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Jack Reacher (Tom Cruise) no tiene casa, no tiene profesión, pero sí tiene un destino: resolver las injusticias de este mundo pútrido y anormal. Por eso cuando un cruel francotirador (Jai Courtney) pone sus balas para acumular muertos, Reacher. Acabará. Con. Él.

Hay una cosa que me encanta de Christopher McQuarrie que muy pocos cineastas actuales, dedicados al género de la acción y el suspense, poseen y es que tiene lo que mi abuela llama el ser persona ante todo, lo que un publicista llama “el saber como contar una gran historia” y lo que yo conozco como sentido de la escala y de la proporción bastante cercano. Es decir, un tiroteo tiene un sentido de representación bastante humano y esto se veía muy bien en su primera y olvidadísima ‘Secuestro infernal’ (The Way of the Gun, 2000) donde McQuarrie dirigía tiroteos con un pertinente sentido de la escala que, claro está, es una gran decisión estética porque son el tipo de cosas que no se ven en la gran pantalla.

Así que cada vez que hay una pelea, una persecución o un tiroteo (como el inicial, rodado de un modo magnífico y calculado, con una sobriedad para mi desconocida desde los tiempos de Walter Hill y Don Siegel) es un placer comprobar que el director no va a empezar a abusar de las piruetas o las agilidades y lo mantendrá en un tono relativamente cercano. De hecho, la persecución es una maravilla de claridad compositiva y de montaje pausado: estaba cansado ya del estilo de montaje rápido y multicámaras que se pretende hiperrealista y no permite seguir la acción. McQuarrie puede hacer cosas estupendas con poco presupuesto y eso es de celebrar.

Jack Reacher es un caballero andante, así lo define el autor de los libros, Lee Child. No le falta razón. En los libros, Reacher pega muy fuerte, piensa y deduce muy fuerte, y, en general, rompe corazones muy fuerte. Es por eso que Child lo describe como rubio y gigante. Es una intensidad de proporciones vikingas, no me cabe duda.

La decisión de que Reacher fuera interpretado por Tom Cruise, cuyo grado de intensidad nórdica es, digamos, pequeñito, ha sido polémica entre los fanses. Alegan poco parecidos lo que, entre unas pinceladas de un libro hecho de letras y un actor de Hollywood es ponerse un poco señorito. En todo caso, yo he leído uno de los libros de Reacher y la fórmula es absurda y divertida y no me preocupa nada la decisión de Cruise. Me parece acertadísima.

Tom Cruise está por encima del bien y del mal. Su intensidad Cruise (mirada fija a los ojos, al borde de la lágrima, pero luego irresistible con una sonrisa) encuentra un registro desconocido.: la intensidad Cruise solapada por los tics de Steve McQueen. Es obvio que los tics del McQueen de Bullitt (id, 1968) es lo que busca aquí la estrella y funciona muy bien dado que Cruise tiene bastante inteligencia como para añadir sus propios toques de humor y distanciados. Como las pretensiones de McQuarrie son bastante similares a las de ‘Harry el Sucio’ (Dirty Harry, 1971) la cosa se ve con mucho agrado.

Coincido en esto con la crítica de mi compañero Alberto, aunque no en su épico inicio. Querer yo solo quiero ser torero, el resto es fantasía. Tanto Mikel como Caviaro disfrutaron de lo lindo.

El hecho de que no esté muy preocupado su director y guionista en sobresaturar la película de acción y dosifique la intriga me lleva a un tipo de película que tampoco se estila: aquella en la que los personajes tienen algo que hacer aparte de respirar muy fuerte y poner ojos de cachorro, de excitación, de dolor, de rabia y así hasta que termine. Los viejos tiempos, sí, pero es que eso estaba, en general, muy bien y mejor me parece reivindicarlo para el cine contemporáneo.

Luego están los detalles, las chorradas que todo cinéfilo aprecia, porque a veces ser cinéfilo es ser un perrete, y buscar la caricia y el cariñito en este mundo de cobardes. Por eso ver a Robert Duvall haciendo de figura cuasi paterna o a Werner Herzog haciendo de mafioso ruso casi al límite es maravilloso. Porque a todos nos encanta el chocolate y nos gusta ver a machos ancianos haciendo lo que mejor saben. Dar consejos o comportarse como auténticos diavolos.

El malo es Jai Courtney quien ha pasado de ser un francotirador viril a un hijo de Bruce Willis. Lo que es la vida.

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