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Mi compañera Miriam eligió para estrenar este ciclo de cine negro, o como lo llamaba la crítica francesa en los inicios del género, Film Noir, término ya aceptado en lengua inglesa, una obra de John Huston a mi juicio demasiado considerada por un sector, e incomprensiblemente de importancia capital en el género —creo que Huston posee otros films de género que la superan con creces—. Aprovechando el post que os ofrecimos sobre el férreo código Hays, me ha parecido oportuno comenzar mi selección de títulos en el ciclo con el gran Robert Siodmak y una de sus obras más perfectas, ‘El abrazo de la muerte’ (‘Criss Cross’, 1949), que en su intrincada trama se las arregla para burlar la censura de forma prodigiosa, y sin realizar una sola concesión al espectador, algo inaudito en aquellos años. No obstante, el Film Noir no se caracterizaba por realizar concesiones, sus historias no terminaban precisamente bien.

Siodmak fue uno de esos realizadores europeos, que huyendo del nazismo, se asentó una larga temporada en Hollywood, donde la película ‘El hijo de Drácula’ (‘Son of Dracula’, 1943) le dio algo de prestigio, y a partir de la cual se adentró de lleno en el Film Noir en el que cosechó no pocos éxitos, dejando algunas de las muestras más representativas para la posteriodad —también cultivó el género de terror o suspense y el de aventuiras, pero eso es otra historia—, como el film que hoy nos ocupa. ‘El abrazo de la muerte’ puede ser vista como una repetición de los esquemas de la previa ‘Forajidos’ (‘The Killers’, 1946), también protagonizada por Burt Lancaster y más famosa. El fatalismo de personajes abocados a la perdición, una mujer fatal y un golpe perfecto que por supuesto sale mal.

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(From here to the end, Spoilers) Lancaster da vida a Steve Thompson, un conductor de un furgón blindado que, en un día crucial en su trabajo —será el cómplica de un atraco al furgón— rememora a modo de flashback cómo llegó a esa situación. El inicio de dicho flashback deja bien claro qué mueve a Steve, el recuerdo imborrable de Anna —la preciosa Yvonne De Carlo en uno de sus más memorables personajes—, casada con Slim Dundee —Dan Duryea en su personaje más recordado—, el jefe de una banda, celoso y posesivo. Slim y Steve se aliarán, a pesar de sus evidentes diferencias, para dar un atraco que a simple vista parece imposible. Pero más allá de hacerse con un buen botín, ambos tienen sus propios planes por separado. Slim traicionar a Steve, y este fugarse por fin con Anna.

‘El abrazo de la muerte’ está estructurada a base de flashbacks que nos llevan a la situación actual en tiempo presente, instantes antes de una de las secuencias más poderosas que el género recuerda: un atraco a un furgón blindado, cuya puesta en escena por parte de Siodmak es toda una lección de cómo utilizar los medios técnicos como elementos narrativos —la forma es el fondo, o si se quiere, el cómo nos hace llegar el qué— en un film donde más que nunca se utilizan las constantes del género como puntos de inflexión en una trama que absorve la atención del espectador y no le da la más mínima tregua. Atención a la comentada secuencia; unos gases lacrimógenos y un montaje milimétrico provocan una tensión única, y además funciona como alegoría de lo que siente el personaje central.

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La escena ocupa un tramo considerable en la parte final del film. Los gases nublan la visión de todo aquel que no tenga una máscara de gas, y Steve, que se ha visto engañado por Slim, quien pensaba matarlo en el atraco y quedarse no sólo con la chica, sino con todo el dinero, ve como su propia ceguera se cristaliza en ese instante. Su visión del conjunto está nublada por lo que siente por Anna, una pasión fatal a ratos correspondida, a ratos no, por un personaje femenino que juega una variante curiosa en el universo de las femme fatales. Esta vez, dicho rol no es un perosnaje maquiavélico que se aprovecha de la debilidad de aquellos hombres que se le acercan; ella simplemente no tiene la culpa de que Steve caiga a sus pies. La fatalidad en este caso está creada por el propio Steve, incapaz de alejarse de Anna —ella sí lo hace—, a la que vuelve siempre como hipnotizado por un poder invisible.

Siodmak no esconde sus influencias del cine expresionista alemán —cabe señalar el excelente trabajo del operador Franz Planer—, cuyas sombras y luces quedan perfectas en ‘El abrazo de la muerte’, sobre todo en su parte final. Llama poderosamente la atención el instante en el que el policía amigo de Steve le advierte en el hospital en el que este está ingresado que en cualquier momento pueden ir a por él a matarlo. La tensión es provocada con un simple contraplano que nos hace sentir el miedo de Steve. Y lejos de servir un final que contente a todos, Siodmak se luce como nunca en una conclusión en la que se dan la mano todos los elementos carcterísticos del género, además de burlar inteligentemente el código Hays, en el que una de sus máximas era “el crimen siempre debe pagarse”. El tétrico y melancólico final une a los amantes eternamente y en otra vida, mientras que sirenas en off muestran cómo Slim será detenido. El crimen no se sale con la suya, y el amor prohibido se paga caro.

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