'El hobbit: Un viaje inesperado', agotador pero gozoso regreso a la Tierra Media

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Una imagen del cartel de El Hobbit: Un Viaje Inesperado

Con permiso de la adaptación del musical ‘Los miserables’ (‘Les Misérables’, Tom Hooper, 2012), ‘El hobbit: Un viaje inesperado’ (‘The Hobbit: An Unexpected Journey’, Peter Jackson, 2012) es el último gran estreno del año en nuestro país. No solo por recuperar para el cine el universo de J.R.R. Tolkien casi una década después de la ganadora de 11 Oscar ‘El señor de los anillos: El retorno del rey’ (‘The Lord of the Rings: The Return of the King’, P. Jackson, 2003) sino también por presentar el nuevo juguete de Hollywood: los famosos 48 fotogramas por segundo.

Tras la proyección del último y potente tráiler de ‘El hombre de acero’ (‘The Man of Steel’, Zack Snyder, 2013) arranca la primera entrega de la trilogía de ‘El hobbit’ con un agradable sabor nostálgico. La música de Howard Shore, los escenarios de Bolsón Cerrado y Hobbiton, Bilbo y Frodo encarnados de nuevo por Ian Holm y Elijah Wood… como retroceder a 2003, cuando vimos por primera vez ‘La comunidad del anillo’ (‘The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring’, P. Jackson, 2001), con las prescindibles novedades del 3D —algo decepcionante comparado con el de ‘Prometheus’ (Ridley Scott, 2012), por poner un ejemplo reciente, y es que a veces solo aporta espacio entre figuras bidimensiones— y los 48 fps —el doble de lo normal y al principio resulta raro, como ver una película pulsando el botón de avance rápido—.

Bilbo y los enanos, protagonistas de El Hobbit: Un viaje inesperado

La excusa de que Bilbo está escribiendo sus memorias sirve a los guionistas —Fran Walsh, Philippa Boyens, Peter Jackson y Guillermo del Toro— para situar al espectador 60 años antes de los acontecimientos de ‘El señor de los anillos’. Seguimos en la Comarca pero ahora es Martin Freeman quien interpreta a Bilbo, un personaje más joven y más acomodado, sin sed de aventuras. Al menos eso le dice a Gandalf (Ian McKellen) cuando el mago aparece y le ofrece formar parte de una expedición. Trece enanos liderados por Thorin (Richard Armitage) van a emprender un peligroso viaje hasta la Montaña Solitaria, la guarida del dragón Smaug, y recuperar el hogar de su pueblo. Jackson no va a arriesgar con una superproducción de doscientos millones de dólares, con dos partes más en camino, y desde el comienzo se dedica a reciclar ideas y recursos que funcionaron en la anterior trilogía.

Si en el prólogo de ‘La comunidad del anillo’ se nos contaba la creación y la pérdida del Anillo Único, incluyendo una gran batalla en la que Sauron era derrotado, en ‘El Hobbit: Un viaje inesperado’ toca ver el declive del reino de los enanos —de nuevo el mensaje de la corrupción por el poder y la riqueza— y la pérdida de Erebor ante la llegada del dragón; como ahí no hay un enfrentamiento entre ejércitos, más adelante se incluye un flashback sobre un sangriento combate donde Thorin demostró su valor y se ganó el apodo de “Escudo de Roble”. Asimismo, en el viaje encontramos localizaciones similares, cuando no idénticas (Rivendel), pero las semejanzas con las anteriores películas no se quedan ahí, y no es por adaptar al mismo autor sino por falta de ideas y de valentía por parte de Jackson, que desde que ganó el Oscar se ha acomodado y parece seguir los pasos de George Lucas. Ejemplos de autoplagio: Gandalf enfadado en la casa de Bilbo (simulando que aumenta de estatura mientras oscurece la habitación), Bilbo descubriendo que el Anillo le hace invisible del mismo modo que pasó con Frodo, Thorin convertido en otro Aragorn, la escena en la que corta el brazo al orco es como la de Sauron perdiendo los dedos de la mano…

Gandalf en una escena de El Hobbit: Un viaje inesperado

A la constante sensación de déjà vu, que hasta cierto punto es comprensible y disculpable —los millones de fans demandan guiños a las otras entregas de la saga—, hay que añadir el mayor problema del film, que Peter Jackson se preocupa más por la recreación de la Tierra Media —con su amplio repertorio de criaturas fantásticas— que por el desarrollo de los personajes y la coherencia narrativa, apostando por asombrar al público con un mundo cargado de magia artesanal y digital en lugar de cautivar con el relato y la puesta en escena, que a veces es lamentable. Resulta absurdo que parte del gancho de ‘El hobbit: Un viaje inesperado’ sea ir a verla a una sala que ofrezca el 3D HFR y ya en el prólogo la secuencia esté triturada en tomas cortas muy cercanas a la acción, impidiendo que se vea nada. En otras ocasiones, recurre a planos generales donde la cámara se mueve por todo el escenario a una velocidad mareante, pensando más en sacar partido al presupuesto que en el punto de vista más apropiado para cada momento.

Si el espectador debe experimentar el viaje a través del bajito y nervioso Bilbo —a veces parece Woody Allen en versión hobbit—, que nunca ha salido de la Comarca y teme haber cometido un grave error, ¿no debería estar la cámara más pegada al suelo, capturar la mirada de quien ve todo por primera vez (y a un tamaño desproporcionado) y sugerir que en cualquier momento puede aparecer un peligro mortal? En lugar de eso parece que Bilbo también ha visto ‘El señor de los anillos’ y ya poco le sorprende. No ayuda que el metraje roce las tres horas, cuando hay pasajes tan innecesarios como el del erizo moribundo; convertida la película en una cadena de pequeñas aventuras que se resuelven de manera más o menos similar —todo se complica tanto que tiene que intervenir la suerte o aparecer Gandalf en el último segundo—, se echa en falta mayor cohesión, progresión y ritmo en un conjunto que a veces resulta demasiado mecánico, prefabricado, diseñado para justificar la gran inversión y el 3D. Por suerte, siempre nos quedarán los actores.

Ian McKellen, Hugo Weaving, Cate Blanchett y Christopher Lee en una escena de El Hobbit

No pretendo restar mérito al formidable trabajo de diseño de producción, de integración de los efectos visuales, de maquillaje, fotografía… y Peter Jackson lo ha coordinado todo y ha peleado por sacar esto adelante, que a mí particularmente me parece una estupenda noticia, no todos los años tenemos la suerte de ver un espectáculo de fantasía tan ambicioso, destinado a todos los públicos. No otra aburrida historia romántica para adolescentes o una simplona montaña rusa para los más pequeños. Aprecio este estreno y los que están por llegar. Pero tengo claro que lo que mantiene a flote ‘El hobbit: Un viaje inesperado’, lo que la convierte en algo más que un lujosa fiesta de disfraces y fuegos artificiales, es el reparto. No debe ser fácil interpretar en una producción de estas características, rodeado de pantallas verdes y de bichos inexistentes, o que suenen auténticos los diálogos de los enanos o los elfos, pero este elenco lo consigue. Thorin hablando de lealtad, Gandalf confesando a Galadriel que tiene miedo, Gollum descubriendo que ha perdido lo que más le importa, Bilbo hablando sobre el hogar… son los mejores momentos del film.

‘El hobbit: Un viaje inesperado’ es posiblemente la más floja adaptación de Tolkien que ha dirigido Jackson hasta el momento, pero no olvidemos que tras ‘La comunidad del anillo’ llegaron ‘Las dos torres’ (‘The Lord of the Rings: The Two Towers’, P. Jackson, 2002) y ‘El retorno del rey’, dos entregas netamente superiores, estoy convencido de que nos esperan grandes momentos. Sin duda, lo peor es que hay que esperar un año para ver la siguiente…

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