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Invasores de marte ppal

Era parada obligatoria a la hora de hablar de la Cannon el detenernos en ‘Invasores de marte‘ (‘Invaders from Mars’, 1986), el remake que Tobe Hooper llevaba a cabo a instancias de la productora sobre el clásico de serie B de ciencia ficción del mismo nombre. Pero tanto o más obligatorio resultaba hablar asimismo del filme dirigido en 1953 por William Cameron Menzies, artesano de la época dorada de Hollywood que casi cerraría su carrera como realizador con la imaginativa cinta. Así pues, la solución era obvia. Un nuevo especial de Cine en el salón comparando dos títulos que, con la misma historia, legan resultados bien diferentes al imaginario cinematográfico del género.

1953. La amenaza del comunismo

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No creo que, a estas alturas, vaya a descubriros nada nuevo al afirmar que gran parte de la producción cinematográfica que puso en pie la industria norteamericana durante los años cincuenta estuvo condicionada por el sobredimensionado temor que el gobierno yanqui impuso a sus ciudadanos sobre la acechante sombra del comunismo. Con la “Caza de brujas” del Senador McCarthy como máximo exponente del estado de paranoia que se vivió al otro lado del charco en dicha década, no es de extrañar que muchas de las historias que pretendían alertar al pueblo llano de la proximidad de la amenaza roja encontraran el acomodo perfecto en un género como el de la ciencia ficción, reflejo constante de las convulsiones sociales a través de las décadas.

Comparada con ‘La invasión de los ladrones de cuerpos‘ (‘Invasion of the body snatchers’, Don Siegel, 1956), el mejor y más preciso ejemplo de lo que este reflejo llegaría a ofrecer en la gran pantalla, ‘Invasores de Marte’ resulta algo inocente y naïf, pero ello no quita para que dejemos de valorar en su justa medida una cinta que, si para algo sirve, es para poner de relieve las inmensas capacidades de Menzies en su faceta de diseñador de producción, una profesión que el mismo inventaría para el cine y cuyos máximos exponentes serían los fastuosos decorados de ‘El ladrón de Bagdad‘ (‘The thief of Bagdad’, Raoul Walsh, 1924) o ‘Lo que el viente se llevó‘ (‘Gone with the wind’, Victor Fleming, 1938).

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Basada en un relato de John Tucker Battle —inspirado en un sueño de su esposa— adaptado por Richard Blake, hay que admitir, de partida, que el paso del tiempo no ha tratado muy bien al ‘Invasores de Marte’ de Menzies. Dejando de lado su aspecto visual, del que hablaremos en breve, las muchas limitaciones impuestas por sus 290.000 dólares de presupuesto se dejan notar a lo largo de todo el metraje en muy diversos factores, siendo los más llamativos las nulas capacidades dramáticas de la totalidad del reparto sin excepciones y lo reiterativo del montaje conforme se va acercando el clímax de la acción.

En el primero, resultan risibles hasta decir basta las teatralizadas interpretaciones de unos actores que hacen de la exageración la norma habitual, encontrando el máximo exponente en los personajes del coronel y del niño protagonista. Con respecto a lo segundo, es especialmente llamativo el abuso que la cinta hace en varios momentos de metraje de relleno panfletario del ejército norteamericano, agotando Menzies la paciencia del espectador en no pocas ocasiones con la insistencia de mostrarnos unas maniobras militares que, de cara a la secuencia final, se limitan a la constante repetición de los mismos e innecesarios planos llamados, qué duda cabe, a suplir aquello que el presupuesto del filme no podía cubrir.

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Volviendo al terreno en el que el cineasta se movía como pez en el agua, es notable el gran partido que Menzies extrae de los pocos recursos monetarios puestos a su disposición por la Fox y Edward L.Alperson, productor del filme. Es cierto que el que los extraterrestres sean anónimos actores de cierta estatura con un pijama verde y una máscara no es más que un producto de la época en la que se sitúa la producción pero, perdonando esta ridiculez, ‘Invasores de Marte’ atesora en ciertos escenarios una personalidad que lleva el sello de su director.

Pretendiendo añadir cierta cualidad surrealista a las localizaciones de la comisaria, el planetario y el interior de la nave extraterrestre, Menzies caracteriza a los mismos desnudos de ornato y con una altura mayor de la necesaria, potenciando así el hecho de que (spoiler alert) todo es un sueño salido de la mente del niño protagonista. Un sueño que se hará muy real con la conclusión de la cinta y a cuya cualidad se suma la fantástica partitura compuesta por Raoul Kraushaar, que encuentra en sus etéreas voces el mejor apoyo a la amenaza de los extraterrestres.

1986. La amenaza de la Cannon

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Demos ahora un salto de treinta y tres años. La amenaza del comunismo es cosa del pasado. Y la ciencia ficción de bajo presupuesto se dedica a otras cosas que mostrar señores en pijama haciendo de marcianos con aviesas intenciones —es un decir—. En esta tesitura aparece la figura de Wade Williams, millonario propietario de los derechos de la mayor filmoteca del mundo de cine de ciencia ficción clásico que había comprado los del filme original en 1978 para su redistribución, y al que Cannon pagaría unas 50 veces más de lo que éste había desembolsado para poder llevar a cabo el remake de ‘Invasores de Marte’.

Contando de nuevo con Tobe Hooper, que ya se había estrellado el año anterior con ‘Lifeforce‘ (id, 1985) como ya vimos en el artículo correspondiente, Golan y Globus se propusieron hacer con este remake su equivalente a un filme de la Amblin —la mítica productora de Spielberg— contando, eso sí, con un presupuesto ajustado de 7 millones de dólares que no dejaba mucho margen para alardes. Huelga decir que, pese a sus buenas intenciones, la versión de ‘Invasores de Marte’ de la Cannon dista mucho, no ya de un filme de la Amblin, sino de estar a la altura siquiera del producto original. Y que conste que lo intentaron.

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Al margen de un Hooper que dirigiría el desaguisado con pulso errático y que nunca se recuperaría del descalabro profesional que supusieron sus tres nefastas colaboraciones con los “Go-go boys”, ‘Invasores de Marte’ implicó a artistas de renombre en diversos aspectos de la producción. Repitiendo del filme anterior de Hooper, Dan O’Bannon y John Dykstra; como novedades en éste, Louise Fletcher y Stan Winston. Sobre el primero es sobre el que quizás haya que verter mayores responsabilidades del alarmante mal funcionamiento de la acción, algo inexplicable si sólo estuviéramos hablando de él en su faceta de co-artífice del guión de ‘Alien, el 8º pasajero‘ (‘Alien’, Ridley Scott, 1979) pero perfectamente comprensible, como ya vimos, si consideramos que es uno de los responsables del desastre que fue ‘Lifeforce’.

Convirtiendo en mierda todo lo que tocaban, esos reyes Midas de la caspa cinematográfica que fueron Menahem Golam y Yoram Globus, terminaban arruinando —aunque no seamos capaces de saber cómo— el talento de aquél que colaborara con ellos, y O’Bannon no fue una excepción: al carecer del fundamento sociológico que envolvía al original de Blake, el libreto de O’Bannon para este infumable remake carece de entidad propia, y se basa, no podía ser de otra manera, en la mera actualización a la década de los ochenta de las cuatro ideas que movían el filme de Menzies, perdiendo por el camino alguna que otra subtrama y ganando el que sin duda es el peor personaje de toda la cinta, el de la profesora McKeltch encarnada por una horrenda Louise Fletcher.

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Viendo los lodazales por los que se arrastra la que fuera ganadora del Oscar por su grandiosa encarnación de la enfermera Ratched en ‘Alguien voló sobre el nido del cuco‘ (‘One flew over the cuckoo’s nest’, Milos Forman, 1975) no resulta complicado hacerse una idea de lo que el resto de los intérpretes, niño irritante incluido, es capaz de aportar a un filme que, en el terreno actoral, poco más puede ofrecer a lo que veíamos en la producción de 1953.

Desgraciadamente, aunque me gustaría poder afirmar que el trabajo de Winston y Dykstra es digno de mención, ni los diseños del maestro para los extraterrestres, ni los correctos efectos visuales del técnico de ‘La guerra de las galaxias‘ (‘Star wars’, George Lucas, 1977) logran superar la marca de la mediocridad que afecta a todo el metraje. Especialmente dolorosas son las criaturas del primero, de un ridículo equivalente a los tipos con pijamas del filme clásico, pareciendo los sirvientes de la inteligencia suprema versiones cutres de la Audrey de ‘La pequeña tienda de los horrores‘ (‘Little shop of horrors’, Frank Oz, 1986) y emulando el jefe de los marcianos a un esperpéntico “zurrullo con ojos” —y sino me creéis, mirad las fotos que tenéis arriba—.

Conclusión obvia, si es que no ha quedado claro en el desarrollo de la entrada, es que, puestos a elegir, me quedo de lejos con la versión clásica de Menzies, que será todo lo inocente y reiterativa que queramos, pero al menos es honesta y no pretende vendernos paja al precio de mercado del platino.

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