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Stephen Sommers se hizo un nombre gracias a la entretenida revisión de ‘La momia’; luego hizo la taquillera (y muy inferior) secuela y la desastrosa ‘Van Helsing’, donde quedó claro que ya no le quedaba nada por ofrecer. Cinco años después vuelve a la dirección con ‘G.I. Joe: The Rise of Cobra’, que también ha resultado ser otro éxito de taquilla, al menos en su primer fin de semana (algo lógico debido a la fuerte campaña de publicidad, se desplomará muy pronto). La película nos presenta al equipo de élite de los G.I. Joe, que utiliza la última tecnología en equipos militares para luchar contra un traficante de armas y una misteriosa organización cuyo símbolo es la cabeza de una cobra.

Empiezan los créditos finales, y aún no me ha dado tiempo a incorporarme en la butaca cuando una marea de jovencillos se lanza a la puerta de salida, entre risas y gritos. En pocos segundos, la sala está prácticamente vacía, mientras en la pantalla aún desfilan los nombres de los actores principales. Nadie mira ya en esa dirección. Lentamente, aún aturdido por la cantidad de tonterías que hay en la película, con el cuerpo como si me hubiera pasado por encima un elefante, dejo el bote de coca cola en la basura y me pregunto si ‘G.I. Joe’ sirve de algo, si da lo que se espera de ella.

Quizá lo más fácil sea decir que sí. Con la excusa de que ‘G.I. Joe’ es una película que se basa en los juguetes creados por Hasbro, esos dos ejércitos de soldados de élite que se dividen en buenos y malos, podría decirse que vale cualquier cosa, siempre y cuando respete mínimamente los nombres y los atuendos de los muñecos. Pero no es así, tienes que situar a los personajes en una trama interesante y respetar al público, que no tiene por qué estar compuesto por críos que aún juegan con esas figuritas de combate. La película debe proporcionar entretenimiento. ‘G.I. Joe’ da dolor de cabeza.

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Claro, diréis muchos, te da dolor de cabeza a ti. Evidentemente. No estoy ciego, pude comprobar con mis propios ojos (aunque a veces me engañan) que hubo gente que se lo pasó bien con la película; muchos de los chavales que salieron disparados cuando se encendieron las luces de la sala debieron pasárselo pipa con los líos de estos militares tan modernos y fantásticos. Tampoco estoy sordo, pude oír perfectamente (y desesperarme) las carcajadas de todos los adolescentes que se partían de risa con los “chistes” del payaso Marlon Wayans, de nuevo en el típico papel de “negro gracioso”.

No me cabe ninguna duda de que si hubiera visto esta película con unos diez u once años me lo habría pasado genial, y estaría como loco por volver a casa para buscar mis propios “yiyous” y montar alguna superbatalla al estilo de la dispuesta por Stephen Sommers, con un montón de explosiones y persecuciones sin sentido. Se lleva la palma la que transcurre por las calles de París, donde los malos quieren lanzar un misil contra la Torre Eiffel; dejando a un lado la lógica del plan y su ejecución (más adelante quieren destruir Moscú pero disparan desde donde les da la gana), la secuencia es un completo despropósito, mareante y llena de momentos absurdos, en la que una moto resiste sin problemas los golpes de los coches o se olvidan que hay un personaje (Snake Eyes) agarrado debajo de un vehículo.

‘G.I. Joe’ es en definitiva una alocada e infantil propuesta de acción atiborrada de efectos especiales y secuencias imposibles, delirantes. Esto es más o menos lo que cabía esperar, y no habría ningún inconveniente por mi parte, si Sommers no fuera incapaz de imprimir algo de emoción y de sentido en una película caótica (el lío durante el tramo final es considerable, con un avión persiguiendo un misil, Snake luchando contra Storm Shadow y Duke tratando de cazar a los cabecillas de la organización terrorista, todo a la vez y sin que te enteres de nada); todo esto se empeora porque los protagonistas son seres unineuronales que sueltan todo tipo de frases estúpidas.

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Sommers no está interesado en los personajes ni en los diálogos, y esto queda claro desde el primer minuto hasta el último, en una película que inexplicablemente dura casi dos horas. A pesar de todo, hay algunos momentos que resultan divertidos, y hay actores que se salvan de la quema. Me refiero a Christopher Eccleston, Arnold Vosloo, Lee Byung-hun y Joseph Gordon-Levitt, mientras que gente como Dennis Quaid da igual que estén o que no, y otros como Channing Tatum (increíble que este actor tan malo sea el protagonista), Sienna Miller o la pechugona Rachel Nichols se limitan a posar ante la cámara. El final abierto y el número en taquilla aseguran que veremos ‘G.I. Joe 2’; por mi parte sólo deseo que busquen otro realizador, capaz de ofrecer un verdadero espectáculo.

1,5

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