'El gran torneo', mucha acción y aún más morralla

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Imagen con el cartel de 'El gran torneo'

El cine de acción no pasa precisamente por su mejor momento, ya que está costando lo indecible que surjan actores capaces de suceder a los grandes nombres del género como Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger o Bruce Willis. De hecho, ellos siguen ejerciendo como grandes héroe de acción de tanto en tanto, dejando casi en ridículo a sus posibles sucesores. Esto se ha traducido en que los grandes blockbusters sólo recurren a la acción como un elemento adicional, no siendo ésta la base inicial de la película —cada vez son más habituales las cintas de ciencia ficción que recurren a ello en lugar de dar más peso a la reflexión sobre el tema abordado—.

El auge de los superhéroes ha hecho mucho daño y ahora por lo general hay que recurrir a cintas con escasa difusión en las salas españolas o editadas directamente en blu-ray y dvd para poder encontrar propuestas que han gozado de una buena acogida más allá de nuestras fronteras, tal y como sucedió en el reciente caso de ‘Redada asesina’ (‘Serbuan Maut’, Gareth Evans, 2011). Deseoso de encontrar pequeñas joyas del género, me llamó la atención un comentario en la sección Respuestas de Blogdecine recomendandoEl gran torneo’ (‘The Tournament’, Scott Mann, 2009) y me decidí a verla. El resultado se ajusta a lo que uno entendería como cine de acción sin freno, pero eso no es necesariamente bueno.

Los precedentes de ‘El gran torneo’

Imagen de Robert Carlyle en 'El gran torneo'

Hay que remontarse hasta ‘El malvado Zaroff’ (‘The Most Dangerous Game’, Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack, 1932) para encontrar el principal referente cinematográfico en el que la caza del hombre es mostrado como una especie de juego. Muchas películas recurrieron a su estructura –especialmente famoso es el caso de ‘Blanco humano’ (‘Hard Target’, John Woo, 1993)-, pero sin en ningún caso alcanzar el nivel de la cinta protagonizada por Joel McCrea. Más interesantes resultan los casos que aplicaban esa idea a la creación de un reality televisivo para satisfacer el creciente morbo por la violencia de los espectadores.

Antes incluso del auge de los realities televisivos, ‘Perseguido’ (‘The Running Man’, Paul Michael Glaser, 1987) ya incidió en ese idea, pero no fue hasta la llegada de ‘Battle Royale’ (‘Batoru Rowaiaru’, Kinji Fukasaku, 2000) cuando en Estados Unidos vieron las grandes posibilidades de esa historia. El año pasado nos llegaba ‘Los juegos del hambre’ (‘The Hunger Games’, Gary Ross), prueba definitiva de su asentamiento en Hollywood, pero lo que nos propone ‘El gran torneo’ se acerca mucho más a ‘La isla de los condenados’ (‘The Condemned’, Scott Wiper, 2007), es decir, un intento de ir constantemente al grano, no preocupándose lo más mínimo en el resto de elementos que dan forma a una película.

Honestidad fallida

Imagen de Ving Rhames en 'El gran torneo'

La premisa de ‘El gran torneo’ es bien sencilla: Treinta de los asesinos más peligrosos que hay en la Tierra participan cada siete años en un concurso conocido como ‘El torneo’ y la única regla es que sólo puede quedar uno con vida, llevándose como premio la nada despreciable cifra de 10 millones de dólares. El inicio es bastante enérgico, ya que Scott Mann nos muestra en apenas cinco minutos cómo Ving Rhames se proclama vencedor de una de las ediciones. Los diálogos trillados pasan desapercibidos ante el frenesí propio del momento, con un derroche de balas disparadas, sangre y muerte.

Tras el necesario flashforward de siete años, el ritmo decae para presentar, de forma un tanto rutinaria, a algunos de los nuevos participantes, sus posibilidades de cara a las apuestas entre los multimillonarios que ayudan a financiar esta monstruosidad —no esperéis que se ahonde en el motivo que llevó a aprobarse algo así o la posible implicación de altos gobernantes en ella. Es así y punto— y las reglas especiales para que la nueva edición enganche aún más al espectador. Tópicos por doquier, diálogos cansinos y sin chispa y un nivel interpretativo digamos que un tanto bajo, pero en condiciones normales no sería más que un pequeño peaje a pagar por el frenético entretenimiento que está por llegar. No es el caso.

Tarda poco en formarse una improbable alianza entre una de las asesinas —la igualdad también ha llegado ahí— y un hombre de dios que simplemente tuvo la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el peor momento de todos. La matanza no comienza en llegar, pero mucho me temo que no hay nada especialmente innovador o estimulante a la hora de mostrar las sucesivas ejecuciones, llegando a resultar todo demasiado aleatorio, ya que ninguno de los personajes tiene auténtica entidad y Mann lo reduce todo a una muerte detrás de otra. La idea sobre el papel no es mala, pero la forma de llevarlo a cabo no podría ser más simplona.

Imagen de la película 'El gran torneo'

El único intento de Mann por salirse de la rutina es un efectivo montaje musical sobre la hora de metraje mediante el cual consigue quitarse de en medio a muchos participantes y dar un pequeño respiro al espectador de lo que estaba convirtiéndose en un espectáculo rutinario entre las charlas fútiles entre los esquemáticos personajes de Kelly Hu y Robert Carlyle —una pena que el protagonista de la divertida ‘Full Monty’ (‘The Full Monty’, Peter Cattaneo, 1997) haya quedado para esto— y los asesinatos indiscriminados donde no se demuestra más imaginación que la de ser muy explícitos a la hora de mostrar las muertes en pantalla.

La única razón de ser de la película parece ser la de ir mostrando muertes que llega un punto en el que simplemente es otra más a añadir a la larga lista, caer en todos los excesos posibles —ridículo el personaje de Ian Somerhalder— y apenas da la importancia suficiente a la trama con la que ha de lidiar un Ving Rhames –la única que realmente podría haber conseguido cierta implicación por parte del espectador en la historia que se le está contando- que hace lo que buenamente puede para no acabar resultando ridículo. Mucha acción, pero aún más morralla en otro ejemplo de película en la que las cosas pasan porque sí.

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