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El apuesto ejecutivo bancario Sam (Patrick Swayze) es asesinado en un callejón y se mantiene entre dos mundos. Pronto descubre que su novia (Demi Moore) está en peligro dado que el asesinato fue tramado por su mejor amigo (Tony Goldwyn) para llevar a cabo una estafa.

Este éxito de taquilla de 1990 quiere recuperar el espíritu de grandes películas estadounidenses rodadas en los años de posguerra, en los que los relatos de fantasmas tejían un subconsciente colectivo dispuesto a desear una muerte que devolviera a los caídos una dignidad o un relato en el que el eco de lo perdido se viera constituido. Destacan, por decir solamente dos y por decir las más estrechamente relacionadas con el film que nos ocupa, ‘El fantasma y la señora Muir’ (The Ghost and Mrs. Muir, 1946) y ‘Dos en el cielo’ (A guy named Joe, 1943) y hay que señalar que Jerry Zucker, cineasta forjado en la parodia junto a David Zucker y Jim Abrahams, tiene el dudoso logro de no entender ninguna de las dos.

Con un libreto de Bruce Joel Rubin, autor del guión de la mucho mejor ‘La escalera de Jacob’ (Jacob’s Ladder, 1990), la película falla principalmente por decisiones de dirección e interpretaciones, siendo, precisamente, todos los actores implicados menos su esforzado protagonista, los que levantan algo la película.

La trama es perfectamente representativa del espíritu de su país a principios de los noventa, dado que presenta no solamente a un rico hombre de Wall-Street siendo asesinado por un pobre latinoamericano (el miedo a la muerte ejemplificado en un otro de otra raza y menor clase social) sino que, en un hábil giro de guión, presenta como villano a su amigo, su compañero de trabajo, poco dispuesto a que desvela las correrías corruptas que ha llevado a cabo su empresa. Es decir, la idea que subyace bajo ‘Ghost’ (id, 1990) es que el capitalismo tiene en su triunfo, un lado oscuro que se devora a sí mismo.

El romance del protagonista es, precisamente, una artista, encarnada por una Demi Moore que se las apaña para que su deslumbrante belleza no empequeñezca su notable trabajo interpretativo. Y, digamos, la salvadora es una vidente de otro barrio pobre y golpeado por la delincuencia, encarnada por una estelar y genial Whoopi Goldberg. Ella es la llave para que el fantasma pueda ir al Más Allá.

Patrick Swayze intenta actuar, pero está (inconscientemente) hilarante. Alejado de su rol de tipo duro o de macho-que-te-hace-mover-el-cucú, obligado a construir un personaje que tiene que presentar otros matices, está absolutamente equivocado y fallido, inexpresivo, pétreo, incapaz de provocar empatía alguna. Y Tony Goldwyn brinda una interpretación bastante solvente, más si tenemos en cuenta el escaso interés que tiene el guión por dibujar a su personaje como algo más que un villano.

La idea más perversa de la película está desaprovechada, naturalmente. El fantasma y su relación con las cosas físicas del mundo son, con diferencia, lo más interesante de todo el film. El espectro puede poseer otros cuerpos y, de hecho, lo hace con la vidente para dar un beso (absolutamente mojigato) a su novia. Sin embargo, ¿si puedes poseer otros cuerpos y tu novia es Demi Moore todo lo que harías es darle un piquito en el cuerpo de una simpática y rechoncha Whoopi Goldberg?

Venga ya. ¡Con la de gimnasios que hay en la ciudad de Nueva York! Precisamente por eso, y forzando el típico clímax moldeado a imagen y semejanza de los spielbergismos (luces, felicidad, ternura, imágenes celestiales) de la década anterior, la película es irrelevante y bastante cobarde, desaprovechando muchas de sus grandes ideas. Una oportunidad perdida.

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