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Aliens poster

En términos técnicos quizás sea bastante rudimentaria con respecto a las películas de ahora; pero creo que desde el punto de vista narrativo es tan buena como podré llegar a ser.

Unas notas musicales etéreas acompañadas de la marcialidad de unos lejanos tambores dan paso a las fugaces voces de un coro. Un título sobreimpreso en pantalla. Referencias sonoras al adagio del ‘Gayane’ de Khachaturian seguidas de evocadores compases en los metales. Una nave que se mece al ritmo de la música flotando en la vastedad del espacio. Planos interiores que exploran los detalles de la cápsula a la deriva. No hace falta continuar. Lo que sigue es historia viva no sólo del género de ciencia-ficción, sino del séptimo arte. Con su segundo —o tercer, según se mire— filme, James Cameron se asienta cómodamente en el stardom norteamericano como uno de los mejores realizadores que surgen en los ochenta. Pero el camino hasta el estreno de ‘Aliens, el regreso‘ (‘Aliens’, 1986) no ha sido fácil.

El testigo de Scott

Aliens Hurd y Cameron

Con todo lo que en estos últimos 34 años se ha dicho respecto a ‘Alien, el 8º pasajero‘ (‘Alien’, Ridley Scott, 1979) no creo necesario hacer mucho hincapié en la suma importancia que la cinta de Scott tiene en el proceso de maduración que un sesgo de la ciencia-ficción cinematográfica sufrió a raiz de la magistral ‘2001, una odisea en el espacio‘ (‘2001, a space odissey’, Stanley Kubrick, 1969) durante buena parte de los setenta —el otro quedaría marcado por cierta saga galáctica que todos conocemos—, trascendiendo los modelos de la serie B.

Anclado en un realismo que queda patente de forma indiscutible a lo largo de su metraje, el modelo asentado por Scott, que será imitado hasta la saciedad, no es el que Cameron quiere usar para su segunda parte, un filme cuyos primeros pasos se dan durante la preproducción de ‘Terminator‘ (‘The terminator’, 1984), con un tratamiento previo escrito en cuatro días por el cineasta canadiense que será puesto en espera por la Fox ya que, por aquél entonces, todavía no ve viable una secuela de la mítica producción.

Convencidos tan sólo un año más tarde tanto por el éxito de ‘Terminator’ como por las noventa páginas que ha logrado escribir en esos nueve meses de paralización del rodaje de su primera cinta —en los que también puliría las imperfecciones del guión de ésta y escribiría el de ‘Rambo: acorralado parte II‘ (‘Rambo: First Blood Part II’, George Pan Cosmatos, 1985)—, la Fox termina dando luz verde a un rodaje que supondrá una auténtica prueba de fuego para el realizador, demostrando Cameron en su bisoñez que ya era uno de esos pocos directores capaces de crecerse ante las adversidades que terminaron rodeando todos y cada uno de los aspectos de esta producción de modesto presupuesto —18,5 millones de dólares— con la que su director romperá moldes.

Las constantes de Cameron

Aliens 1

Hablando sobre ‘Terminator’ apunté que Cameron ha ido sustentando la totalidad de su filmografía en una serie de constantes que, con mayor o menor intensidad, calan el mensaje que en última instancia pretende transmitir el director y guionista. Y si en su ópera prima dichas constantes pasaban por contar con el protagonismo de una fémina de fuerte carácter y marcar el desarrollo del relato con una historia de gran repercusión en la trama, en ‘Aliens’ Cameron suma a estas dos un motivo que en ‘Avatar‘ (id, 2009) alcanzará su máximo exponente: el mal derivado de las corporaciones.

Establecida la heroína de la acción en la cinta de Scott —una Sigourney Weaver por la que Cameron tuvo que pelear contra la Fox para conseguir su participación en el filme y que ya quería entonces que su personaje muriera al final— y variando la historia de amor hacia una de carácter materno-filial en la que ahondaremos más tarde, ‘Aliens’ postula muy temprano en el metraje su posición con respecto a lo que las corporaciones son capaces de hacer con tal de conseguir un “maldito porcentaje”.

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Para ello, el realizador se apoya tanto en el personaje de Burke, que dibuja de tal manera que nos cae antipático nada más verlo —algo a lo que no es ajeno el espléndido trabajo que realiza Paul Reiser—, como en los más que obvios paralelismos que se establecen entre la intervención de los marines en la colonia atados a los designios de la Weyland-Yutani y la Guerra de Vietnam derivada de los intereses de las corporaciones norteamericanas en Asia, una comparación que además incide en cómo los sistemas coloniales han sido a través de la historia el vehículo idóneo para desarrollar dichos intereses.

Con otros detalles del desarrollo de la acción subrayando los paralelismos anteriores —la prepotencia de los marines con sus grandes armas siendo aplastada por una fuerza de tecnología muy inferior es otra clarísima referencia a Vietnam— , y el firme propósito de firmar una secuela digna enfocada “más al terror que al horror“, James Cameron concreta en ‘Aliens’ el que quizás sea el filme más redondo de su trayectoria, acercándose cuando así lo necesita a la imaginería de su predecesora —los primeros planos que vemos en el interior de la SULACO; la reproducción en el tercer y eliminado rollo de la cinta de la atmósfera del filme de Scott— pero estableciendo al mismo tiempo toda una nueva iconografía que, en muchos casos, se sitúa por delante de la ‘Alien’.

La tensión…al límite

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Ya en ‘Terminator’, Cameron se tomaba su tiempo para elevar la tensión en el respetable hasta la escena en el ‘Tech Noir’, momento en el que por fin se muestra de forma clara quién es quién y secuencia a partir de la cual el ritmo de la cinta se mueve en continuo crescendo. En dicho título, la ruptura que establecía un antes y un después en el devenir de la acción tenía lugar transcurrida una media hora de metraje, un tiempo que, considerando como cánon el montaje del director de ‘Aliens’ —único que muestra las intenciones reales del realizador para con el filme— se ve multiplicado aquí por dos.

No es hasta la hora y doce minutos de proyección que todo lo que el cineasta ha ido construyendo con una presentación de personajes ejemplar —que será siendo marca de la casa de aquí en adelante— y un planteamiento como secuela que funciona a la perfección, explota ante la atónita mirada de un espectador que, tras haber clavado las uñas en los reposabrazos, es transportado ahora por un mayestático espectáculo de adrenalina desatada.

Encarnado en una hora y veinticinco minutos articulados a través de cinco secuencias que ponen de relieve la absoluta y temprana maestría de Cameron a la hora de plantear y ejecutar secuencias de acción, es también en el rescate de los marines por parte de Ripley donde el personaje adopta su dimensión completa, jugando el cineasta a transferir el poder de aquél que lo tiene por naturaleza, el militar, a aquella que debe ostentarlo por las iniciativas que toma y las decisiones que adopta, creando de esta forma el guión a la perfecta heroína.

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Hasta ese momento, el realizador ha jugado a placer con el espectador, estableciendo las necesarias relaciones con la mitología creada por Scott en la primera entrega de la saga —a este respecto resulta muy llamativa la conexión que se establece entre los atuendos casuales de Parker y Brett con los personalizados complementos de los uniformes militares que lucen los marines, ambos orientados a romper con los estándares futuristas de la ciencia-ficción— y cimentando, mediante dos de las escenas que no llegaron a las salas de cine, las constantes de su cine que aquí aparecen.

La primera de dicha escenas, eliminada a instancias de la Fox —que justificó su sustracción para optimizar el número de pases diarios que la cinta podía tener en las salas— sirve para contextualizar la fuerza con la que Ripley adoptará el papel materno con Newt; mientras que la segunda, que Cameron quitaría por petición de Gale Ann Hurd —productora del filme y esposa en aquellos momentos del director—, nos acerca a las ambiciones corporativas y sirve, además, de precisa explicación acerca de la aparición de los xenomorfos en la colonia.

Con la importancia que ambas tienen de cara a establecer firmemente el contexto en el que se mueve el guión, resulta incomprensible la afirmación de la Fox de que su desaparición —así como la de la secuencia de las armas dron— del montaje definitivo respondía a la notoria incapacidad de Cameron para arrancar la acción cuando, precisamente, el interés del cineasta se mueve en términos de establacer dos partes bien diferenciadas que, en perfecto equilibrio de tensión/acción, ayuden a componer un todo magistral en el que cada céntimo de dólar es exprimido al máximo en la pantalla.

¡¡Aléjate de ella…puerca!!

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Volvamos para finalizar a esa hora y veinte minutos que deberían ser la envidia de cualquier filme de acción de tres al cuarto de los que se estrenan hoy en día, semana sí, semana también y que pasa por esas cinco secuencias que, decía antes, articulan la segunda y soberbia mitad de ‘Aliens’.

Al adrenalínico rescate en el APC puntualizado de forma inmejorable, como el resto de la cinta, por el temazo compuesto por James Horner —que sólo tuvo dos semanas para escribir la totalidad de una música que después fue destrozada en la mesa de montaje— le sigue, con cierto respiro intermedio, la secuencia del ataque de los facehuggers en el laboratorio, fotografiada con precisión por un novato Adrian Biddle que saca un partido envidiable de la ambientación que aportan los aspersores de agua y las luces rojas de emergencia.

Aliens 5

Tras éstas, el envite final sin descanso que comienza con el ataque de las hordas de aliens al cuartel general con la frenética huida por los túneles de ventilación —una secuencia capaz de poner en jaque a los nervios del más pintado—; sigue en la crispante incursión de una Ripley armada hasta los dientes en el nido de la reina alien, todo un dechado de virtudes desde el punto de vista narrativo con el que Cameron logra atenazar al público en su butaca, y culmina en el enfrentamiento final entre las dos madres de la historia.

Con un montaje soberbio que Ray Lovejoy —colaborador de Kubrick en ‘2001’ y ‘El resplandor‘ (‘The shining’, 1980)— entregó tras dos días encerrado en el estudio de edición, la lucha que Cameron pone en pie, y que comienza con una de las frases más míticas de la historia del cine, es la conclusión idónea a una película ejemplar: en una esquina, el exoesqueleto depurado de aquél que ya vierámos en su ‘Xenogénesis’; en la otra, el espectacular diseño de la reina; en el centro, un cineasta que no necesita nada más para revestir el enfrentamiento de un espectacular tono épico derivado de la significancia que la escena reviste tanto para Ripley, como para un público que en el mejor de los casos habrá invertido cuatro horas y media —las dos de ‘Alien’ y las dos y media del montaje definitivo de ésta— de su vida para asistir al que sin lugar a dudas era el cierre perfecto de una saga que nunca hubo de continuar.

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