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Los McClane, Bruce Willis y Jai Courtney

John McClane, el popular héroe al que da vida Bruce Willis, ha regresado a los cines una vez más. Lo que debería ser una fiesta para los aficionados al cine de acción —y a la saga iniciada con ‘Jungla de cristal’ (‘Die Hard’, John McTiernan, 1988)— es en realidad uno de los espectáculos comerciales más aburridos y bochornosos que ha fabricado Hollywood en los últimos años. De momento, y con diferencia, la peor película estrenada en 2013.

Debo admitir que he vuelto a pecar de ingenuo con este producto. No puedo evitarlo, adoro ir al cine y ver un gran estreno, y si Hollywood me lo vende medio bien, caigo alegremente en la trama. Tampoco me malinterpretéis, no he salido enfadado de ‘La Jungla: Un buen día para morir’ (‘A Good Day to Die Hard’, John Moore, 2013), no me contéis entre los ultrajados fans de esta franquicia, solo me entusiasma la ejemplar primera entrega y desde ‘La Jungla 4.0’ (‘Live Free or Die Hard’, Len Wiseman, 2007) las aventuras de McClane dejaron de tener especial interés. Pero me apetecía ver la quinta, como me apetece un día ver un partido de fútbol; por desconectar y pasar el rato con algo sencillo. Así que cuando a pocos días del estreno empezaron a surgir las primeras críticas destructivas de esta quinta entrega, reaccioné como suele hacer el público de los blockbusters: me da igual lo que digan, yo voy al cine a comer palomitas y divertirme.

Yuliya Snigir en el mejor momento de la película

Y no empieza nada mal. Arranca con una vibrante secuencia ambientada en la noche de Moscú y muestra lo que parece ser un ajuste de cuentas entre criminales. A partir de ahí, ‘La Jungla: Un buen día para morir’ cae en picado. Aparece por primera vez McClane realizando pruebas de tiro, llega un compañero (Amaury Nolasco) y le pasa un informe sobre Jack McClane (Jai Courtney), su hijo, que ha sido detenido en Rusia acusado de asesinato (lo que se vio antes). La conversación entre ambos es horrorosa. “Sé que el asunto pinta mal, pero es mi hijo, al que no veo desde hace no sé, años, y nos llevamos mal, pero le quiero, y debo librarlo de la justicia y traerlo de vuelta a casa, porque eso es lo que hacen los padres, sobre todo los buenos americanos con pistolas, de este país libre, amén”. Pero acaba de empezar la película, paciencia…

McClane se despide de su hija (Mary Elizabeth Winstead) en una innecesaria y tonta escena en el interior de un coche; llega a Rusia y dentro de otro coche mantiene otra charla insípida y tonta con un taxista que perdona la cuenta a cambio de oírle cantar. Pacieeeeencia… Enciende la pantalla una potente explosión durante el juicio a McClane Jr. y Komarov (Sebastian Koch), un misterioso e importante personaje barbudo aficionado al ajedrez —doble tópico de Hollywood para aclarar que el tío tiene algo que ocultar y es muy listo—, y a eso le sigue un intenso tiroteo en las calles, mientras el héroe trata de entender lo que ha ocurrido y encontrar a su hijo. Que resulta que es un agente secreto del gobierno estadounidense (“el 007 de Plainfield, Nueva Jersey”) y tiene la misión de llevarse a Komarov. Pero como se para un minuto a discutir y apuntar con una pistola a su padre, la agencia lo deja tirado mientras un grupo de malvados asesinos rusos genéricos intentan pillarlo.

Así arranca la primera set piece, una larguísima, absurda, y mareante persecución por las calles de Moscú, donde al parecer los coches tienen un mecanismo especial que los hace saltar por los aires al mínimo contacto, incorporan almohadas en la parte delantera por si se atropella a alguien que se ha parado en medio de la carretera, y si los conduce un héroe norteamericano resulta que van el doble de rápido y son extremadamente resistentes, además de llevar un GPS invisible que señala los mejores atajos para encontrar a los malos, que a causa de su falta de moralidad conducen bastante mal. Es un disparate orquestado con tremenda torpeza por Moore —alguien debería explicarle el salto de eje— que Skip Woods, el infame guionista, remata insertando numerosos comentarios supuestamente graciosos. McClane bromeando consigo mismo, el malo regañando a sus esbirros, McClane Jr. lamentando encontrarse con su padre…

Llegados a este punto, queda poca esperanza. Que es aniquilada en la primera charla que mantienen los McClane y Komarov tras esquivar a los malos. Y te das cuenta que cada vez que los personajes abran la boca van a soltar un topicazo, un chascarrillo o un diálogo de vergüenza ajena. McClane no deja de hacer chistes sobre dos temas: VACACIONES y PATERNIDAD. Hasta el agotamiento. El hijo está de bajón constante, que la misión ha terminado y que no abraza a su padre, el malo-tonto (Radivoje Bukvic) confesando que le habría encantado ser bailarín… Es increíble el nefasto trabajo de Woods con los diálogos y que alguien como Willis lo haya aceptado, cegado por la necesidad de lanzar una nueva entrega de ‘Die Hard’, sin darse cuenta que así es como se arruinan las franquicias. Cuando una entrega es tan ridícula y desastrosa que se convierte en una fuente inagotable de burlas y parodias. A Joel Schumacher le pitan los oídos desde 1997.

La trama es de lo más simplona pero en este aspecto no se le puede pedir mucho más a una película de estas características, solo debe ser una excusa para que McClane y (a partir de la tercera entrega) su compañero de fatigas corran, salten y maten malos. Incluso diría que Skip Woods cumple con el giro sorpresa y otros guiños a la saga (como la mentira sobre el tráfico durante el fingido reencuentro, aunque sea algo tan vago los fans lo agradecerán). Aparte de los diálogos, lo más grave del guion son los personajes, vacíos y estúpidos. Pero toda la culpa no es de Woods, Willis encarna al McClane más apático y menos ingenioso de las cinco entregas —y no es por la edad, en ‘RED’ (Robert Schwentke, 2010) estaba más implicado—, Courtney es un personaje plano que no aporta nada excepto músculo —lo hacía mejor en ‘Jack Reacher’ (Christopher McQuarrie, 2012)—, la atractiva Yuliya Snigir fracasa con su femme fatale de pacotilla que no sabe que en la ciudad donde vive siempre hay atascos…

Todo esto podría llegar a disculparse si las secuencias de acción resultaran efectivas, pero no lo son. Son mecánicas y tediosas, rematadas con algún plano retocado digitalmente para que los McClane actúen como superhombres inmortales. John Moore no debe haber tenido mucho margen de maniobra a la hora de rodar pero tampoco es un profesional especialmente hábil, tritura demasiado las escenas de persecución y de tiros, quedando un caótico montón de planos que solo consiguen aturdir al espectador. Es un montón de ruido, grito y fuego que dejan Moscú y Chernóbil —ojo al comentario sobre la radioactividad— como si hubieran llovido meteoritos. Solo las explosiones son tan espectaculares como cabría esperar. Eso, el prólogo y que solo dura 97 minutos, poco más que rescatar de ‘La Jungla: Un buen día para morir’. Por tanto, y para terminar, un consejo de amigo: si tenéis que verla, por curiosidad o fidelidad a la saga, esperad a verla en casa, os dolerá menos.

0,5 (1/10)

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‘La Jungla: Un buen día para morir’, adiós muchachos

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