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El mafioso Mickey Cohen (Sean Penn) tiene atemorizada a la ciudad de Los Ángeles entre los años cuarenta y cincuenta. Un equipo especial de policías se propondrá atrapar a Cohen y su banda para deshacer de una vez por todas a la organización criminal.

El libro de Paul Lieberman en el que se basa esta película es un recuento histórico acelerado. En pocas palabras, una no-ficción hinchada de ficción. Sin embargo, tiene una función parecida a la de las novelas de Ellroy: nos permite imaginar una época a través de un devenir de acontecimientos sincopado.

Pese a todo, resulta mucho más interesante leer las mejores obras del propio Ellroy, desde su autobiografía hasta ‘L.A. Confidencial’ o ‘La Dalía Negra’, entre los mejores ejemplos de una novela negra que, lejos del arquetipo del detective privado honesto frente a un sistema corrupto, se propone ser un auténtico recorrido épico por la ciudad y sus gentes.

El guión de Will Beall coge el libro derivativo de Lieberman y lo lleva a una esencia, digamos, mafiosa. Los mafiosos siempre se han caracterizado por no pagar impuestos y traficar con materias preciadas por la población. Bien, Beall hace un movimiento acorde con su protagonista, un hiper-ficticio Mickey Cohen encarnado por un Sean Penn imitativo e histrión, en la línea más exagerada de Al Pacino o Robert DeNiro en las conocidas aventuras del Dick Tracy y del temerario Elliott Ness, respectivamente.

Esta película es un tráfico de bienes, de influencias sobre un pasado cinematográfico que fue mucho mejor tanto en sus expresiones iniciales de cine negro o film noir como en lo que muchos expertos llaman el neo-noir, todo aquel film de género criminal realizado tras 1958. ¿Por qué? Porque una copia estructural de ‘Los Intocables de Elliott Ness’ (The Untouchables, 1988) con leves toques de ‘L.A. Confidential’ (id, 1997) y del superior videojuego L.A. Noir no es realizar una película, es realizar una imitación.

Tiene razón el crítico del New York Times A.O. Scott cuando escribe que el director de este desastre, Ruben Fleischer, había dirigido una película de zombies medio graciosa, pero ahora ha realizado una película genuinamente zombi. Embalsamada en cine mejor, carente de otra habilidad que no sea la proporcionada por la paleta digital del operador Dion Beebe (a veces inspirada reproduciendo una estética de pulp hiper-digital, otras bastante sobrecargada y notando ausencia de puesta en escena), la película es una sucesión de tópicos que solamente animan Emma Stone y Ryan Gosling.

Pero ni siquiera ellos actúan, no lo permite le guión, debo decir, pese a su notable brillo de estrellas. Ella es la chica del gángster, pero tanta es la versión reducida y confortable que ni siquiera es eso, y él el aguerrido policía y veterano de guerra, pero tanta es la vaguedad y la pereza de la propuesta que debemos creerlo porque va en smoking y el decorado es reconociblemente retro. Liderando el grupo de los policías también está Josh Brolin cuya máxima función es ser un arquetipo irlandés lo que significa que está mucho tiempo pareciendo un tipo duro y desconfiado para descubrir que es un tipo duro que puede y sabe trabajar en equipo cuando tiene otro tipo duro en el grupo. En fin.

Cine malo, alimenticio, derivativo, nada inspirado, mortecino que constata que el logo de la Warner Bros y la agitada ciudad de Los Ángeles vivieron crímenes mejores y años de mayor intensidad. Si Brian DePalma acertó convirtiendo su relato en un western de arquetipo pero no de esquematismos, completando su película con una formidable audacia formal y emocional, el cineasta Curtis Hanson usó la novela de Ellroy para evocar las almas rotas de Los Ángeles.

Fleischer, en cambio, la ha usado para traficar con el legítimo respeto y gusto de muchos espectadores por el cine criminal. Nada nuevo bajo el sol; solamente otro pícaro vendiendo imitaciones. Mikel Zorrilla ha mostrado también su desacuerdo.

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