'El ilusionista (L'Illusionniste)', Jacques Tati resucitado por el arte de la magia de la animación

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El ilusionista

Había expresado en anteriores notas mi admiración hacia Jacques Tati y su alter-ego, Monsieur Hulot. Con ello, no puede ser sino motivo de alborozo que se haya rescatado tanto a uno como a otro al adaptar un guion del primero que asume a alguien muy parecido al segundo como protagonista. ‘El ilusionista’ (‘L’illusionniste’, 2010), cuyo estreno en España se produce esta tarde, parte de una historia que escribió hace más de cincuenta años el guionista y director francés y que no había recibido por aquel entonces otro título que ‘Film Tati nº 4’. La hija del autor, que ya había estado muy implicada en los procesos de restauración de otras de las películas de su padre, ha sido en parte responsable de que el argumento se rescatase de los archivos del Centro Nacional de la Cinematografía. Sylvain Chomet ha aportado su música y su animación para convertir el pequeño relato melancólico en una joya mágica.

El mago torpe y triste, que lleva como apelativo artístico el verdadero apellido del cineasta de origen franco-ruso-ítalo-neerlandés, Tatischeff, se mueve, se viste y se comporta como ese M. Hulot poco dotado para las relaciones sociales y para deambular por el mundo absurdo y demasiado invadido por la modernidad de los años sesenta y setenta. ‘El ilusionista’, anterior a ellas, no tiene la carga crítica a esa sociedad que puedan tener ‘Mi tío’ o ‘Playtime’, ni tampoco el humor visual de ‘Las vacaciones de M. Hulot’ o la acidez observadora del cine de Tati en general. Pero sí guarda de él la sencillez de un personaje que, sin decir nada, lo expresa todo. Y su cercanía y capacidad emotiva son mayores que las de sus películas. Al transformarse en muñeco animado, Tati-Hulot cobra un encanto que superan el del ser de carne y hueso que vimos en imagen real.

‘El ilusionista’ nos habla del final de una época. Los números de magia, así como los de payasos, ventrílocuos y otros hombres-espectáculo están siendo desbancados por las actuaciones de cantantes de moda que vuelven locas a las jovencitas y por grandes despliegues vodevilescos o teatrales. Los artistas se ven abocados a un paro inevitable, si no a destinos aún más desgraciados. Este momento fatídico, que se vivió entonces, puede extrapolarse a situaciones generales presentes o a circunstancias personales muy habituales, por lo que la desolación de lo mostrado se contagia fácilmente a cualquiera que quiera aprovechar la ocasión para reflexionar sobre su vida. Hallamos un momento que recordaría al triste final de ‘Humberto D’, de Vittorio de Sica. Con esto no quiero decir que la película sea trágica o que se hunda en el dramatismo, pues tiene muchos destellos de humor y demuestra la delicadeza de dejar las desgracias casi siempre fuera de campo o de mostrarlas de modo elíptico.

En el largometraje anterior de Chomet, ‘Bienvenidos a Belleville’ (‘Les triplettes de Belleville’, 2003), la animación, la música y el tipo de dibujos eran de una tremenda belleza. No obstante, el contenido se mostraba parco y, por ende, el conjunto llegaba a hacerse tedioso y carente de interés. En este caso, encontramos una conjunción perfecta de exterior y de fondo. Si bien el desarrollo argumental es escaso y la película se basa en largas escenas autosuficientes y en una progresión poco acusada, la humanidad que subyace funciona como sustento de la atención de un espectador que, si se ha interesado por los personajes desde el inicio, no podrá sentir indiferencia en el transcurso del film.

El ilusionista

Los paisajes urbanos y campestres resultan deliciosos ante la pluma temblorosa de Chomet y la elección de los colores suaves y exquisitos se suman a una ambientación en la que es fácil perderse. Cada uno de los tipos humanos retratados, entre lo pintoresco, el tópico regional y la originalidad total son una creación que por sí misma podría sostenerse como una obra de arte. La banda sonora, también del director, acompaña para sumirnos en esa pesadumbre débil en la que aún cabe alguna sonrisa. Existen algunos momentos preciosos, como el juego con las sombras creadas por el libro sobre la pared de la habitación hacia el final y tantísimos otros hallazgos de similar belleza.

En conclusión, para los entusiastas de Tati, ‘El ilusionista’ supone una oportunidad de reencontrarse con el autor y personaje, resucitado gracias al arte de la animación. Guiños y detalles constantes remiten a sus películas para reproducir casi la vivencia de estar ante un nuevo trabajo suyo. Quienes aún tengan la asignatura pendiente de acercarse a este cineasta, espero que lo hagan gracias a esta cinta, empezando, si quieren, por la que se proyecta en el cine donde Tatischeff ha de esconderse, ‘Mi tío’. Los apasionados de la animación encontrarán ilustraciones en movimiento de sublime buen gusto, empleados para narrar una historia sencilla, nada complaciente, pero con toques alegres y un eterno optimismo.

Mi puntuación:

3,5

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