'La Jungla: Un buen día para morir', adiós muchachos

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El superpolicía John McClane (Bruce Willis) llega a la Madre Rusia pero pronto empezarán los problemas cuando se tope con un grupo de siniestros terroristas a los que intenta dar caza nada menos que su hijo (Jai Courtney).

‘La Jungla de Cristal’ (Die Hard, 1988) fue muchas cosas. La más literal: una muestra de imaginación poética en los traductores de películas españoles, un talento único, capaz de llamar ‘Con la muerte en los talones’ (North by Northwest, 1958) a lo que era el norte del noroeste, lo que no deja de ser una casualidad feliz ya que Bruce Willis y Cary Grant brincan mucho. También era una película única, desde la dirección más bien clásica de John McTiernan hasta los detalles irresistibles de sus personajes que no son otra cosa que defectos, tropiezos, errores, lo que los humanizaba de manera más eficaz que las típicas caracterizaciones.

Mi detalle particular favorito de la película es John McClane llegando al Nakatomi Plaza, allí donde se hospeda su noble esposa (Bonnie Bedelia) y entrando al lavabo para lavarse el sobaco. ¿Sabéis por qué acepto que luego mate a un montón de villanos, se haga amigo de un gordinflón policía (Reginald VelJohnson) y se ponga a sangrar sin perder energías? Porque le he visto con su matrimonio en ruinas perfumándose la axila. Eso es hombría contemporánea y lo demás es tontería.

Por otra parte, Skip Woods. Menudo nombre. Podría correr en circuitos deportivos o anunciar bebidas energéticas, pero no, al parecer Skip es guionista. Y Skip ha escrito una de las películas de acción favoritas mías, de mi, vamos, la infravaloradísima ‘Operación Swordfish’ (Swordfish, 2001) y otra de las más toscas, me refiero a ‘Hitman’ (id, 2007) que si me la cuentan me parece guay, divertida, pero viéndola me pareció lo peor que me puede parecer una película así: tediosa.

Pero Skip Woods y el director de este embolado, John Moore, tienen algo en común.: Olga Kurylenko. Que ya es más de lo que podéis decir vosotros de vuestras vidas. Moore dirigió a la diva en ‘Max Payne’ (id, 2008) una de las películas más altamente descafeinadas jamás hechas sobre un material intenso y perfecto para una tragedia noir hiper-estilizada.

Mis problemas con esta película son los siguientes: Bruce Willis no sufre de problemas al sudar y Jai Courtney no deja de poner cara de que él puede ser un Bruce Willis si se lo propone. Si a esto le sumamos que todas las set-pieces no son bonitas, son como de producto de videoclub de barrio, sin esas locas florituras estilísticas de Renny Harlin o el estilo de John McTiernan y que los malos son genéricos yo, personalmente, desconecto.

Otra cosa que falta en esta entrega es la falta de compañeros graciosos. Mucha gente lo dice así. A mi me parece que faltan negros. Un Reginald Veljohnson haciéndose el simpático con la radio o un Samuel L. Jackson histérico por el Harlem. El informático de la cuarta entrega, encarnado por Justin Long, no era lo mismo. Falta un negro, yo que sé, un negro gritón o comprensivo, cabreado o sencillamente molesto, pero un negro. Que Bruce Willis no puede estar en peligro sin la ayuda afroamericana.: no soy yo, es la costumbre de esta saga.

Porque otra cosa no, pero malos malotes tiene que haber en cualquier gran película de acción. Uno al cine no va esperando a que el héroe venza, sino a que el héroe venza de la manera más torera posible. Poner a rusos enfadados sin un líder con cicatriz y pasado amenazante es como poner a un toro cojo al frente de José Tomás y esperar que la gente aplauda: hombre, ganas no me faltan, pero que con Don José Tomás uno esperaba algo más de bravura por las dos partes.

En especial en una saga que empezó con el maldito Severus Snape con barba y carcajada (ojo al concepto) dando lecciones por doquier. Pero no creo que esto sea el fin de franquicia alguna. Eso es un asunto monetario. Peores cosas he visto que den más dinero. Por peores, me estoy refiriendo a ‘Spider-Man 3’(id, 2007). Porque una cosa es un momento de rutina y paseo, pero otra cosa es aquella película. Yo la viví, sentado en mi butaca, pagando por ella y nunca antes me había sentido tan vejado ni tan putero. Imaginad.


Algunos críticos dicen que John McClane (Bruce Willis) no fue nunca un superhéroe sino una persona cercana, un ser humano, vamos. Nada me sorprende más. Desconozco qué películas han estado viendo. Particularmente, desde que se puso a hacer el Tarzán en el Nakatomi Plaza o a reinventar el concepto “sillón de avión” en ‘La Jungla 2: Alerta Roja’ (Die Hard 2: Die Harder, 1990) yo estaba convencido de que cercano, lo que se dice cercano, no era. Al menos, en mi barrio no hay machos así. Es posible que en Badajoz sí, yo me fío de todos (y en especial de los cándidos).

Y tampoco creo que sea un insulto a los fanses de John McClane, aunque mi decepcionado compañero Mikel lo cree así.

Yo que sé. Más triste es robar.

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