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Hace poco os hablaba de la segunda película como director de Dario Argento, ‘El gato de las nueve colas’ (‘Il gatto a nove code’, 1971), que junto con ‘4 moscas sobre terciopelo gris’ (‘4 mosche di velluto grigio’, 1971) conforma la trilogía animal con la que Argento iniciaba su filmografía. Recogiendo el testigo de lo que Mario Bava había iniciado con ‘La muchacha que sabía demasiado’ (‘La ragazza che sapeva troppo’, 1963) el director italiano sentó las bases del subgénero giallo, de gran éxito durante la década de los 70, saliendo al paso multitud de directores que aportaron su grano de arena a un género que no goza precisamente del fervor crítico y un poco más del popular. El giallo tiene sus propias y peculiares reglas, y aquel que no las dé por sabidas no disfrutará con este tipo de películas. Personalmente encuentro algunas virtudes en el giallo, pero muy pocas películas logran satisfacerme por completo.

‘El pájaro de las plumas de cristal’ me parece uno de los títulos más conseguidos de Argento, y no estamos hablando precisamente de una gran película, creo que ni buena, pero hay en ella los suficientes elementos como para que resulte atractiva, muy entretenida —eso por encima de todo— y muy disfrutable en algunos de sus pasajes. Tal vez porque fue de las primeras posee esa inocencia típica de las obras primerizas, en las que hay todo un mundo por explorar. Argumento algo loco, sangre por doquier —y no tanta como aparecería en posteriores films del giallo—, algo de sexo, rodaje en inglés por aquello del mercado internacional, y unas gotas de terror, que siempre vienen bien y en este caso están muy bien dosificadas. Un film para disfrutar sin complejos ni prejuicios a pesar de sus evidentes limitaciones.

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Tony Musante —actor estadounidense que ayuda a vender el film— da vida a Sam, un escritor de poca monta que sólo ha escrito un libro y para colmo se encuentra en una etapa de crisis creativa, lo cual parece, reconozcámoslo, un chiste en sí mismo. De vacaciones en Italia por recomendación se verá envuelto en una serie de asesinatos brutales debido a ser testigo de un intento de homicidio. A partir de ese instante, en el que Sam ve algo que podría descubrir al asesino, aquel se convierte en un objetivo para el mismo. Un juego de gato y ratón a ratos muy divertido, otras algo exagerado e incoherente, pero con unas cuantas escenas para el recuerdo. Set pieces cuyo lazo de unión es precisamente una investigación criminal que no se sostiene por ningún lado, y llena de personajes rocambolescos con los que Argento introduce elementos humorísticos tal vez con la intención de suavizar la tensión acumulada a lo largo del relato.

Si bien es cierto que argumentalmente ‘El pájaro de las plumas de cristal’ hace aguas por todos lados, sus parciales virtudes radican en una puesta en escena que Argento aprovecha hasta el máximo, creando así un estilo escénico bien definido sobre el que sustenta la película, amén de una muy adecuada atmósfera de terror, realmente electrizante en algunos instantes. Así tenemos por ejemplo, el espléndido momento en el que Sam se queda encerrado entre dos puertas insonorizadas cuando decide ayudar a la mujer que está siendo acosada. La claridad baña esa secuencia, y eso se enfrenta estéticamente al resto del film, en el que abunda, sin resultar cargantes, los colores chillones, el rojo, y cómo no, el amarillo. Con todo, en su primer film no abusa de ese rasgo estilístico que sí abundaría años después en su obra.

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Toda la película se basa en el intento de recordar lo que Sam vio realmente en la galería de arte en la que presenció el intento de asesinato. Una muy buena idea que mantiene el interés y su resolución funciona por su puesta en escena más que por la explicación. Cuando el espectador cae en la cuenta de quién es el asesino, este se da cuenta de la trampa y lo bien expuesta que está, sin duda el mayor acierto de la película. Es más, cuando nosotros presenciamos lo que presencia Sam —el punto de vista es el suyo— caemos en la cuenta de que algo en dicha visión no encaja, y sigue navegando en nuestra mente hasta el preciso instante en el que Sam descubre claramente al asesino. Para el final queda una innecesaria —o no, depende de cómo se mire— explicación por parte de un psiquiatra, que recuerda sin miramientos al título que más influyó sobre el giallo, ‘Psicosis’ (‘Psycho’, Alfred Hitchcock, 1960).

El ritmo algo irregular, la inclusión de ciertos elementos de humor —el personaje pintor que se alimenta de gatos—, o la pobre interpretación de Tony Musante, más lo loco del argumento en algunos pasajes, son los puntos flacos de un film que por otro lado contiene secuencias como la comentada, o todas aquellas en las que el asesino acosa a sus víctimas. Sirvan como ejemplo la de la primera imagen, o la realizada a la novia de Sam, interpretada por Suzy Kendall, que es llevada al límite del paroxismo. Suficiente para un film correcto, que es conocedor de sus límites, y que sin duda influiría en el cine estadounidense —como de hecho ha influido el giallo en general, padre en algún modo del slasher—; sin ir más lejos Brian De Palma aplicaría para su mejor película —‘Vestida para matar’ (‘Dressed to Kill’, 1980)— el sangriento uso que de la navaja de afeitar se hace en ‘El pájaro de las plumas de cristal’. Y el mismísimo John Carpenter, amigo íntimo de Argento, no escondería las influencias de un género que dio en films como el que nos ocupa sus mejores muestras.

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