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El mundo es nuestro

Sobre una trama sencilla y utilizada previamente en el cine, Alfonso Sánchez, como director, guionista y protagonista de ‘El mundo es nuestro’, lanza una crítica a los estamentos que sacan tajada de la crisis, a la vez que refleja con fidelidad la idiosincrasia sevillana.

Humor y realismo

Apenas existen giros o cambios de tercio una vez la situación se ha planteado. La hora y cuarto larga que dura se sostiene a duras penas, así que el guion introduce algunos momentos de relleno, como la toma del bocata y algún otro interludio. Pero nada de esto impide que se disfrute del film con una sonrisa en los labios y el puño en alto, ya que un arranque muy divertido y una parte central encendida levantan el ánimo tras los momentos más planos o reiterativos.

El contenido de fondo no es motivo de risas, sin embargo, Sánchez no opta por el tono grave o dramático, sino que realiza una comedia costumbrista y de gran realismo, que deja traslucir perfectamente la crítica. Una elección de intérpretes poco conocidos –salvo por Antonio Dechent–, aumenta su credibilidad y naturalidad. Exceptuando, tal vez, a Joserra Leza, en el papel del corrupto Manuel, quien suena algo envarado para el ambiente en el que se mueve, el resto del elenco resulta perfecto.

Las pequeñas historias de los personajes que son tomados como rehenes se resuelven con pequeñas pinceladas y no necesitamos más. Alguno de los personajes raya el tópico en su definición de guion, pero el disparate del conjunto lima las aristas para llevarlos a otro terreno.

El mundo es nuestro

La realización de Sánchez no es brillante y el acompañamiento musical omnipresente llega a resultar molesto. Estos pequeños menoscabos pueden achacarse sin problema a la escasez de presupuesto de un film que ha sido financiado gracias al Crowdfunding y a la participación en cooperativa del equipo. El director demuestra tener buenas ideas, como ese plano secuencia de arranque, en el que se escucha un diálogo desternillante, gracias a la mezcla del sentimiento de estar escuchando “la vida misma” con una sabiduría y un vocabulario imposibles en esos personajes, y su respuesta en el cierre con una escena simétrica.

El pueblo, unido, jamás será vencido

Si bien no se echa mano de la gravedad del drama, como decía, el autor no tiene ningún problema en buscar la emotividad que causa el hermanamiento con las causas desesperadas y el caso es que lo consigue. El síndrome de Estocolmo cala, en este caso, gracias a la identificación con los problemas económicos ante la que nadie permanece indiferente, por lo que estamos hablando más de solidaridad que de padecer psicológico. Desde fuera, la multitud también se hace una con Fermín.

Los dos protagonistas, encarnados por el director y por Alberto López, forman un dúo que se quiere y se respeta, además de encontrar una perfecta compenetración. Son los Robin Hood modernos, los Bonnie and Clyde andaluces. ‘Tarde de perros’ (‘Dog Day Afternoon’, Sydney Lumet, 1975), se cruza con ‘La estanquera de Vallecas’ (Eloy de la Iglesia, 1987) y se entrelaza con algún diálogo que le habría gustado firmar a Tarantino.

(Spoilers). Esta reivindicación tan clara no podría tener otra conclusión que no fuese un final feliz redondo y completo. Todos los “buenos” acaban como deseaban y disfrutan de lo que les ha reportado esta aventura. Todos los malos –esta vez no hacen falta las comillas– pagan por lo que han hecho (fin de los spoilers).

Sevilla es así

‘El mundo es nuestro’ no es una comedia. Es una comedia andaluza. Si no se incluyese esta precisión, la definición quedaría muy incompleta. Así lo ha pretendido su autor, que desde el principio ha introducido todo tipo de alusiones y toques sobre la forma de ser y de comportarse –el estupor de la inspectora burgalesa refleja el punto de vista externo–, aunados en la figura del paso procesional, que no puede cambiar de trayectoria, así tengan que enfrentarse a personalidades y elementos.

El mundo es nuestro

Como conclusión, me quedo con el humor y la autenticidad de la película, que se nota que está hecha con ganas y con mucho que decir. Vale la pena dejar de lado las exigencias de presupuesto y lucimiento estético para disfrutar de este largometraje disparatado y divertido, con intérpretes muy reales y con algunos grandes hallazgos cómicos. La parte de crítica social y económica es tan acertada y necesaria que la película consigue que, por unos instantes, sí que creamos que el mundo es nuestro, aunque no lo sea.

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