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Avatar cartel

Tienes que competir codo con codo con los otros épicos títulos de fantasía y ficción, los Tolkiens, Star wars y Star Treks. La gente desea tener una realidad alternativa con la que involucrarse y quieren que tenga el nivel de detalle que la hace rica y justifica la inversión del tiempo en ella. Quieren vivir en otro lugar. Como Pandora.

James Cameron

Llegamos hoy al final del especial sobre James Cameron que nos ha acompañado durante las últimas nueve semanas y lo hacemos con un filme sobre el que podría afirmar lo mismo que ya decía el pasado miércoles en la introducción de ‘Titanic‘ (id, 1997): es tanto lo que se ha llegado a escribir y comentar sobre la película más taquillera de la historia del cine en los últimos cuatro años —parece increíble que sólo hayan pasado cuatro años desde su estreno— que resulta harto complicado veter alguna opinión que no se haya dicho ya por cualquiera de los miles de rincones de la blogosfera.

De constantes y préstamos

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Ya que ha sido un discurso que he ido enhebrando a lo largo de todas las críticas que completan este especial, no voy a despedirme de la filmografía del cineasta canadiense sin volver a hacer hincapié en unas constantes que en ‘Avatar‘ (id, 2009) son quizás mucho más evidentes de lo que hasta entonces habíamos visto en cualquiera de sus filmes, quedando aquí conjugados al mismo tiempo en formas bien novedosas, bien especialmente intensas.

Comencemos por ejemplo por la especial fortaleza que el cineasta siempre ha imprimido a las féminas de su relato, una fortaleza que alcanzaba su máxima expresión de formas en ‘Aliens, el regreso‘ (‘Aliens’, 1986) y que aquí Cameron confiere no a uno, sino hasta a tres personajes. Una trinidad formada por Neytiri, la Na’vi encarnada por Zoe Saldana, la doctora Grace Augustine, una Sigourney Weaver con la que el realizador siempre había querido volver a trabajar, y Trudy, la piloto que interpreta Michelle Rodríguez.

Paradójicamente, la singular solidez que atesoraban por ellos mismos personajes como Ripley o Sarah Connor no se consigue aquí por la superposición de las personalidades de la terna de mujeres, más que nada porque salvo Trudy —que muy poco importa dado su carácter secundario— tanto Neytiri como Grace terminan perdiendo el fuerte empuje con el que se nos presentan por mor de un desarrollo que ablanda sus actitudes iniciales y que no queda plenamente justificado en la evolución de sus caracteres.

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La escalada exponencial a la que Cameron somete tanto a sus envites contra el mal de las corporaciones —aquí más cruentas que nunca por el masivo alcance de sus acciones— como a la conciencia global/ecológica y el enfrentamiento entre hombre/naturaleza y máquinas, se dejan acompañar aquí de apuntes hacia otros temas sobre los que nunca había incidido tan de pleno como son el imperialismo yanqui, el militarismo derivado de él —el propio Cameron admitió que ‘Avatar’ era una crítica abierta hacia la guerra de Irak— o la influencia de la religión.

Sin la posibilidad de saber aún si las dos entregas que completaran la trilogía sobre Pandora y la civilización Na’vi volverán a incidir en algunas de estas constantes, lo que no podemos evitar comentar es el motivo que más controversia generó y sigue generando entre los admiradores y detractores del filme. Y este no es otro que los muchos préstamos que la historia de Cameron toma de las más diversas fuentes.

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Admitiendo el cineasta que a la hora de escribir el tratamiento que después se convertiría en ‘Avatar’ se inspiró en “todas las historias de ciencia-ficción que leí de pequeño“, incontables fueron las voces que se alzaron prontas a exponer y ensañarse contra las incontestables “influencias” que sobre el relato ejercían filmes tan variopintos como ‘Bailando con lobos‘ (‘Dances with wolves’, Kevin Costner, 1990) o ‘Pocahontas‘ (id, Mike Gabriel y Eric Goldberg, 1995).

Reconociendo la primera y nunca haciendo mención a la segunda —que, seamos francos, era utilizada por las opiniones críticas hacia el filme para ridiculizar sus intenciones— sería el propio Cameron el que más tarde afirmaría que títulos como ‘Jugando en los campos del señor‘ (‘At play in the fields of lord’, Héctor Babenco, 1991), ‘La selva esmeralda‘ (‘The emerald forest’, John Boorman, 1986) o ‘La princesa Mononoke‘ (‘Mononoke hime’, Hayao Miyazaki, 19970), habían jugado un papel determinante en la escritura de la historia.

Un espectacular mundo sintético

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Dejemos de lado por un momento los comentarios acerca de la historia —sobre la que volveremos en las conclusiones finales— y centremos nuestra atención ahora en el terreno de lo estrictamente visual, un campo que siempre ha sido el mayor fuerte de Cameron en cualquier aspecto que queramos considerar y que en ‘Avatar’ se eleva a la enésima potencia por la asombrosa experiencia que supone la inmersión en ese fascinante mundo que es Pandora.

Creado de la nada gracias al impresionante trabajo desarrollado por Weta —que, obviamente, fue premiado por la Academia con el preceptivo Oscar— la grandeza de lo que se muestra a los ojos del espectador queda medida de forma ejemplar por lo rápido que olvidamos, una vez llegamos a Pandora, que todo lo que estamos viendo NO EXISTE: desde la obviedad de los Na’vi hasta la última hoja de la frondosa vegetación que puebla la superficie del planeta fue creada ex-profeso para las dos horas y media —casi tres si nos vamos a la edición extendida editada en formato doméstico— de metraje.

Con la ayuda que supone la labor del departamento de efectos visuales y la tecnología desarrollada por su expreso capricho para rodar la cinta con unas cámaras especiales que al mismo tiempo que enfocaban a los actores permitía al cineasta ver el entorno virtual en el que se moverían en el filme, Cameron apoyaba ‘Avatar’ tanto en una dirección soberbia que una vez más es perfecta en las secuencias de acción —no creo que ni sus más acérrimos detractores sean capaces de negar la energía y fortaleza de la asombrosa batalla final— como en la precisa labor de edición apreciable en todo momento y, en especial, en la citada confrontación entre las fuerzas militares humanas y los Na’vi.

Conclusiones finales

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‘Avatar’ no es una película perfecta y por lo tanto no puede ser calificada como una obra maestra del séptimo arte. Para ello, Cameron tendría que haber dejado, y es algo que hemos apuntado en más de una ocasión a lo largo de este especial, que alguien le revisara la historia puliendo las notables imperfecciones que el desarrollo de la misma adquiere en el guión; un libreto que se detiene excesivamente en la inevitable historia de amor que siempre ha acompañado a los filmes del canadiense —almibarada aquí hasta decir basta— y que queda también debilitado por la completa ausencia de grises en la definición de los personajes.

Apoyada esta impresión tanto por el personaje encarnado por Sam Worthington con su habitual inhabilidad para transmitir algo —lo que sea— al respetable, como por ese militar de cabeza cuadrada interpretado por Stephen Lang, ‘Avatar’ queda, a la espera de saber lo que nos depararán sus dos secuelas, como el más espectacular testimonio de lo que el cine de James Cameron ha supuesto para el séptimo arte.

Aceptando las carencias del guión y admitiendo que éste cumple el cometido básico de hacer avanzar la acción, la cinta que cierra este especial dedicado al cineasta es, como apunta el titular de la entrada, un espectáculo absoluto capaz de desencajar la mandíbula en más de una ocasión al que se le ponga por delante y sigue siendo —y aquí no hay discusión posible— un insuperado ejemplo de lo mejor que ha sido capaz de mostrarnos el cine norteamericano en esa abusada tecnología que es el 3D.

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