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Especial Frankenstein (II): 'The Revenge of Frankenstein' de Terence Fisher
Críticas

Especial Frankenstein (II): 'The Revenge of Frankenstein' de Terence Fisher

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‘The Revenge of Frankenstein’ (Terence Fisher, 1958) se empezó a filmar tres días después de que Fisher terminase la filmación de ‘Drácula’ (‘Horror of Dracula’, 1958). La Hammer quería sacar un gran provecho del enorme éxito de ‘La maldición de Frankenstein’ (‘The Curse of Frankenstein’, Terence Fisher, 1957), encargando a Jimmy Sangster una continuación de la misma, en el sentido literal. La secuela debía partir directamente desde el punto en el que aquella concluía, esto es, con Frankenstein siendo conducido a la guillotina.

El estúpido dicho de que segundas partes nunca fueron buenas se va a tomar viento fresco con esta película, una secuela que subvertía muchos de los elementos de la novela de Mary Shelley, explorando de forma muy atrevida el universo de Frankenstein. El fracaso taquillero fue estruendoso, la gente no estaba preparada para lo que en el film se sugiere y muestra, aún a día de hoy impresionante en muchas de sus propuestas. Lo cierto es que estamos ante otro de los grandes trabajos de su director, en ocasiones mejor que su predecesora. Aquí el monstruo es el propio barón.

‘The Revenge of Frankenstein’ reconstruye la última secuencia del film anterior. Victor Frankenstein es llevado a ser ajusticiado en la guillotina. En fuera de campo, mientras la hoja cae, descubrimos que a quien han asesinado es al sacerdote que ha ido a escuchar al barón; éste ha logrado hacer un trato con el deforme carcelero —la libertad a cambio de conseguirle un cuerpo normal—. El film no puede empezar de forma más bestia. La Santa Iglesia guillotinada. Lo que vamos a ver va más allá de toda absurda creencia religiosa, desafiando no sólo a la ciencia, sino las mismas reglas morales que rigen al ser humano.

Una secuela que va más allá

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Frankenstein jugará a ser Dios de forma muy diferente a lo que hemos visto. Al contrario que el film anterior, el barón no se esconde. Aquí ha ido a vivir a otro pueblo, en el que, bajo el nombre de Stein —las últimas cuatro letras de su apellido— se ha ganado un doble prestigio que despierta las envidias de los médicos de la ciudad. En realidad se trata de una doble moral, atiende a los ricos para crearse un nombre, y atiende a los pobres, a los que usa para sus particulares experimentos.

Más cambios considerables. La criatura no es un ser de apariencia horrible y lleno de cicatrices, es un hombre normal y corriente, un nuevo cuerpo para el malogrado ayudante del barón. Por otro lado, el médico que se une al barón en sus experimentos —encarnado por el actor Francis Matthews— no se interpone entre el barón y lo que supone crear vida, al contrario, desea enriquecer su conocimiento. Desde esos dos puntos de partida, ‘The Revenge of Frankesntein’ se retuerce hasta lo indecible, marcando lo que sería la pauta de muchas de las películas de la productora.

Fisher vuelve a hacer gala de una capacidad de síntesis fuera de lo común, algo que parece sólo reservado a los verdaderos creadores, o genios. Esta vez el montaje es obra de Alfred Cox, que se estrena en la edición cinematográfica con esta película. Cabe destacar el conciso montaje en la clínica del barón, con todos los enfermos repartidos en camas; o la impresionante secuencia de su creación delatándole justo antes de morir, lo cual provocará una violenta sucesión de acontecimientos marcados por un impecable crescendo.

Mucho más allá

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Precisamente esa capacidad de síntesis hace que ‘The Revenge of Frankenstein’ ponga sobre la mesa dos sugerencias de lo más interesante. Una supone el cerebro trasplantado del deforme amigo del barón, que en un nuevo cuerpo empezará a sentir que su cuerpo sigue siendo deforme. Trasplantar un cerebro no significa tener otras emociones. También el hecho de que la nueva criatura desarrolle capacidades caníbales, anticipado en el mono con el que el barón ha hecho primero una prueba. Detalle muy morboso que llega con sólo sugerirlo, puesto que la película juega con nuestra mente.

Jack Asher vuelve a marcar los fuertes contrastes en los colores de una película iluminada de forma perfecta, y que aquí muestra una marcada decadencia en todos sus elementos, sobre todo el entorno del barón, con esa pléyade de enfermos que en un momento dado se volverán contra él en una de las secuencias más sádicas del film. Precisamente esa rebelión del sector pobre de la población — que se alía en cierto modo con el desprecio del sector rico— hace proponer en el film su situación más atrevida, un giro de tuerca final que lleva el film a lo impensable.

El barón, malherido, propone a su fiel ayudante que ponga su cerebro en otro cuerpo. No sabemos que tiene éxito hasta la secuencia final, que hace que tal atrevimiento multiplique las posibilidades. El ayudante ha tenido éxito donde el barón antes ha fracasado, quien es un ser renacido en otro cuerpo, al que da vida el mismo Cushing con pelo más largo y un bigote. La seguridad con la que se mueve por el encuadre, desapareciendo fuera de plano mientras recibe a sus nuevos pacientes en otro lugar donde se hace llamar Frank —con el del inicio completa su verdadero nombre—.

Muchos se quejaron de lo atrevida y retorcida que era la película, y ésta tuvo un rotundo, e inmerecido, fracaso. Pasarían seis años antes de que la Hammer volviese al universo de Frankenstein, en una operación que rendía tributo a los clásicos de la Universal.

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