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“Igual que en mi primera película ‘Crisis’, hay algunas partes del film que muestran fuerza y vitalidad. La cámara está donde debe estar, la gente se comporta como debería comportarse. Por unos breves momentos, siento que verdaderamente estoy haciendo una película.” – Ingmar Bergman

No resulta fácil escribir sobre esta película. Por varias razones. En primer lugar, por todo lo que significa hablar sobre cine después de la llegada de los cahieristas y de su visión del cine como obra de un autor principal, lo que ha derivado, en demasiados casos, en la superficialidad a la hora de tratar de entender o clasificar a un autor. En segundo lugar, porque dentro de la vasta obra como director de cine de Bergman (como director de teatro, la palabra vasta se queda corta…por suerte aquí no nos encargaremos de ella), sus primeras cuatro películas no puede decirse que gocen de un prestigio crítico, ni siquiera que grandes bergmanianos la conozcan a fondo. Y en tercer lugar, porque siendo una película tan académica, desde un punto de vista temático, narrativo y técnico, ‘Un barco a la India’ (‘Skepp till India land’, 1947) sí que presenta, en los intersticios de muchas de sus secuencias, al futuro Bergman, aunque sólo sea su extrema sensualidad o la fuerza y la tensión de los personajes, pero no es fácil explicar cómo se apercibe uno, como espectador, de esa sensualidad y esa tensión, tan caras a Bergman.

Teniendo en cuenta, además, que el cine de Bergman, tan europeo, se encuadra en los académicos años cuarenta, los muy sólidos años cincuenta, los convulsos sesenta, los revisionistas setenta, los negacionistas ochenta, los extraños noventa y hasta la pasada y frustrante década…No hubiera sido lo mismo, sin duda, que Bergman naciera treinta años antes, pues el cine cada vez cambia más deprisa. Pero un factor de su cine que pocos han señalado (a juzgar por lo que leo sobre él) y que es fundamental, es que a pesar de renegar siempre de modas y estilos (él es un género en sí mismo) Bergman significó algo muy importante en el cine de cada década y de cada generación, sin dejar de ser él mismo, algo asombroso si tenemos en cuenta que su trabajo se extiende a lo largo de siete décadas, aunque bien es cierto que sus primeras películas no son nada admirables. Pero, como en la que vamos a comentar hoy, hay en ellas una alegría singular por filmar que sólo pueden apreciar, quizás, aquellos que conocen de veras el cine.

De padres y amantes

Tampoco ayuda mucho que el argumento de esta película provenga del melodrama más tradicional (de nuevo una obra teatral, esta de Martin Söderhjelm, de nuevo producción independiente de Lorens Marmstedt) y que su base tramática se aleje, al menos por lo que parece, de sus futuras obras de arte. El trío de amor, celos, odio y deseo que conforman Johanes, Alice y Alexander, que tanto recuerda, aunque en una clave mucho más sórdida, al luminoso trío de ases de la inolvidable ‘L’atalante’ (íd, Jean Vigo, 1934), revela, si bien muy solapadamente, la obsesión de Bergman por la relación entre los hijos y sus padres, el nacimiento de un deseo o de un anhelo irreprimibles (aquí, el amor que surge entre los dos jóvenes, de nuevo, por tercera vez en su cine, de forma casi incestuosa y trágica), pero Bergman se halla esta vez demasiado comprimido por el melodrama y por las convenciones de la época para sacar algo de provecho desde un punto de vista estético.

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Eso sí, se intuye, y es algo que llega a ser fascinante, que el Bergman más valiente está a punto de llegar, en los momentos de pura vida capturados en la pantalla, en la felicidad con la que planifica y monta. Y por eso es lamentable que a tantos cineastas no les den demasiadas oportunidades para demostrar su talento, porque aquí, el talento fílmico de Bergman se encuentra más embrionario que nunca, aunque posteriores grandes obras ofrecen luz sobre esta y sobre todo lo que va a ser capaz de hacer no demasiados años más tarde. Yo que la he visto en una edición no demasiado cuidada, con subtítulos en francés (calamidades técnicas de la distribución en España…) no he necesitado de los diálogos para entender casi todo de lo que se trataba de decir a un nivel básico de comprensión (es decir, en las apariencias) y quizá he tenido más facilidad para advertir que en el subsuelo de cada plano, de cada secuencia, hay un artista que pugna por liberarse, encadenado por los complejos y los academicismos que él mismo se había impuesto.

Aunque las dos anteriores del director sueco ya lo eran bastante, ‘Barco a la India’ es una película sórdida e inquietante, cuya atmósfera te va calando sin que te des cuenta, penetrando en tus poros como niebla marina (y perdón por la facilona metáfora). Magistral en la dirección de actores, empieza a liberarse un poco con la cámara, ofreciendo algún plano interesante, fuera de toda teatralidad y formalismo , aunque sin conseguir librarse del todo de ese carácter teatral que dan los planos de perfil con fondo tan cercano, esa iluminación de bello blanco y negro de Göran Strindberg, que no logra sin embargo trascender los convencionalismos pictóricos de la época. En este sincero querer (al menos intentar) y no poder, Bergman se muestra sin embargo superior a tantos cineastas de su generación y de su industria, que no eran capaces de hacer nada más. Al menos él anunciaba que de una película aparentemente de género podía extraer conclusiones personales y filosóficas y llevar a sus tres actores a grandes trabajos de interpretación.

Si algo se puede destacar de un trabajo tan rutinario como este (si bien con momentos espléndidos, fugaces, pero estimulantes), es que cada gesto, réplica, movimiento y palabra de sus actores, sobre todo los tres protagonistas, da lugar a un millón de sensaciones diferentes. En posteriores esfuerzos creativos, Bergman unirá a esta maestría en la dirección de actores, una mayor solidez narrativa y, sobre todo, mucha más personalidad, pero aquí no podemos dejar de elogiar los rostros de Holger Löwenadler, Birger Malmsten y Gertrud Fridh, que clavan sus respectivos papeles como si toda la vida hubieran sido ellos, tal es la capacidad de Bergman de llevar a sus actores a terrenos desconocidos y hacer que se sientan confiados en ellos. La casi expresionista fotografía de Strindberg parece capaz de sacar una emoción de cada arruga, de cada sombra, que puebla esos rostros. Lástima que el libreto no esté a la altura de un director que ya por entonces muchos empezaban a sospechar que obligaría a sus contemporáneos a admitir su genio, como todos los grandes.

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Conclusiones

Obra de carácter menor, como ‘Crisis’ (‘Kris’, 1945) y ‘Llueve sobre nuestro amor’ (‘Det regnar på vår kärlek’, 1946), pero no por ello desdeñable en absoluto. Bergman se ejercitaba poco a poco, tuvo la suerte de no vivir en el cine actual, en el que con dos películas tienes que demostrar que sigues la senda de Orson Welles.

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