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'Gimme Danger', vorágine, perdedores y caos

'Gimme Danger', vorágine, perdedores y caos
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En los extractos de la biblia oral del punk ‘Por favor Mátame’ relativos a las andanzas de Iggy Pop y sus compañeros de piso en la famosa Fun House se podían leer pequeñas trazas de las historias de un grupo de veinteañeros viviendo en la misma casa abandonada de Detroit en los sesenta. Comentarios cotidianos de un grupo de colgados y perdedores que se dedicaban, esencialmente a las drogas, el sexo y el rock’n roll.

Gimme Danger’ supone el regreso de Jim Jarmusch al documental desde que, en 1997, se adentrara en el universo de Neil Young en ‘Year of the Horse’ y en el se cuentan pocas de las, por ejemplo, locas historias de enfermedades venéreas y sexo con groupies del protagonista del largometraje. Jim Osterberg, la iguana, era conocido por su potencia sexual y sus pocos escrúpulos en sus prácticas. Imaginamos que no era fácil recopilar tantos relatos de lo salvaje para hacer un compendio completo de la autodestrucción.

Gimme Danger2

Jarmusch sabe que hay muchas cosas que se dan por hechas, pero algunas omisiones saben a que se ha tomado esta oportunidad para hacer un documental algo más convencional, con muy poca implicación de su firma, cediendo el micrófono al propio grupo y sobre todo a Iggy, que rescata, con una sorprendente serenidad, algunos de sus recuerdos de su época más bestia. Entrevistas recientes con el divo que entroncan con el estilo periodístico que a veces aplica el director pero que suavizan, inevitablemente, la representación final de la banda.

Electricidad Pura

Puede que lo que le interese no sea la explosión de gamberradas y destrucción del periodo agreste de Osterberg, sino la capacidad de supervivencia del personaje y su legado. Como si fuera un vampiro, uno de los personajes de ‘Solo los amantes sobreviven’ (Only Lovers Left Alive,2013), la anterior incursión de Jarmusch en el rock’n roll, Iggy recuerda sus años sin remordimiento, aunque el cuerpo de mármol del hombre que habla parece no resentirse de todas las sustancias que han recorrido sus vasos.

Claro que no se evitan los comentarios sobre la tumultuosa trayectoria de la banda de Ron y Scott Asheton, sus problemas y constantes luchas con las drogas o su falta de profesionalidad, pero llegado un punto, resultan más ilustrativas por si mismas cualquiera de las imágenes de archivo que se suceden en los alucinantes montajes de Affonso Gonçalves y Adam Kurnitz . Momentos de pura electricidad, que recogen minúsculas migajas de la adrenalina que podía transmitir un show secreto de Stooges.

Gimme Danger1

Otro elemento dinámico muy apreciable son los insertos fotográficos, material de archivo, de cine clásico y bobinas educativas de los años cincuenta a modo de collage, afilando el sentido irónico de las declaraciones, o las propias perogrulladas de la banda, que también son contadas a modo de animación estática, en una operación de reciclaje del estilo de Julián Temple en la esencial ‘La mugre y la furia’ (The Filth and the Fury, 2000) que precisamente acababa con el ‘No Fun’ de Stooges versionado por Sex Pistols, su última canción en directo.

Destrucción sin idealizar

Pero en el fondo, aunque haya una atmósfera de colegueo y cotidianeidad que intenta alejar la obra de la mitificación, el conjunto tiene algo de homenaje a las personas que formaron parte de la banda y fallecieron. Todos los miembros originales, salvo Iggy están muertos, y hay un tratamiento cándido de sus figuras, especialmente en el momento en el que el grupo volvió a los escenarios, a finales de la década pasada. Un regreso que en el contexto del documental y la línea discontínua de sus trayectorias aparece casi como un acto de amistad y cariño de Osterberg.

El manifiesto de reivindicación final (muy encomiable esa loa a los olvidados MC5), con esa colección de bandas mitológicas del punk y el rock versionando sus temas, no sabe ni siquiera a victoria amarga, puesto que los noventa anteriores minutos hemos presenciado la autocombustión de un grupo de desechos de Detroit, perdedores salvajes con destino aciago, cuyo máximo mérito no fue crear canciones que otros veneran sino, como comenta Iggy en un trozo de entrevista, “ayudar a acabar con los sesenta”.

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