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Un grupo de feroces operativos de la CIA persiguen al aliado estratégico de Bin Laden en una caza al hombre. La operativa Maya (Jessica Chastain) es una de las líderes de esta operación.

La primera vez que vi esta película tuve severos problemas con ella. Me preguntaba como la película podía comenzar como lo hacía. Tras yuxtaponer las grabaciones reales de las víctimas de los atentados del 11 de Septiembre, aparece una tortura (ficticia) a un prisionero islámico Me parecía un recurso estratégico. ¿Cómo se podía ser tan ambiguo respecto a un asunto tan terrible como es la tortura de un presunto inocente?

Bien. Gracias a la estupenda crítica de Ignatiy Vishnevetsky me propuse ver la película de Kathryn Bigelow, con un excelente libreto de Mark Boal, desde otro ángulo. La óptica sería la de las grandes películas de propaganda de los años ochenta, entre ellas ‘Rambo: Acorralado Parte 2’ (Rambo: First Blood, 1985) en la que John Rambo continuaba la masacre y el exterminio de los vietnamitas en la típica reescritura de la historia de la política exterior estadounidense llevada a cabo por Ronald Reagan.

En toda película de propaganda se identifica al villano de otro país: es malvado y pérfido. Merece morir. Y al héroe: es noble y muchas veces va asociado a sentimientos de família, para que el espectador más despistado sienta la más primaria de las identificaciones emocionales. Y, en un segundo visionado, observé que Bigelow hace exactamente lo contrario a todo esto.

Sus protagonistas son pérfidos. Sus protagonistas carecen de unidades familiares, de sentimientos nobles. Están guiados por la obsesión. Buscan prolongar un sistema y se manejan en datos. Son fríos, son inhumanos, y el espectador es puesto en una posición éticamente coherente: siente mucha más simpatía por las víctimas torturadas que por sus amorales perpetradores.

Para cuando llega el clímax final, cualquier espectador razonable asiste perplejo a él. La película carece de una estructura tradicional (de crescendo) y solamente en el clímax final brilla el talento de la Bigelow de antaño, aquella que planifica, monta y estructura el cine de acción de manera más visceral y trepidante. Pero, sin embargo, son las otras imágenes las que son significativas.

En plena contemporaneidad, el asesinato y la intervención militar de una gran potencia se hace a través de las grandes pantallas. Bigelow toma riesgos: no quiere mentir a la gente no tanto sobre la factualidad (la película es naturalmente una ficción) sino sobre los métodos. Sorprenden los críticos hablando de una película veraz, cuando la única versión de los hechos conocida es la del gobierno, sin que existan periodistas o fuentes para corroborarlo.

Pero lo que también sorprende es la altura moral de la cineasta Bigelow. Ciertamente, Maya no está de parte del soldado sádico. Pero tampoco parece tener hondura emocional o dudas éticas. Su mecanismo es la obsesión. Encontrar a un objetivo. Al final de la película ha perdido su lugar, como pasaba con el soldado adicto a la adrenalina de ‘En tierra hostil’ (The Hurt Locker, 2009). Pero allí donde aquella película colocaba como héroe a un soldado que desactiva bombas y siente simpatía por un infante iraquí, en esta no se miente sobre el contexto histórico. Es decir, allí donde antes Bigelow y su guionista Boal habían preferido obviar que la guerra de Irak fue, ante todo, una invasión de un país extranjero, con todo lo reprobable que supone esto en el derecho internacional, aquí no se escapan de lo que es la caza de Bin Laden. El excelente trabajo de Jessica Chastain, Chris Pratt y Kyle Chandler ayuda a que sintamos cero simpatía por sus personajes, monótonos y obsesivos, y percibamos el mundo en el que viven.

El clímax final, la caza del terrorista, es el asalto a una casa donde yace un abuelo ya indefenso de todos los planes. La CIA, por lo tanto, necesita más objetivos, más enemigos. Su mecanismo no es un fin, como explica el crítico Virshnevetsky, sino que sus fines son prolongar siempre el mecanismo. En esta siniestra y magnífica película, el sistema nace para perpetuarse, no para dar ningún tipo de justicia. Para perpetuarse a través de la tecnología de la muerte. Que ahora son datos y pantallas.

Era esta la guerra en diferido. Y, por eso, al final, no hay respuestas. Solamente la espera de otra misión. Otro destino. Cavilar otra vez. Ser el sistema. No existir más que en cuerpo, que no queden almas sino estructuras. Si esta no es la película más turbia y oscura que se ha hecho sobre la política norteamericana exterior, cual puede serlo.

A mi compañero Abuín le gustó, también Caviaro y Zorrilla la celebraron.

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