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'La juventud', sólo el arte prevalece
Críticas

'La juventud', sólo el arte prevalece

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‘La juventud’ (‘Youth’, Paolo Sorrentino, 2015) optó en el pasado Festival de Cannes, primer lugar donde se estrenó la película, a la Palma de oro. En los próximos Oscars opta a la mejor canción original, probablemente uno de los aspectos menos llamativos de la película, que bien podría estar nominada en otros apartados. Sin necesidad de echar mano de los apartados digamos importantes, que también, el montaje, obra del habitual colaborador de Sorrentino, Cristiano Travaglioli, merece toda nuestra atención. Probablemente estamos hablando de su trabajo más refinado, que junto a la labor del director, dan el film más perfecto de su filmografía.

Si en la laureada ‘La gran belleza’ (‘La grande belleza’, 2013), el director italiano hablaba de la decadencia de una sociedad, del cansancio, a través de la figura de un escritor —encarnado por el habitual Toni Servillo—, en ‘La juventud’ repite jugada yendo un paso más allá. Las artes elegidas esta vez son la música y el cine, apreciadas desde muy diferentes puntos de vista. Los maestros de ceremonias, Michael Caine y Harvey Keitel, ambos en perfecta armonía. El discurso, tan feroz y crudo como bello. La película, perfecta.

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‘La juventud’ es otro de esos films que demuestran a los ciegos que en arte la forma ES el fondo —un mensaje llega de una forma al espectador y ésa es la que prevalece, tanto positiva como negativamente—. Sorrentino se arma de valor y coraje, de tenerlos bien puestos si se quiere decir vulgarmente —por aquello de hallarnos ante una obra que está en las antípodas de la vulgaridad— y nos aplasta emocionalmente con una historia en la que la vejez y la juventud se miran de frente, futuro y pasado se dan la mano, cultura e ignorancia se abrazan. A Sorrentino le gustan los contrastes, y muchas de las imágenes de ‘La juventud’ juegan a eso precisamente.

Contrastes formales —atención a todas las imágenes de gente tomando un baño, cómo Sorrentino coloca la cámara a ras del agua para que vemos dos “versiones” del mismo personaje, el de la superficie y el de debajo del agua— que sirven para narrar la historia de dos hombres en los últimos años de su vida, enfrentados a sus fantasmas pasados, profesionales y personales, mientras observan a los demás personajes que pueblan un balneario que parece hecho para reflexionar. Sobre la vida. Sobre el amor. Sobre la gloria artística. Sobre el olvido. Sobre el futuro y sobre el pasado. Atención a la sencilla metáfora que pone en práctica Harvey Keitel en un mirador.

La mirada artística

Sorrentino parece pecar de sobrecargar demasiado la imagen, pero creo que sirve a la perfección para mostrar cuan complejo puede llegar a ser el ser humano, además de establecer una más que necesaria conexión con el ARTE, en mayúsculas, la única verdadera herencia del hombre. Además de las reflexiones efectuadas por Ballinger (Caine) con su música, o Boyle (Keitel), que quiere filmar su película testamento, Sorrentino se para lo suficiente en el personaje al que da vida Paul Dano, un actor famoso que está preparándose para su siguiente personaje. La preparación para el futuro, mientras en el balneario un viejo Maradona juega con una pelota de tenis.

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Dano representa muy fielmente a ese tipo de famoso afectado por el hecho de ser recordado por un papel que personalmente no le aporta nada, al igual que Ballinger es recordado por una de sus Canciones Simples y no por otras portentosas obras que perecerán en el olvido popular. Dos conversaciones, una con Miss America y otra con una niña muestran dos formas de ver el arte: sentirse feliz con lo superficial, con lo banal, y encontrar trascendencia en algo poco conocido. Lo primero sale de la considerada mujer más guapa del planeta, lo segundo de una niña. Y Sorrentino coloca la cámara a diferentes alturas, mostrando desprecio en una, admiración en la otra; verdad en ambas.

No así lo hace entre los personajes centrales, con lo que coloca la cámara a la misma altura, igualándolos, en un discurso atractivo y coherente sobre el valor del arte en sí, visto por los propios artistas. Por un lado el músico que se niega a que una de sus populares canciones sea interpretada por otra cantante que no sea su esposa, gravemente enferma —la secuencia de revelación con ella es de las que no se olvidan—; por otro el cineasta preocupado por sus trabajos pasados —atención al instante en el que vemos a todos los personajes femeninos de su obra en el mismo plano— y en el ocaso de su carrera se agarra al clavo ardiendo del film testamento buscando una especie de redención —ojo al momento de Keitel con sus ayudantes pensando en el desenlace de la película—.

La juventud ansiada, recordada de forma nostálgica —punto que acerca Sorrentino a Fellini— ya sea recordando un amor perdido en el peor de los olvidos, una carrera con mejores momentos que el actual, o a través de la llama de la pasión —sirva como ejemplo la pareja madura que no se habla, pero terminan follando como animales entre árboles, gritando como salvajes, añorando la grandeza del sexo—, mientas la vida pasa implacable. ¿Qué queda? El arte. Una canción simple bellamente interpretada por una joven cantante, la mirada de Michael Caine, la mirada de Harvey Keitel —glorioso plano final—, Jane Fonda resistiéndose a su vejez, y una dedicatoria a Francesco Rosi.

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