Especial Star Trek: 'Star Trek 2: la ira de Khan', de Nicholas Meyer

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El bienestar de la mayoría supera al bienestar de la minoría…o al de uno solo.

El fracaso en taquilla de ‘Star Trek, la película‘ (‘Star Trek, the motion picture’, Robert Wise, 1979) no auguraba un buen futuro para la pretendida franquicia cinematográfica que Paramount tenía la firme idea de continuar construyendo. Haciendo parcialmente responsable de la debacle a un Gene Roddenberry que quedaba relegado a la testimonial categoría de Consultor Ejecutivo, la productora rechazaba de pleno el argumento que éste ya había trazado para la secuela y contrataba a Harve Bennet, un hombre de la casa, para que, literalmente, “hiciera una película mejor que la primera por menos de 45 millones de dólares“.

Bennet, que nunca había visto nada de ‘Star Trek’ salvo la “aburrida” primera parte, revisó la serie por completo y, con la ayuda de Jack B.Sowars, concretó un guión que rescataba a Khan, uno de los villanos más míticos del universo trekkie. Pero conforme se acercaba la fecha del comienzo del rodaje, diversas injerencias comenzaron a alterar el libreto, algo que afectaba directamente en la fase de pre-producción al departamento de diseño impidiéndole avanzar en un trabajo imprescindible para comenzar a filmar. Fue entonces cuando apareció Nicholas Meyer.

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El guionista y cineasta, del que ya hablamos largo y tendido en la crítica de ‘Los pasajeros del tiempo‘ (‘Time after time’, 1979), vendría a solucionar el entuerto con la perspectiva que le otorgaba el tampoco conocer nada de ‘Star Trek’, aproximándose a la corrección y elaboración del guión final mediante una simple idea: tomar todo aquello que funcionaba de los borradores anteriores y utilizarlo como base para el definitivo. En sus palabras:

La mayor contribución que traje a ‘Star Trek’ fue una sana falta de respeto…‘Star Trek’ era una alegoría humana en un formato espacial. Esta característica era tanto su mayor virtud como, a la postre, su debilidad. Trate mediante la irreverencia de hacer a los personajes más humanos y menos acartonados. No es que insistiera en que vierámos al Capitán Kirk ir al baño pero, ¿tenía que estar ‘Star Trek’ tan santificada?

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Tan clara idea se aprecia a lo largo de una cinta cuyo arranque ya va encaminado a humanizar a sus protagonistas: tras una escena inicial que responde a la voluntad de Meyer de que, de alguna manera, los trekkies vayan aceptando que Spock muere al final de la cinta —única razón por la que Leonard Nimoy aceptó intervenir—, las primeras secuencias del filme van alternando el descubrimiento del destino real que Khan sufría tras su aparición en ‘Space seed‘ por parte de una nave de la federación en la que viaja Chejov, con la aproximación a la componente más “realista” del personaje del Capitán Kirk que se hará en la saga junto a lo que veremos en ‘Star Trek VI, aquel país desconocido‘ (‘Star Trek VI: the undiscovered country, Nicholas Meyer, 1991).

Ahora bien, el hecho de que Meyer intente rebajar el pétreo carácter de los personajes, no implica que las actuaciones del elenco, con William Shatner a la cabeza, se hagan eco del esfuerzo del cineasta. Tanto es así que, quitando de nuevo de la ecuación a Leonard Nimoy, la teatralidad que acusan la mayor parte de las interpretaciones es aquí aún más exagerada que en la anterior película, algo que refuerza, no cabe duda, la sobreactuada participación de Ricardo Montalbán repitiendo su papel de Khan, un producto de la ingeniería genética del siglo XX (sic) que había llegado a dominar a gran parte de la población humana antes de terminar en una nave espacial a la deriva que sería encontrada por la Enterprise.

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La búsqueda de venganza de Khan de una parte, un experimento de terraformación llamado Génesis de otra, y la inclusión de una tal Dra.Marcus y su hijo David —que resulta ser vástago de Kirk— son los tres ejes sobre los que va orbitando la acción de una cinta que, con la clara pretensión de equilibrar la vocación fantástica de la que dimana ‘Star Trek’ con la más cercana que intenta imprimirle Meyer, encuentra sus mejores momentos en aquellas secuencias en las que la primera discurre a placer y que el cineasta resuelve con acertada precisión como puede observarse, por ejemplo, en el enfrentamiento en la Mutara Nebula.

Acompasado por la partitura de James Horner, de desigual desarrollo y gran tema principal —que, no obstante, no está a la altura del magistral motivo que Goldsmith compusiera para la primera parte—, el metraje de ‘Star Trek II: la ira de Khan’ resulta un ejercicio de irregularidad a resultas del tira y afloja que el guión intenta plantear entre ambas vertientes del relato; aunque no es menos cierto que tanto la emotiva escena entre Kirk y Spock, como la despedida que le hace al personaje la tripulación de la nave y el esperanzador cierre para con el vulcaniano que supone ese gran continuará final, redimen en parte un filme cuya calidad aún está muy por encima de los abismos a los que descenderá la saga galáctica.

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