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Mi compañero Antonio Toca dice en su crítica de ‘Hacia Rutas Salvajes’ (‘Into the Wild’, 2007) que Sean Penn se ha vuelto un director serio. Claro, ahora entiendo porque no me entusiasmaban sus anteriores films, porque eran comedias desternillantes y yo no lo entendía. Y sigo sin entender varias cosas, no entiendo el porqué de los halagos desmesurados hacia el cuarto trabajo como director de Penn, cuando sus anteriores películas poseían exactamente la misma puesta en escena, con un estilo claramente definido que tiende hacia una perfección visual que el director siempre ha conseguido con creces. Ahora bien, que eso llegue para hacer buen cine ya es otro cantar.

Evidentemente hay un cambio temático, y aunque nos encontramos ante un film abierto, debido a los espectaculares parajes por los que viaja el protagonista, Penn sigue filmando historias intimistas, quizá demasiado. Y aquí se le ha ido la mano por completo, entre otras cosas porque su viaje (se sirve de una historia real, pero tal vez sea una especie de grito de rebeldía del propio director) se hace largo, anodino, cansino e invita al bostezo en varias ocasiones.

‘Hacia Rutas Salvajes’ narra la historia real de Christopher McCandless, quien con sólo 22 años, y después de graduarse en la Universidad tira por tierra su brillante futuro, dejando atrás todo vestigio de sociedad, regalando sus ahorros y quemando el poco dinero que le queda en los bolsillos, para ir a vivir aventuras en armonía con la naturaleza. Su filosofía y atrevimiento fue una gran inspiración para muchos que no, no siguieron sus pasos, porque para hacer lo que hizo McCandless hay que tenerlos muy bien puestos, y también estar medio loco.

Y es que al fin y al cabo, ¿quién de nosotros no se ha cuestionado alguna vez mandarlo todo al garete¿ ¿cuántos no nos hemos hecho las mismas preguntas que el personaje de la película se hace y querer salir a buscar las respuestas? Sí, todo muy utópico (o no, dicen que McCandless lo consiguió), pero una cosa es que lo que se nos cuente suene a maravilloso y otra bien distinta la forma en la que se nos ofrece dicha historia con mensaje incluido. Penn estuvo durante diez años intentado llevar al cine la peripecia de McCandless, y no lo hizo hasta que la familia estuvo completamente de acuerdo. Y a Penn se le nota demasiado que está enamorado de la historia de este chico que a una temprana edad sorprendió a todo el que le rodeaba. El director se recrea demasiado con una historia que en el fondo es demasiado simple y no da para las casi dos horas y media que dura el film.

Planteada como el crecimiento de toda persona en este mundo, algo que resulta demasiado obvio, ‘Hacia Rutas Salvajes’ poco tiene que ofrecer, y a un servidor en concreto le importa bien poco lo que le sucede a McCandless, empezando por el hecho de que todo lo que hizo me parece una simple y llana tontería (como apuntaba un amigo mío, tal vez esta película nos pille a algunos demasiado mayores para ciertas cosas). Para descubrir que la felicidad es mejor cuando se comparte yo no necesito salir de mi casa, lo descubro antes de llegar al primer piso (en otros casos me llega con ponerme una película de Frank Capra). Otra cosa son las experiencias que McCandless tuvo en su largo viaje, pero en la película se nos presentan todas demasiado repetitivas, encuentros y desencuentros con personajes casi siempre llamativos con los que intercambiar filosofía barata de andar por casa. Tal vez en esos encuentros se halle lo mejor del film, junto con la preciosista puesta en escena de Penn, pero no por lo que representan, sino por las interpretaciones de los actores que les dan vida.

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Emile Hirsch merece todos los elogios posibles, demostrando que no sólo es capaz de aparecer en comedia típicas. Su transformación, sobre todo física, llega a impresionar, especialmente en los últimos momentos de la película. Su jovialidad y ganas de vivir son contagiosas, y el tour de force que hace con actores bastante más experimentados merece un aplauso. Una pena que tenga que soportar sobre sus espaldas el peso de una película larga, facilona y aburrida. William Hurt merece también más elogios, ya que es capaz de componer y dar forma a su personaje con una sola mirada, y se compenetra a la perfección con Marcia Gay Harden, ambos en los papeles de padres del personaje central a los que incluso se les echa en falta el haber tenido más metraje para ellos. Jena Malone interpreta a la hermana de McCandless, importante tal vez en la vida real, pero en la película es un pegote que no pega ni con cola, además su molesta voz en off interrumpe varias veces el avance de la película. Catherine Keener aparece dos veces demostrando ser una de las actrices con más carisma en el actual panorama hollywoodiense. Vince Vaughn sigue haciendo de sí mismo, y Kristen Stewart sigue siendo una actriz penosa por mucho que le cambien la indumentaria (lamentable su episodio con McCandless). Por último, el veterano Hal Holbrook, poniendo la nota veterana (este tío era el malo de ‘Harry el Fuerte’) con uno de esos personajes tan queridos por todos, por el que ha sido nominado al Oscar, probablemente en un intento de premiar su carrera, aunque mucho me temo que el apellido Bardem le va a aguar la fiesta.

Una fallida película, en la que incluso las tan comentadas canciones de Eddie Veder son un estorbo, pero no por las canciones en sí (servidor posee la banda sonora, obra de Veder más Michael Brook y Kaki King, a la cual ya le ha dedicado unas cuantas atentas escuchas), sino por lo mal utilizadas que están. Creo que se les da demasiada importancia, e incluso cuando suenan parece que han interrumpido la película para ofrecernos un videcolip del último tema compuesto por el cantante de Pearl Jam. Sólo les faltaba incluir unos letreritos en la pantalla (total, unos pocos más no se iban a notar) que pusieran algo así como: “y ahora unos minutos musicales con Eddie Veder”.

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