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El excéntrico y bonachón Elwood P. Dowd (James Stewart) es el quebradero de cabeza de su hermana (Josephine Hull) y de su sobrina (Victoria Horne), frustradas por la progresiva erosión de la vida social que provoca su bonachón familiar. Dado que vive con ellas, sus costumbres no pueden resultar más inadecuadas y es que Elwood tiene como amigo a un conejo gigantesco llamado Harvey con el que no deja de conversar y al que solamente él ve. Cuando tratan de ingresarlo en un manicomio, los enredos comienzan.

‘El invisible Harvey’ (Harvey, 1950) es una adaptación de una exitosa obra de teatro de Broadway, como sucedía en muchas comedias de entonces, y que escribió Mary Chase, que también aparece acreditada aquí como guionista. Dirigida por Henry Koster, un cineasta alemán emigrado a Hollywood y que tuvo una carrera durante tres decadas en producciones artesanales, la película ha ganado fama tanto por sus reposiciones televisivas como por las veces que ha sido readaptada al medio televisivo y referenciada en miles de películas.

Hay algo curioso en esta película, lo admito. Por una parte, es un relato más o menos sencillo de un amigo imaginario que tal vez no sea tal y que provoca una serie de enredos bastante predecibles todos en su estructura narrativa. Por otra, ofrece unas interpretaciones francamente inspiradas, especialmente las de un James Stewart absolutamente confidente y seguro de sí mismo, tanto en su registro más delirante como en los momentos en los que deja entrever esa lucidez y ternura que permanecen intactas y cuyas razones no conviene desvelar.

Fue premiada con el Oscar a la mejor interpretación femenina secundaria, y con total justicia, la coprotagonista, una excelente Josephine Hull, que interpreta a su hermana, al principio irritante y luego completamente encantada con las atenciones y las bondades que conforman la estructura emocional de su extraño y peculiar hermano.

Completan el reparto una serie de actores mucho más funcionales, pero bastante entregados a la causa, como Peggy Dow (en el papel de encantadora enfermera con amores frustrados) o el divertidísimo

Charles Drake

. Ninguno de ellos parece actuar con rutina y todos conservan esa recordada inocencia del cine de los treinta y cuarenta, pues aunque se estrenara en 1950 esta película conserva todavía a los cuarenta en sus modales y estilo. Esto se ve, por ejemplo, en la decisión de no mostrar jamás al enorme conejo que acompaña Stewart, solamente en un retrato aparece para hilaridad del público.

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Es muy posible que esta película hubiera tenido mayor ritmo y acabado, incluso tal vez magia, en manos del magistral Frank Capra, caído en un olvido inmerecido ya en aquellas fechas. Pero cabe señalar que la película no busca conclusiones sencillas y abraza a la magia con una ligereza bienvenida. No se trata de que el conejo sea irreal y todo sea una ficción, sino de que la vida es mucho más feliz y más palpable siendo placenteros. Lo aconseja Elwood P. Dowd y no haríamos mal en seguir su filosofía. Comparte Alberto Abuín el aprecio por esta película.

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