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Cinco años después de la estimable ‘La muerte y la doncella’ regresaba Polanski, y lo hacía, sorprendentemente, con la adaptación de una novela de Arturo Pérez-Reverte, ‘El club Dumas’, quizá la más ingeniosa y divertida de todas las suyas, la menos autocomplaciente y tediosa. Sin embargo, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que es el peor Polanski que se ha visto en una pantalla de cine. Y no es por echar leña al fuego, o sí (lo reconozco), pero me estoy percatando de que todas las adaptaciones de las novelas de Reverte dan lugar a películas flojísimas, aunque como en el caso que nos ocupa estén dirigidas por artistas de renombre mundial. Seguro que es casualidad. No exageremos.

‘La novena puerta’ (estrenada en el, para algunos, satánico año 1999) era también el regreso de Polanski al fantástico realista, esa variante del realismo mágico que él inventó, o que por lo menos perfeccionó como nadie. Desgraciadamente, el cineasta se encontraba en muy baja forma, tanto en la escritura del guión, como en la puesta en escena del mismo, aguando su estilo hasta extremos inconcebibles, con una planificación muy extraña y a ratos impropia de él, con un tono que va alternando, sin orden ni concierto, lo burlesco con lo satánico con lo culto con gótico. No todo lo que se puede hacer en una novela se puede luego hacer en una película.

No voy a compararla con la novela, pero hablar de ella es inevitable. En el original revertiano, el protagonista Lucas Corso (aquí Dean Corso, por eso del mercado internacional), se veía envuelto en una peligrosa aventura cuando le ofrecían un encargo doble: autentificar un manuscrito de Dumas y un misterioso volumen cuyo autor fue quemado en la hoguera por satánico. Poco a poco ambos encargos se van entrelazando, hasta provocar en Corso la sensación de que dos libros tan dispares como ‘Los tres mosqueteros’ y ‘Las nueve puertas’ tienen conexión. En la película, Polanski, su guionista habitual en estos tiempos (antes de la llegada de Ronald Harwood) John Brownjohn, y con la colaboración de Enrique Urbizu (que había adaptado y dirigido con éxito ‘Cachito’, sobre otro original revertiano, mejorándolo muchísimo), le hacen una buena limpia, como se suele decir, a esta novela.

Todo lo relativo al manuscrito de Dumas es eliminado, y la historia se centra, exclusivamente, en ‘Las nueve puertas’, en su autentificación y en su extraño poder. Con los antecedentes de Polanski en el tema satánico (‘La semilla del diablo’, El baile de los vampiros’, ‘El quimérico inquilino’), con la dirección de fotografía de Darius Khondji (célebre por ‘Seven’), con la música de Wojciech Kilar (recordemos su excepcional trabajo en ‘Bram Stoker’s Dracula’), con el diseño de producción de Dean Tavoularis (uno de los últimos del que ha creado muchos diseños para Francis Ford Coppola), sólo debíamos esperar lo mejor, o algo muy distinto a lo que finalmente hemos obtenido.

Tampoco es una película infumable. Si la hubiera dirigido otro, quizá un debutante, no nos llevaríamos, seamos sinceros, las manos a la cabeza. Pero con Polanski sorprende la desgana y una cierta torpeza que se va multiplicando según avanza la historia. Y empieza bien, con el ahorcamiento del dueño del libro, y la presentación de Corso (un estupendo Johnny Depp, que clava al personaje) es magnífica. También hay una buena caracterización del personaje de Frank Langella, pero por algún motivo no entra bien en la historia Emmanuelle Seigner, que hace una interpretación bastante digna pese a todo. Eso sí, su personaje parece que pertenece a otra película. El director no sabe aunar, como tan bien ha hecho otras veces, todos los niveles de una historia bastante simple que se le va absurdamente de las manos.

El suspense luce por su ausencia, no hay la menor inquietud o tensión, todo resulta descabellado o predecible. Secuencias como el aquelarre parecen una broma o una parodia, y además están bastante mal rodadas. Todos los polanskianos tenemos que frotarnos bien los ojos para acallar la incredulidad, pero ahí sigue. La película dio una buena cantidad de dinero y le proporcionó una necesaria estabilidad económica a Polanski, lo que, supongo, le proporcionó también la tranquilidad y confianza necesaria para acometer su, hasta ahora, última obra maestra.

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