Festival de Cannes 2011: 'Hara-Kiri. Muerte de un samurái' (Takashi Miike) y 'Hors Satan' (Bruno Dumont)

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‘Hara-Kiri. Muerte de un samurái’, fallida renovación de una obra maestra

Aunque ya terminó el festival de Cannes 2011, con el pronosticado triunfo de Terrence Malick, yo continúo con el repaso a todas las películas que pude ver durante los diez días que pasé allí, y es que todavía me quedan un puñado. Sin duda, uno de los títulos más atractivos de los 20 que competían por la Palma de Oro en esta 64ª edición del certamen era ‘Ichimei’ o ‘Hara-Kiri. Muerte de un samurái’, la nueva película del prolífico e imprevisible Takashi Miike, un remake de ‘Hara-Kiri’ (‘Seppuku’) casi 50 años después del estreno de la original (ganadora precisamente del premio especial del jurado en Cannes). Con unos 80 trabajos a sus espaldas, tras haber probado todos los géneros, y haber filmado para adultos y para niños, uno nunca sabe qué esperar de Miike, excepto que no suele provocar indiferencia y al menos dejará algún detalle para el recuerdo. Es un realizador que adora hacer cine, como sea, y al que le he leído que echa de menos la energía y la pasión con la que se trabajaba antes en su país; de hecho, su próximo film será una producción de bajo presupuesto para televisión, porque le encanta el frenético modo de trabajo.

Asegura Takashi Miike, y debe ser cierto considerando su filmografía, que es pura casualidad que haya rodado de manera consecutiva dos remakes de prestigiosas películas de samuráis, si bien conviene aclarar que son dos obras muy diferentes, independientemente de que en ambas se centren en el código de honor del samurái y se le retrate de una manera realista, humana, desmitificadora (lo que no impide que en los combates aumente su fuerza y su resistencia, cosa lógica en el cine). Tras disfrutar en Sitges de su nueva versión de ’13 Assassins’ (‘Jûsan-nin no shikaku’, 2010), y teniendo en cuenta la jugosa historia de ‘Hara-Kiri’, jamás imaginé que me encontraría con una película tibia y convencional, de las más aburridas de Miike. Lejos de sus relatos más sangrientos y marcianos, el japonés sacrifica la atmósfera y el crescendo narrativo de la original por el realismo exacerbado y la profundidad del 3D (era la única película en 3D que competía en Cannes), lo que enseguida se revela como una rotunda equivocación. Tan desafortunado está el cineasta que igualmente se ve incapaz de igualar la carga violenta del film de Masaki Kobayashi, confirmado ya como uno de los clásicos insuperables de la historia del cine.

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Reescrita por Kikumi Yamagishi, quien recorta acontecimientos (la nueva versión dura unos minutos menos) y simplifica la estructura para aligerar la narración (entre otras cosas une los flashbacks en bloques, lo que destruye parte de la intriga del relato, basada en el progresivo goteo de la información), la película nos traslada al siglo XVII y nos presenta a Hanshiro, un veterano y desafortunado ronin (samurái sin dueño) que acude a la residencia de un respetado y poderoso clan con la petición de celebrar allí el honorable ritual del hara-kiri. El jefe del clan, Kageyu, intenta hacerle cambiar de opinión contándole la historia de un joven que llegó allí con el mismo propósito, cuando su verdadera intención era lograr que se apiadaran de él y le dieran una limosna, algo vergonzoso para un guerrero (ésta es una cuestión central del relato); Hanshiro no se inmuta ante la historia y sigue firme en su deseo de suicidio. Kageyu (Kôji Yakusho, siempre convincente) acepta sin sospechar que todo forma parte de un elaborado plan de venganza.

Mientras que la ‘Hara-Kiri’ de 1962 se apoyaba en una inteligente puesta en escena y una formidable recreación de los estado anímicos de los personajes, rematada con un clímax prodigioso, Takashi Miike recurre al 3D para intentar sumergir al espectador en la tragedia de Hanshiro (Ebizô Ichikawa, menos auténtico que su predecesor, Tatsuya Nakadai), con unos escenarios y unos individuos demasiado pulcros e impecables, inverosímiles (jamás tienes la sensación de estar en otra época), y una narración tan esquemática y desapasionada que no conduce a otra cosa que el desinterés. Se espera uno que Miike saque provecho de las escasas secuencias de acción de la trama para dar rienda suelta a su imaginación, planificando brutales coreografías en 3D, y sin embargo se despachan con rapidez (en una sola escena incluyen tres fundamentales combates) y nulo sentido del espectáculo. En definitiva, se nota el presupuesto, pero, ¿dónde quedó la emoción?

‘Hors Satan’, entre paseos y silencios

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Imagino que no soy el único que tras haber quedado molido por el visionado de un premiado film inocuo y aburrido, se ha puesto a buscar ingredientes comunes en las películas que pueden presumir de haber accedido a importantes festivales, como ejercicio puramente humorístico. ‘Hors Satan’ parece haber salido de una reflexión de este tipo, reuniendo escenas y personajes que uno incluiría sin dudarlo en una parodia titulada ‘Festivals Movie’. Y sin embargo, conviene aclararlo, se trata del sexto trabajo del francés Bruno Dumont, un realizador que ha ganado dos veces el gran premio del jurado en Cannes, por ‘L´humanité’ (1999) y ‘Flanders’ (2006). Sin embargo, su nueva película no compitió por la Palma de Oro sino que fue proyectada dentro de la sección “Un certain regard”, y aun así no consiguió llevarse ningún galardón. Esto no es que signifique nada obligatoriamente, pero cuando se trata de un cineasta premiado y mimado en Cannes, creo que es muy representativo y le conviene al espectador estar preparado para lo peor. He creído conveniente incluir un tráiler por primera vez en estas crónicas para que podáis comprobar de una manera rápida e inequívoca de qué pasta está hecha la nueva película de Dumont, una de las peores que vi en el festival de Cannes. El vídeo muestra un extracto del principio (con un escandaloso salto de eje) y lo que ocurre se desvela en la sinopsis oficial, pero si no os fiáis, podéis pararlo antes del primer minuto.

‘Hors Satan’, vendida internacionalmente como ‘Outside Satan’ (‘Fuera Satán’), es un lánguido drama de toque fantástico (la veo seria candidata para ir a Sitges) que nos sitúa en una aldea y sus alrededores, en el Paso de Calais, al norte de Francia, donde un misterioso hombre con pinta de vagabundo ayuda a una joven que tiene problemas con su padre. Durante unos excesivos 110 minutos, la cámara nos hace contemplar incontables caminatas de los protagonistas, vacías escenas de silencios y miradas al infinito, breves y vagas conversaciones (“¿Quieres pasear?” – “Vale” / “¿Quieres follar?” – “Vale”), salpicado todo ello por una serie de acontecimientos sobrenaturales que justifican la presencia y la actitud del protagonista. Esas extrañas acciones están bien filmadas (llaman la atención) y es lo único que interesa, a diferencia de ver a gente andando de un lado para otro. Tampoco veo el sentido a enfocar de manera repetida a individuos exageradamente inexpresivos (no son actores profesionales y la chica no puede evitar esbozar sonrisas en algunos momentos) que no hacen nada relevante, salvo que la intención de Bruno Dumont sea entorpecer el visionado, y con ello darle a la película un aire de seriedad y complejidad que motive todo tipo de huecas reflexiones para intentar desentrañar qué demonios (nunca mejor dicho) ocurre en la pantalla. Los hay que disfrutan haciendo eso, algunos incluso se sienten superiores defendiendo lo indefendible. Allá cada uno con su tiempo, mi recomendación es que no lo perdáis viendo ‘Hors Satan’.

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