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¿Es Maya —sensacional Jessica Chastain, a quien sólo Emmanuelle Riva puede quitarle el Oscar— el alter ego de Kathryn Bigelow? ¿Hay en su personaje, una mujer que se ve obligada en un mundo de hombres a tener más huevos que muchos de ellos, rasgos de la propia realizadora? ¿Es la directora de ‘Le llaman Bodhi’ (‘Pont Break’, 1991) una persona obsesionada con su trabajo tal y como lo son la mayor parte de sus personajes? En la imprescindible ‘La noche más oscura’ (‘Zero Dark Thirty’, 2012) está la respuesta, pues el film, además de narrar un hecho conocido por medio planeta, es el retrato de una obsesión, o de dos. Maya, intentando cazar a uno de los hombres más buscados de la historia, y la de Bigelow intentando hacer historia en el séptimo arte, cosa que ya ha logrado con ese premio tan absurdo llamado Oscar. Una en la historia, la otra latente en la forma de cada plano o escena.

Porque seamos sinceros. Hollywood está controlado por hombres —esos especímenes que al lado de una mujer no son nada— y si alguien cree que Kathryn Bigelow lo ha tenido fácil para hacer cine es que no sabe en qué planeta vive. Su perseverancia en un mundo en el que cada vez se aboga más por el disfrute inmediato y el olvido rápido le empareja a los personajes que habitan su universo fílmico. Desde los vampiros más fascinantes del cine moderno hasta el desactivador de bombas en Irak, pasando por una mujer policía en un thriller que se adelantaba a gente como Jonathan Demme en thriller protagonizados por mujeres, un gurú del surf que atraca bancos o un ex policía metido en serios problemas antes del cambio de milenio. Todos con una obsesión y entregados a una adicción que les da la vida.

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(From here to the end, Spoilers) ‘La noche más oscura’ agarra al espectador desde su inicio como pocas películas lo han hecho, y menos en el llamado cine moderno. Una pantalla en negro y unas voces alarmantes. El día, el 11 de septiembre del 2001, las voces, algunas de las que desde el World Trade Center intentaron ponerse en contacto con el exterior al que jamás volverían. El negro, la muerte, y el sonido. Más que suficiente para poner en un puño el corazón del espectador y hurgar en su conciencia. Ya nos conocemos de sobra las imáganes de aquellos dos titanes que pasadas unas horas se derrumbaron mostrando al mundo la debilidad del ser humano, lo poco que somos ante la locura del fanatismo. De ahí pasa a una escena de tortura con la que Bigelow evita de forma muy inteligente caer en la manipulación —algunos ciegos, de esos que no han dejado de lloriquear desde que nacieron quieren ver ensaltación en dicha escena—, a pesar de que lo que vemos es tan terrible como el atentado mencionado. Pero Bigelow se limita a mostrar, y de qué manera, nunca a juzgar.

Dicho momento nos presenta, además de unas determinadas técnicas de interrogatorio, al personaje central, Maya, agente de la CIA que lleva a cabo una investigación para encontrar a Osama Bin Laden, investigación que se convertirá en una completa obsesión para ella, llegando incluso a dedicar tiempo completo para ello sin permitirse ni desccansos ni vida privada. Resulta curioso como el único instante libre en el que parece relajarse —en un restaurante con una compañera de trabajo— es interrumpido por una explosión, como si Maya no pudiese emplear su tiempo en otra cosa. Es ahí donde la mano de Bigelow se nota, al hacer hincapié en la obsesión/adicción de una mujer que vive única y exclusivamente para una cosa: asesinar a Osama Bin Laden. Bigelow, y Mark Boael en el guión, narran esa búsqueda y captura con la precisión de un cirujano, montando un thriller que recuerda en ciertos aspecto los thrillers de los años 70.

No creo que ‘La noche más oscura’ pretenda ser un film documento sobre lo que oucrrió en el proceso de la citada investigación y sobre todo la señalada madrugada de Mayo del 2011. Sí, parte de un hecho real, y tanto Bigelow como Boal tuvieron acceso a información considerada confidencial propiciada por el Pentágono —absurda pues la polémica posterior que se ha abierto al respecto—, pero lo que construyen y nos ofrecen es una ficción apoyada en un hecho real de sobra conocido —y aquí podríamos citar infinidad de películas que a lo largo y ancho de la historia del cine han hecho lo mismo, grandes películas me refiero, y nadie ha puesto el grito en el cielo—, sin necesidad de reflexionar sobre lo narrado, decantarse ideológicamente o moralizar. Puede que toda la información narrada en más de dos horas y media, que ojo, jamás caen en el aburrimiento o desinterés, quede algo sintetizada, pero eso es necesario para imprimir el perfecto ritmo que el film posee.

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Un film que avanza con paso seguro, y que combina a la perfección conversaciones en despachos de Washington con escenas de acción, pocas durante sus dos primeras horas, pero que van creciendo hasta un clímax perfecto donde Bigelow demuestra lo que sabe del manejo del tempo y el suspense sin caer jamás en el atropello o en lo meramente gratuito. Hasta esa set piece circulan personajes con los que no se empata precisamente, pues no son lo que se dice un derroche de bondad —cada uno va a lo suyo, por mucho bien común que les una—, pero poseen el suficiente interés sobre todco gracias a unas excelentes interpretaciones con las que todos se lucen. Desde Kyle Chandler, cada vez más presente en el cine —aunque su papel recuerda un poco al realizado en la estupenda ‘Argo’ (id, Ben Affleck, 2012)— a James Gandolfini, pasando por Mark Strong, Joel Edgerton, o la sorpresa del film, un muy controlado Jason Clarke. Por supuesto, con quien más se detiene Bigelow es con Jessica Chastain, cuya portentosa interpretación está llena de matices casi imperceptibles que ayudan a la evolución de su personaje.

‘La noche más oscura’ alcanza el clímax en la comentada secuencia del asalto a la casa de Bin Laden, media hora llena de acción que atrapa sin concesiones a pesar de que todos ya conocemos el desenlace. Llaman poderosamente la atención las escenas con visión nocturna y en las que Bigelow llegó a instalar delante de las cámaras los filtros que utilizan los soldados en la realidad. El resultado es simplemente sorprendete, y a esas alturas da igual que el film se posoiciones o no, que condene o no, que sea emotivo o no, nos ha agarrado por dentro de forma visceral, puesto que la emoción en el cine de Bigelow nace de la acción física. Al igual que sus personajes Bigelow desprende pasión en lo que hace, en este caso un extraordinario film, milimétrico en su guión, y que deja en manos del espectador juzgar lo que ha visto. Y si uno no quiere meterse en reflexiones de índole política —aburridas hasta decir basta— que se quede con el detallado retrato de la obsesión de Maya, una mujer que hace de todo, y no precisamente bueno —uno de los aciertos del film, por terrible, es el narrar que se toman decisiones de vital importancia por simples intuiciones y una autoconfianza abrumadora, lo cual no deja de ser irónico—, para conseguir lo que quiere.

Al final, Maya, sola de regreso a su país, llora no porque se sienta liberada, sino porque le espera una vida vacía. ¿Se encontrará en su nula vida personal con un objetivo como el que le ocupó diez años de su existencia? ¿Volverá a denominarse a sí misma hija de puta con tanta seguridad, creyendo al cien por cien en lo que hace? Y lo que realmente me interesa a mí, ¿volverá Kathryn Bigelow a ofrecernos un film tan perfecto como este?

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