'Iron Man 3', la demolición del superhéroe

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(Habrá spoilers, avisados quedáis) Tocando el final, en un clímax apabullante que queda completamente deslucido por el 3D y el paupérrimo uso que hace la cinta de dicha tecnología, Tony Stark da órdenes a J.A.R.V.I.S para que ejecute un protocolo que dará lugar a los fuegos artificiales más caros de la historia del cine, o casi. Irónicamente, este momento sirve de perfecto marco para la opinión que este redactor ha podido entresacar del vacuo y equivocado espéctaculo que es ‘Iron man 3’ (id, Shane Black, 2013).

Una opinión que dista muchísimo de la efusividad por la que mi compañero Pablo se ha dejado llevar, y que tampoco acerca posturas hacia la moderada positividad con la que Mikel ha valorado la cinta, siendo servidor nota discordante cuando en realidad lo que habría deseado es que la gran expectación con la que acudía a ver la tercera entrega de las aventuras del vengador dorado hubiera encontrado traslación en la gran pantalla.

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Desafortunadamente, no ha sido así, y ‘Iron man 3’ arrastra demasiados problemas como para ser ignorados, sobre todo si tenemos en cuenta que este primer paso de la Fase 2 del Universo Marvel cinematográfico tenía por excelso e inmediato antecedente a ‘Los Vengadores‘ (‘The Avengers’, Joss Whedon, 2012), un filme que debería servir como modelo para todo lo que La Casa de las Ideas haga de aquí en adelante, aplicando la formulación de la cinta con las ligeras variaciones que se quiera.

De hacerse así en el caso que nos ocupa, tanto Shane Black como Drew Pearce hubieran aprendido la lección de cómo plantear el espectáculo, y ‘Iron man 3’ no perdería más de veinte minutos en arrancar, languideciendo en su comienzo con demasiadas deudas hacia el posterior núcleo expositivo de la trama: con la clara intención de servir como reflejo de ‘Extremis‘, el arco argumental de la serie de cómics escrito por Warren Ellis —y, si se me permite, la mejor historia que ha conocido el personaje en la página impresa— el prólogo de ‘Iron man 3’ hace lo que todo prólogo, introduce a los personajes que después serán eje de la historia.

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Conoceremos pues aquí en 1999 a Maya Hansen, anodina Rebecca Hall, y a Aldrich Killian, el villano interpretado por Guy Pearce. Saltará entonces la acción al presente, dando comienzo el aburrimiento. Vemos al Mandarín encarnado por Ben Kingsley en unos videos que lo pintan como un terrorista a lo Bin Laden. Observamos como Mr. Killian intenta seducir a Pepper Potts para que se pase al lado oscuro de la ciencia. Seguimos a Happy Hogan —un Jon Favreau muy poco convincente— mosqueado por la presencia de un sospechoso personaje y a Tony haciendo de las suyas con sus cachivaches en el sótano de la mansión de Malibú. Asistimos a un pequeño apunte de acción, muy pequeño, en la escena del teatro Chino y, de nuevo, más diálogos y situaciones absurdas cuya única inclusión responde a tener que plantear la primera gran set piece del filme: el ataque a la morada de Tony.

Visualmente asombrosa, de montaje adrenalínico y precisa dirección —brillante aquí la labor de un Black algo irregular en el resto del filme— aunque tan endeble en sus cimentaciones argumentales como el resto del metraje, la secuencia, que permite el lucimiento del equipo de efectos visuales, sirve para que el libreto de el salto al segundo acto, un bloque intermedio en el que la producción da la cara y detenta el que será su mayor error, convertir a ‘Iron man 3’ en la cinta menos Iron man de la saga.

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Esto podría haber sido motivo de regocijo por el hecho de que las armaduras pasen a un segundo plano hasta la traca final —unas armaduras, por cierto, que ostentan una cualidad “kleenex” algo incomprensible—; pero la jugada que Black y Pearce pretenden plantear les explota en la cara, consiguiendo de un plumazo cargarse casi todo el carisma que habíamos visto en el personaje de Tony en las dos cintas anteriores. Sí, Robert Downey Jr. sigue poseyendo los mejores diálogos del filme. Y sí, le roba las escenas a aquél que se le ponga por delante. Pero eso no quita para que, en una valoración comparativa, el héroe que vemos aquí palidezca con respecto a lo que habíamos conocido hasta ahora.

Todo el tramo de la cinta que transcurre en Tenessee podría haber sido reestructurado o directamente recortado sin que el filme hubiera sufrido considerablemente, evitando así la introducción del personaje del chaval que ayuda a Tony —una metáfora del niño que este fue una vez y con el debe reconectar, bla, bla, bla— y ahorrándole al público un pequeño trance que, no obstante, es de un nivel sobresaliente si se le compara con lo que veremos a continuación.

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En un giro de guión que, admitámoslo, muy pocos podrán deducir con antelación, el respetable se ve obligado a asistir impávido a la conversión de uno de los villanos del filme en un malo de barraca, un payaso que sirve como aquél que mejor ejemplifica lo mucho que los guionistas han tenido a bien complicarse la existencia: queriendo contentar a los fans de los cómics que clamaban por ver al Mandarín en la cinta, el tándem de escritores introduce al citado personaje con calzador cuando su eliminación de la acción y un volcado de la atención de la misma en la trama de ‘Extremis’ habría dado muchos mejores resultados.

Prueba de esto es que cuando Shane y Pearce clavan sus miras en el tebeo, es cuando la cinta gana en interés. Pero claro, para cuando esto sucede, estamos ya metidos en el tramo final de la historia y, pasando por alto cierto episodio en el Air Force One que obviaré, el guión muestra ya todas sus cartas para dejar que sea la acción la que hable por si sola de cara al espectacular enfrentamiento entre las decenas de armaduras de Stark contra los muchos soldados sometidos a la mejora que es el virus extremis.

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Mas ya es tarde. Llegados a este punto el disfrute de lo que se despliega ante nosotros ha quedado reducido a su mínima expresión y ni el supuesto giro dramático —este sí se ve venir a la legua—, ni el combate entre héroe y villano, ni la ensordecera espectacularidad que envuelve a todo el clímax, puntualizada por una espléndida partitura de Brian Tyler, consiguen levantar el ánimo de un espectador al que ya le da igual quien viva, quien muera, o quien resucite revestido de inmensos poderes.

Y el epílogo, resuelto de forma abrupta y marrullera con dos pequeñas secuencias y un par de frases que parecen escritas a vuela pluma, no hace sino reforzar(me) la impresión de que ‘Iron man 3’ es un espectáculo de pirotecnia orquestado de forma irregular con poco contenido, escasos aciertos, muchos errores de base y severas carencias estructurales como para servir de sustento inicial a lo que Marvel prepara de aquí a la segunda entrega de ‘Los vengadores’. Esperemos que, empezando por la apetecible ‘Thor: el mundo oscuro‘ (‘Thor: the dark world’, Alan Taylor, 2013), los siguientes pasos sean mucho más sastifactorios a nuestros ojos.

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