'Gattaca', las estrellas mi destino

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En una sociedad donde es posible hacer nacer a criaturas genéticamente perfectas, los imperfectos forman ahora una singular clase trabajadora e inferior. Pero Vincent (Ethan Hawke), un imperfecto, urdirá un plan para cumplir su sueño y viajar a Titán, contando con la complicidad de un atleta venido a menos llamado Jerome Morrow (Jude Law).

Las cosas se complicarán para Vincent cuando alguien haya matado a un científico de su empresa y haya dejado una ceja de su verdadero yo, convirtiéndose su aventura, en la que se hace pasar por Jerome, en una llena de peligro y misterio, pese a contar con una aliada (Uma Thurman).


Andrew Niccol escribió y dirigió esta prodigiosa película de ciencia ficción, producida, entre otros, por el actor Danny DeVito, siempre al lado de talentos emergentes en un sistema que no suele permitirlos con la frecuencia debida. Con una estupenda fotografía de Slawomir Itziak, acrecentando los colores, la visibilidad (su protagonista sufre problemas de visión), los tactos porosos de la noche, la belleza del amanecer, los espacios debidamente organizados, las reiteraciones visuales y temáticas debidamente organizadas, la película se revela como un debut prodigioso, acaso la obra más perdurable de su cineasta. Aficionado al montaje paralelo, hace el uso hasta tres veces, con distintos motivos (dramáticos) saliendo airoso del reto.

Andrew Niccol ha escrito ‘El Show de Truman’ (Truman’s Show, 1998), dirigido también ‘S1M0ne’ (id, 2002), ‘In Time’ (id, 2011) y la venidera ‘The Host’ (id, 2013), sin que volviera a brillar su lirismo, combinado con una magnífica sabiduría narrativa, con tanta profundidad como aquí. Es esta una de las grandes películas de ciencia ficción, aquellas que el tiempo concede el don de ser obras perdurables, como le pasara también a la incomprendida ‘AI: Inteligencia artificial’ (AI, 2001) cuyo recibimiento cicatero merece post aparte.

Las estructuras de la película nos son familiares, puesto que hay un crimen por resolver y también subtramas que quedan perfectamente atadas. Las interpretaciones son brillantes, con dos trabajos más que estimables de Ethan Hawke y Jude Law, cada uno dotando de fragilidad a sus dos personajes. Uma Thurman es el interés amoroso con menos momentos de lucimiento dramático y Gore Vidal y Loren Dean completan con solvencia sus actuaciones. Mi compañero Jesús reseñó ya la película.

El equipo técnico de la película realiza también un trabajo formidable, contando con un excelente director de arte como Jan Roelfs (nominado por la Academia) y con una banda sonora bellísima de Michael Nyman, capaz de embriagar al espectador y de dotar a las imágenes de un mayor alcance.

Las sorpresas de la película es que no queda fagocitada por su estructura de cine criminal, sino que se convierte en un sorprendente melodrama romántico y noir de la vieja escuela hollywoodiense con un asombroso estudio de personajes. Las diferencias palpables entre alguien que nació, genéticamente, dispuesto a triunfar y escogió romperse porque era incapaz de ambicionar algo y el hombre cuyas limitaciones le llevan a no rendirse proporcionan momentos de inusual hondura al espectador, poco acostumbrado a estos acercamientos íntimos en la narración cinematográfica más contemporánea.


La pantalla se llena con sencillez de preguntas, sin que perdamos el hilo de lo que se cuenta. ¿Por qué soñar si habrá limitaciones? ¿Para qué sirve descubrir quienes somos si perdemos la potestad de poderlo decidir? ¿Basta solo con la posibilidad para que seamos capaces? ¿Para qué marcharse de esta tierra hacia otras estrellas?

A fin de cuentas somos todavía ese polvo de estrellas que decía la vieja canción de Carmichael. Nos íbamos a las estrellas porque ya no nos quedaba tiempo, porque no queríamos morir sin tocar el cielo, porque la vida pasaba demasiado deprisa mientras, al despertar, hubo quien pensó y quien aceptó y quien organizó un mundo donde nos podían decir qué podíamos hacer y qué no, qué iba a ser de nuestro destino si la vida pasaba solamente una vez y el tiempo terminaba.

Nos íbamos a las estrellas porque el planeta podía quedarse pequeños en nuestros ojos y podíamos descubrir la inmensidad del espacio exterior, nos íbamos de las estrellas, pero, al despegar, nos acecharía el pensamiento de que, después de todo, somos una parte pequeña de ese mundo, ahora simple brillo facilitado por el engaño de nuestros ojos.

No se la pierdan.

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