la verdad: sencillamente es un prodigio de la imaginación, el trabajo y el talento. Tugurios, salones, hoteles, bares, hostales, calles, trenes, andenes, vehículos, despachos, casas de apuestas, trajes, abrigos, sombreros, iluminación. Una verdadera gozada.

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Por otro lado, la labor del director de fotografía, el no menos legendario Robert Surtees (que obtuvo nada menos que dieciséis nominaciones a los Oscar, de las cuales se alzó tres veces con la dorada estatuilla, aunque no por esta película) es asombrosa por contenida, sobria y capaz de ofrecer un aspecto en sereno equilibrio entre lo clásico y lo moderno. Empleó una relación de imagen de 1.85:1 y lentes esféricas de Panavision, con propensión a primar los tonos marrones o amarillentos, en un estilo de tratar el cine de época que llegaría a su máxima expresión (y manierismo) en la obra maestra de Francis Ford Coppola ‘El padrino, parte II’, un año después.

Cine sobre el cine

En realidad, ‘El golpe’ es una película sobre el prodigio de la mentira del cine, sobre el modo en que el cine juega con nuestra incredulidad y construye una realidad aparente y completamente autónoma y llena de vida. En ese sentido, nosotros estamos en una situación más cercana a la del despiadado Doyle Lonnegan (un impresionante Robert Shaw, dos años antes de dar vida al genial Quint de ‘Tiburón’) que a la de Hooker o Gondorff. A fin de cuentas, aunque tenemos más información que el mafioso, el guionista y el director se complacen en metérnosla doblada con el tema del FBI (y que no se lleve nadie las manos a la cabeza, porque continúo sin desvelar nada).

Es decir, que el guión es de una perfección tan inusitada, que cuenta una mentira dentro de otra mentira, nos hace sentir privilegiados de conocer ambas mentiras, pero en el corazón de esa mentira reside otra (aunque no sería justo hablar de mentiras, quizá sí lo sería de falsas apariencias) que redondea de manera fabulosa la relación entre Gondorff y Hooker. En medio de todo ello, somos testigos de la fabricación de esa apariencia. Es extraordinario ver cómo se maquillan, cómo eligen la ropa, cómo construyen el decorado de la casa de apuestas. En realidad, es un falso ‘making of’ de la película.

Pero, y por si todo esto fuera poco, ‘El golpe’ propone una mitificación y un poético homenaje al pasado. Hay una preciosa secuencia que confirma lo que estoy diciendo: la noche antes de la culminación de la estafa, Hooker camina solo por las calles, como un alma en pena, yendo a parar a la cama de alguien que no es lo que parece. Suena la música de Joplin. Por encima de las apariencias, las recreaciones, los juegos y las aventuras, Hill desborda con su compasiva mirada sobre un tiempo y sus gentes. De pronto, la estafa nos importa poco, pues un existencialismo feroz preside toda la secuencia, como si Hill fuera consciente del vacío de Hooker, de su soledad, de su necesidad de emociones fuertes para dar sentido a una vida que carece de ella.

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