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‘El último refugio’ (‘High Sierra’, Raoul Walsh, 1941) fue escrita por R.W. Burnett, a partir de una novela suya, y John Huston, con quien empezábamos precisamente este ciclo de cine negro. En el mismo año enel que debutó en la dirección de películas con la mítica ‘El halcón maltés’ (‘The Maltese Falcon’) Huston participaba en esta no menos mítica cinta que suponía en cierto modo una transición entre las películas de gángsters de los años 30 y el nuevo cine negro que se avecinaba, y en el que el Código Hays tuvo mucho que ver. El guión fue ofrecido en un principio a Paul Muni y George Raft, quienes venían de triunfar con ese tipo de films, pero Muni no estaba contento con el libreto, y Raft quería apartarse de ese tipo de personajes. Ahí entró en escena Humphrey Bogart, que luchó por el papel principal, que sería el que le lanzaría al estrellato.

Hasta ese instante, Bogart no era un actor demasiado famoso, siempre secundario, y de hecho en los títulos de crédito su nombre aparece detrás del de la estrella de la película, Ida Lupino, quien no quedaría demasiado contenta de la experiencia de trabajar con Bogart —este llegó a agredirla verbalmente porque la actriz no era capaz de llorar en la famosa secuencia final, provocando que Lupino no quisiese trabajar nunca más con el actor—. Bogart realizaría una de sus interpretaciones más recordadas, la del viejo gángster salido de la cárcel que quiere una nueva vida alejada del crimen. ‘El último refugio’ hace acopio del principal elemento que bañaría al cine negro en aquellos años, la fatalidad. Y en este caso reflejada en la figura de un perro, algo con sentido si tenemos en cuenta que Walsh era un amante de los animales.

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(From here to the end, Spoilers) Roy Earle (Bogart) sale de la cárcel y lo primero que hace es ir a reunirse con su antiguo jefe, que le requiere para un último trabajo con el que poder retirarse. Le juntará con dos atracadores jóvenes, inexpertos y bravucones, quienes cargan además con una mujer que, en contra de lo que Earle dice en un principio, les ayudará en el atraco. Esa es la premisa de ‘El último refugio’, y su desarrollo no está exento de detalles de lo más interesantes. Earle parece proceder de familia humilde, se deduce de hablar en sueños por la pérdida de una granja familiar, lugar al que regresa y hace amistad con un matrimonio de cuya hija, con una enfermedad en los pies que le impide caminar bien, se enamora Earle, enfoncando en ella su sueño de ser libre, de encontrar un poco de paz en un mundo violento. Con el dinero del atraco podrá lograrlo, pero las cosas no son lo que parecen muchas veces y menos en el cine negro.

Dicho personaje, interpretado por Joan Leslie, supone en cierto modo la femme fatale del relato, sobre todo a partir del instante en el que es operada y se cura de su mal físico. Es entonces cuando el verdadero carácter de la mujer sale a relucir, esta, aún muy joven y con ganas de divertirse no desea pasar su vida al lado de Earle, a quien será capaz de humillar en público. Mucho más perverso y diabólico que el interpretado por la maravillosa Ida Lupino, quien se queda prendada de Earle casi desde el principio y no duda en estamparle la verdad en la cara, diciéndole que las personaes como ellos, malas, están destinadas a estar juntas puesto que no hay lugar para ellos en la sociedad. El personaje va ganando en intensidad y matices para extrañamente quedar algo desdibujado y desaprovechado en la parte final del film. Earle es acorralado en las montañas por la policía, y Marie (Lupino) será testigo atormentado de su final, muy lejos de poder ser feliz junto a él.

highsierraf3 Humphrey Bogart y Raoul Walsh en el rodaje de ‘El último refugio’

El elemento de la fatalidad está enfocado en un perro. Zero, que era el perro de Bogart en la vida real, interpreta a Pard, un chucho que va cambiando de dueño a capricho propio, llevando consigo una extraña maldición, todos sus dueños han muerto. Esto nos avisa ya desde el inicio del destino inevitable que correrá Earle de seguir por la vida del crimen, y queda subrayado cuando el chucho posee más escenas de las debidas, ya sea para protagonizar algún gag o ser objeto de algún comentario jocoso, también apareciendo de fondo en muchas de las secuencias, una presencia pues en cierto modo atípica en el cine negro. Lo gracioso del asunto es que el perro está tan simpático en su papel, y posee un feeling tan perfecto con el elenco, que decir que se come a su amo no sería nada exagerado. Desde luego Zero es el más llamativo de los secundarios, entre los que encontramos a Henry Hull, el entrañable Henry Travers, y Arthur Kennedy y Cornel Wilde, que empezaban en aquellos años.

‘El último refugio’ es una prueba más de la contundencia narrativa de Raoul Walsh, aquella que le ha convertido en uno de los mejores narradores que ha tenido el séptimo arte. Un film seco y directo, violento, e intenso, como lo fue la propia vida de Walsh —cuentan las crónicas que Walsh era un tipo que se atrevía a cualquier cosa, como por ejemplo tras la muerte de John Barrymore, Walsh robó el cadáver y lo llevó a la casa de Errol Flynn para simplemente gastarle una broma—. Tras el atraco frustado se sucede un mortal accidente de coche —algo que Walsh conocía muy bien pues uno que sufrió hace años hizo que una liebre atravesase el parabrisas de su automóvil y le quitase un ojo, desde lo cual llevaba un parche— que termina sin piedad con tres de los personajes, reservando para Earle un final antológico. El propio director se superaría realizando un remake en clave de western, ‘Juntos hasta la muerte’ (‘Colorado Territory’, 1949), con la que llegaría hasta sus últimas consecuencias mejorando inesperadamente la historia de esta magnífica ‘El último refugio’.

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